Georgiana (La temporada del escándalo 1) Capítulo seis
35%

Capítulo seis

G eorgiana se escabulló detrás de un grupo de palmeras en macetas en el borde del salón de baile; el aire se volvió más fresco en cuanto se alejó del calor de un centenar de velas encendidas y recibió la brisa que entraba por la ventana abierta cercana.

Abrió el abanico de golpe y lo agitó con vigor frente al rostro mientras respiraba hondo varias veces.

Encontrar un tutor era más difícil de lo que parecía. Para empezar, implicaba bailar con más hombres que nunca y, además, resultaba más complicado de lo esperado decidir si un hombre era adecuado. Al fin y al cabo, no era el tipo de conversación que pudiera tenerse en un salón de baile abarrotado.

Si Rafe no la hubiera rechazado, todo esto sería mucho más fácil.

Georgiana pensó en la lista de posibles tutores que llevaba guardada en el corpiño y suspiró.

Por capricho, había añadido a Rafe al final.

Una tontería, la verdad. Seguía enfadada con él por comportarse como una especie de hermano protector y entrometerse cuando había dejado patentemente claro que no la deseaba.

Vamos, que el hombre no podía pretender las dos cosas a la vez.

La música había pasado a una contradanza, apenas audible por encima del murmullo de las conversaciones y el taconeo de las botas de los bailarines.

Alguien —probablemente el propio Rafe— había atraído a lo más granado de la concurrencia lejos de la periferia, dejando un pasillo de relativa soledad entre los helechos y las puertas laterales que daban a la terraza.

A través de un arco, podía ver la fila de hombres junto a la ponchera y el centelleo de los vestidos cuando las mujeres pasaban.

Le dolían los pies, las horquillas le tiraban del pelo, y apenas llevaba dos horas de lo que prometía ser una noche muy larga.

Aún estaba recuperando el aliento cuando percibió, más que vio, movimiento en las sombras junto a ella.

El señor Archer, por supuesto. Tenía que ser el señor Archer.

Poseía el peculiar don de saber siempre cuándo una mujer estaba sola, y esa noche había estado rondando el salón con la paciencia de un buitre.

Antes de enviudar, lo habrían descrito como elegible , pero ahora simplemente estaba necesitado .

Su segunda esposa había muerto la primavera pasada en circunstancias que hicieron arder los mentideros de la ciudad.

La pobre mujer se había precipitado desde lo alto de la escalera y el forense lo había calificado de trágico accidente.

La alta sociedad , con su imaginación más vívida, lo consideró una advertencia.

—Señora Berry —dijo arrastrando las palabras, e inclinó la cabeza con un gesto que pretendía ser galante, dejando a la vista el ralo cabello gris de su coronilla—. Qué afortunado encuentro. Esperaba poder hablar con usted.

Georgiana compuso el rostro en una máscara de cortés neutralidad.

—Señor Archer. ¿Disfrutando de la velada?

Él se inclinó hacia ella y el tufo a alcohol le inundó la nariz.

—No tanto como me gustaría. Cada vez que me daba la vuelta, veía a Thornbury o a Montford acaparándola. Temía que la hicieran bailar hasta caer rendida antes de que yo tuviera ocasión.

Apoyó el codo en el ancho borde de la maceta y la miró con el aire de quien se cree irresistible.

En otro tiempo lo había sido, supuso ella. Con su fortuna y su antigua buena planta, su primera esposa debió de estar encantada de atraparlo. Pero el atractivo se había marchitado, y la fortuna no bastaba para tentar a muchas mujeres a un matrimonio arriesgado, por muy desesperadas que estuvieran.

Ella esbozó una sonrisa quebradiza.

—Qué generoso por su parte preocuparse por mi constitución, señor.

—Desde luego. Y vaya constitución.

La recorrió con la mirada —lenta, deliberadamente— desde el vestido hasta las zapatillas y de vuelta, como si estuviera tasando la mercancía.

Georgiana flexionó los dedos; el pulso le latía desbocado en la garganta.

—¿Suele acechar entre los helechos en busca de mujeres?

Su sonrisa se ensanchó.

—Solo a las más interesantes. Es rara la mujer que puede presumir de eclipsar a todas las debutantes del salón, pero usted... ah, perdóneme, pero hay que decirlo... está desperdiciada entre tantos necios melindrosos.

—Encantador —replicó ella—. Veo que la viudez no le ha embotado el ingenio.

—En absoluto, señora Berry. De hecho, me encuentro más decidido que nunca a apreciar las cosas refinadas. El tiempo es precioso, ¿sabe?

Se acercó más, hasta que la seda de la manga de ella rozó la lana de la levita de él.

—He oído que busca marido.

—Le han informado mal.

—Es natural, supongo. Tiene una edad en la que podría quedarse para vestir santos, y no se puede confiar en que su padre cuide de usted y de sus hermanas el resto de sus días.

Georgiana se tensó. No debería haberse sorprendido. Era el tipo de hombre que decía esas cosas sin tapujos. Pero aun así se le encendieron las mejillas.

—Señor Archer...

Él continuó:

—Permítame aconsejarla, señora Berry. Una cosa es ser admirada, y otra muy distinta ser perseguida por hombres de dudosa reputación. El marqués de Thornbury, por ejemplo...

Hizo una pausa, como esperando confirmación.

—Es un depredador. Lo sabe, ¿verdad?

Tuvo que contenerse para no poner los ojos en blanco.

—Me parece, señor, que solo hay un hombre que me ha seguido esta noche.

Él se rio.

—Touché. Pero seguro que ve la diferencia. No tengo necesidad de atraer a mi presa con palabras melosas. Hablo claro, y mis intenciones son siempre honorables. Thornbury, en cambio, dirá cualquier cosa... prometerá cualquier cosa... con tal de conseguir lo que quiere.

Ella retrocedió un paso, girando el cuerpo hacia la luz del arco para quedar a la vista del salón de baile.

—¿Y qué es lo que quiere usted, señor Archer?

La boca de él se torció.

—Solo advertirla. Y quizás, si es lo bastante sensata como para evitar a hombres como Thornbury, ofrecerle mi protección.

Extendió la mano hacia la de ella, pero Georgiana la apartó y aferró el abanico con ambas manos, como si pudiera servirle de arma. La voz de él descendió hasta casi un susurro.

—No querrá acabar convertida en un escarmiento, señora Berry.

Georgiana sopesó, por un instante rebelde, la posibilidad de darle un golpe en la nariz con el abanico y salir corriendo. En lugar de eso, sonrió con dulzura y dijo:

—Gracias por su preocupación, señor. Pero le aseguro que nunca he necesitado la protección de ningún hombre, y no pienso empezar ahora.

Él se acercó más y alargó la mano; los dedos le rozaron el hombro y descendieron hasta la piel desnuda por encima del guante. El contacto fue breve —nada que pudiera verse desde la pista de baile—, pero bastó para que ella se apartara de un respingo, con la bilis subiéndole a la garganta.

—Es una invitación —dijo él, con la voz de pronto íntima—. Podría irle mucho peor que ser mi esposa, señora Berry. Yo la trataría mucho mejor de lo que Montford o Thornbury lo harían jamás. Y tendría su independencia, dentro de lo razonable.

—Si vuelve a tocarme sin mi permiso, señor Archer, no seré tan cortés. Y ahora, si me disculpa, mi hermana me necesita...

La amenaza pareció divertirle. Se adelantó con rapidez y le cortó el paso hacia el salón de baile. —¿Para qué vestirse así, si no quiere que la miren?

La pregunta la golpeó, y por un instante se vio a sí misma como él debía verla: atrevida, sola y lo bastante desesperada como para arriesgarlo todo por una pizca de poder en un mundo de hombres. Esa certeza no le produjo vergüenza, sino repugnancia.

Georgiana lo fulminó con la mirada. —Quizá me vestí para recordarles a hombres como usted que no pertenezco a nadie. Y que jamás perteneceré.

Archer se irguió. Una leve sonrisa le crispó los labios antes de encogerse de hombros. —Supongo que hay mujeres que prefieren morir solas antes que rendirse.

Se hizo a un lado, recuperando su falsa cortesía.

—Puede ir junto a su hermana, señora Berry.

Se volvió como para marcharse, pero se detuvo y la miró por encima del hombro.

—Hablo en serio sobre Thornbury. Le hará lamentar lo que sea que cree querer de él.

Georgiana dejó que el silencio se extendiera entre ellos hasta que la música del salón volvió a elevarse y la oleada de invitados que regresaban se lo tragó.

Esperó, contando cinco respiraciones pausadas, antes de salir de su refugio entre la fronda. El altercado con el señor Archer solo había confirmado lo que ya sabía: preferiría rechazar a cien hombres como Archer antes que dejarse atrapar por los planes de ningún otro.

Sin embargo, el encuentro también la había dejado temblorosa, y necesitaba un momento para recobrar el ánimo.

Irguió los hombros, salió de detrás de los helechos y abandonó el salón de baile hacia una antesala en penumbra, donde cerró la puerta y disfrutó del silencio unos instantes.

Hombres como Archer no la doblegarían. Ni tampoco las exigencias de la sociedad.

Tendría su futuro, bajo sus propias condiciones o no lo tendría.