Capítulo cinco
R afe cerró de un portazo la puerta de su casa, con más fuerza de la necesaria. El mayordomo se sobresaltó, pero sabiamente no dijo nada y se limitó a ayudarle a quitarse el abrigo antes de retirarse a una distancia prudencial.
El calor opresivo del salón de baile aún se le pegaba a la piel, mezclado con el aroma a perfume y humo de velas. Pero peor que eso era el recuerdo de ella .
Georgiana.
Envuelta en seda púrpura oscura, riendo educadamente ante las bromas de otros hombres mientras ellos la devoraban con la mirada. El sonido de su voz, la curva de sus labios al decir «Todavía no» cuando él le preguntó si había encontrado un maestro... le quemaba como veneno.
Se dirigió al estudio con paso firme, tirando de la corbata como si lo estuviera estrangulando, y la arrojó sobre el escritorio.
El fuego se había consumido hasta quedar reducido a brasas, proyectando largas sombras por la habitación.
Perfecto para rumiar, y rumiar era precisamente lo que pensaba hacer.
Que Dios lo ayudara, se estaba volviendo loco.
Rafe se sirvió un brandy, lo levantó a medio camino de los labios y se detuvo.
No. Hoy no. Necesitaba tener la cabeza despejada, y el alcohol solo lo hundiría más en pensamientos que no se atrevía a pensar.
Con un gruñido, dejó la copa intacta y se dejó caer pesadamente en la silla tras el escritorio.
El escritorio era un campo de batalla de correspondencia.
Echó un vistazo rápido a las cartas acumuladas en apenas unos días: informes de los administradores de las fincas, solicitudes de patrocinio y contribuciones benéficas, una carta con la delicada letra de su madre que aún no había leído, e incluso una nota del ama de llaves pidiéndole que confirmara los menús de la semana.
No tenía valor para decirle a la señora Dolan que su maravillosa cocina se desperdiciaba con él, y que habría estado igual de contento comiendo tostadas con mantequilla.
Hundido en la silla del estudio, cogió la carta de su madre.
Hablaba un poco de Italia y mencionaba regresar a casa para ayudarle, pero Rafe sabía que no lo haría si podía evitarlo.
Su dolor aún era demasiado reciente, y pasar tiempo en cualquiera de las casas familiares resultaba demasiado doloroso para ella.
Su pequeña familia se había partido por la mitad hacía apenas un año.
Vivir rodeada de los recuerdos de su hijo y su marido no le haría ningún bien, así que le respondería pronto e insistiría en que se quedara donde estaba.
Rafe posó la mirada en la última línea. Debes pensar en la familia ahora, querido muchacho. Búscate una buena esposa. Alguien que te ayude a sobrellevar la carga. Me preocupa que estés solo.
Su madre tenía razón. Necesitaba una duquesa. No solo por las apariencias, aunque las apariencias importaban en un mundo donde la percepción podía derribar a un hombre con la misma certeza que una bala de mosquete.
Una duquesa significaba estabilidad. Una duquesa era una compañera para gestionar las interminables obligaciones sociales de su rango. Una duquesa significaba herederos, para asegurar que el linaje Montford continuara sin la sombra de la incertidumbre.
Una duquesa significaba tener a alguien a su lado por las noches, alguien que le sostuviera la mano cuando llegaran las pesadillas. Rafe se pasó una mano por la cara.
Nunca había querido esto, nunca lo había esperado.
Siempre se había dado por hecho que sería su hermano.
Rafe lo sabía desde que pudo pronunciar la palabra deber.
Pero perder a su hermano y a su padre en aquel maldito naufragio de un solo golpe lo había empujado al título antes de estar preparado.
Ahora el maldito mundo entero parecía esperar que sonriera, bailara y representara el papel del duque perfecto mientras salvaba discretamente sus propiedades en ruinas y mantenía una reputación impecable.
Solo era un maldito soldado. No un duque.
Se reclinó en la silla, con la mirada fija en las brasas. El matrimonio era la respuesta lógica. Una joven bonita y de buena cuna que no le exigiera nada al corazón. Alguien dócil. Alguien segura.
Alguien que no fuera Georgiana.
Apretó la mandíbula cuando la imagen de ella surgió de nuevo ante él, sin quererlo. El destello de obstinación en sus ojos. La curva burlona de su boca cuando lo desafió. El recuerdo de ella en sus brazos durante el baile, suave y cálida y absolutamente perfecta .
Georgiana era la tentación en persona. Y era peligrosa.
No solo porque despertaba en él sentimientos que ninguna otra mujer había provocado jamás, sino porque caminaba directamente hacia la ruina con su maldito e insensato plan de tomar un amante en lugar de un marido.
Había visto cómo Thornbury la miraba esa noche: la sonrisa calculadora del marqués, el brillo hambriento en sus ojos. Thornbury destrozaría su reputación y la descartaría sin pensárselo dos veces.
La idea de que Georgiana recurriera a un hombre como ese, de que cualquier otro la tocara, la enseñara , le hacía hervir la sangre de furia. Cerró los puños sobre el escritorio.
Que Dios lo ayudara, quería protegerla. Y que Dios lo ayudara aún más, porque quería hacerla suya .
Unos golpes en la puerta lo sobresaltaron. Su mayordomo, Burton, apareció en el umbral, sereno como siempre pese a la tormenta de emociones que se arremolinaba en la habitación.
—¿Puedo traerle algo, Su Excelencia? —preguntó Burton con cautela—. ¿Una bebida caliente, quizá?
—¿Qué tal una esposa?
Los labios de Burton apenas se curvaron, pero la diversión bailó en las arrugas de sus ojos.
—Me he quedado sin esposas, por lo que parece, Su Excelencia. Quizá la señora Dolan tenga alguna.
Rafe resopló y luego se detuvo.
—En realidad...
—Era una broma, Su Excelencia.
Burton negó con la cabeza.
—La señora Dolan puede preparar un pastel digno de palacio, pero no una esposa.
Rafe ignoró el comentario sobre las habilidades reposteras de la señora Dolan.
Desde que esta había entrado a su servicio, no había podido evitar notar que la cintura de Burton se ensanchaba un poco.
No es que importara: Burton podía permitirse el peso extra.
Cuando lo conoció en el campo de batalla, el hombre era tan escuálido que podía desaparecer detrás del cañón de un mosquete.
—No —dijo Rafe—. Pero la señora Dolan tiene algo que yo no tengo.
—¿Y eso es?
—Chismes.
—Puedo asegurarle que la señora Dolan jamás comparte nada sobre Su Excelencia.
Rafe hizo un gesto con la mano hacia Burton y tomó una hoja de papel y una pluma.
—Todo lo que sale de esta casa seguro que es de lo más aburrido últimamente.
Sin embargo, la señora Dolan sabrá quién busca marido este año y quién podría ser adecuada para el papel de duquesa.
—Miró a Burton mientras mojaba la pluma en el tintero—. Tú conocerás a algunas, seguro.
—Yo nunca cotilleo, Su Excelencia.
Rafe se rio al ver la expresión tensa de Burton.
—No, pero siempre escuchas. Venga, suéltalo, Burton. ¿Quién crees que sería una buena duquesa esta temporada?
La mandíbula del mayordomo se tensó y luego suspiró.
—Bueno, está lady Adeline Woolwich. Es sensata, aunque algo ratón de biblioteca, y de buen ver.
—Excelente. —Escribió lady Adeline—. Ratón de biblioteca pero de buen ver —murmuró—. ¿La siguiente?
—¿La señorita Lily Turner? —sugirió Burton—. Un poco del montón y se ríe mucho, pero viene de una familia excelente y dicen que está más que dispuesta a casarse.
Rafe la anotó.
—¿Quién más?
Burton frunció los labios.
—Está lady Elsa Jennings.
—Recuérdamela.
—Pelirroja.
A Rafe le gustaban las pelirrojas. Intentó recordar a una Elsa pelirroja, pero no lo consiguió, así que negó con la cabeza.
—Es muy joven. Este año hace su debut en sociedad.
Probablemente por eso no la recordaba. Las jóvenes que aún no habían debutado solían pasarle desapercibidas.
—Demasiado joven.
—Pero inteligente y, por lo visto, madura para su edad.
Rafe la anotó a regañadientes, pero rezó para no tener que acabar casándose con una jovencita de dieciocho años.
—¿Alguien más?
—No se me ocurre nadie en este momento, Su Excelencia, pero seguro que la señora Dolan tendrá más nombres para su lista en breve, aunque...
—¿Aunque?
—Bueno, la Señora Berry es una viuda respetable y, según la señora Dolan, busca marido este año.
Rafe apretó los dientes. Al menos los chismosos aún no se habían enterado de la verdad.
—Es amiga suya, ¿no es así, Su Excelencia?
—Sí —respondió tenso.
—Y atractiva e inteligente.
—Lo es.
—Por no hablar de que viene de una familia respetable. Y es más de su edad.
—En efecto.
—¿No va a añadirla a la lista?
Rafe mojó la pluma y añadió su nombre lentamente, detestando cada trazo de cada letra mientras Burton observaba con atención.
—No olvide poner atractiva e inteligente.
—Sí, sí.
—Respetable —añadió Burton.
—Ya lo sé.
—Además se llevan bien, y ella fue un gran apoyo para usted y su madre después de...
—Ya lo sé, Burton —espetó Rafe.
Burton se encogió de hombros.
—No puede negar que es una buena candidata, Su Excelencia. —Una leve sonrisa asomó a sus labios—. Yo sí que la veo como duquesa.
Pues Rafe no. Solo podía verla del brazo de algún canalla que la usaba para su propio placer y nada más. Dejó la pluma antes de partirla en dos.
—No se me ocurre ningún defecto —añadió Burton.
Salvo que Georgiana había dejado claro que no quería casarse. Su descabellado plan de convertirse en amante descartaba cualquier posibilidad de hacerla su esposa.
—Eso es todo por esta noche, Burton.
El mayordomo asintió y salió de la habitación caminando hacia atrás. Cuando la puerta se cerró, Rafe añadió en letras grandes NO SIRVE COMO ESPOSA junto al nombre de Georgiana.
Ya estaba. Lo tenía escrito negro sobre blanco. Georgiana nunca sería su esposa y lo que ella hiciera no era asunto suyo. Ahora solo tenía que quitársela de la cabeza y concentrarse en encontrar a alguien que de verdad quisiera ser su esposa.
Si Burton y la señora Dolan estaban en lo cierto, eso sería pan comido.
Rafe apartó la lista empujándola al otro lado de la mesa. Ya estaba. Prácticamente ya la había olvidado. Ahora solo tenía que pasar el resto de la temporada imaginando esas palabras flotando sobre su cabeza e ignorando sus intentos de encontrar un instructor.
Fácil.
Rafe se pellizcó el puente de la nariz y acercó la licorera de brandy arrastrándola por la mesa.
—Tan fácil —murmuró mientras se servía una copa bien cargada.