Capítulo Dos
—S e acabó el brandy —declaró Rafe al aire mientras se tumbaba con cuidado en el sofá. Hizo una mueca cuando el dolor de cabeza que llevaba toda la mañana intentando ahuyentar volvió a retumbar en su cráneo.
—Solo cerveza —murmuró, y cerró los ojos.
—Sospecho que es más la cantidad, milord, y no la bebida en sí.
Entreabrió un ojo para fulminar al mayordomo con la mirada más despiadada que pudo.
—¿Qué sabrás tú, Burton? Tú nunca bebes.
Burton dejó una bandeja con té y un plato de tostadas sobre el aparador, acercó una mesita al sofá y volvió a coger la bandeja para ponerla al alcance de Rafe.
—¿Le sirvo, milord?
Rafe sopesó el esfuerzo que le supondría y asintió levemente.
—Asegúrese de comer las tostadas, milord —ordenó el mayordomo—. Le ayudarán a absorber el alcohol.
—Ya he tenido alguna que otra resaca en mi vida, Burton.
—Hace tiempo que no, milord.
Era cierto. Y Rafe se arrepentía sinceramente de haberse dejado llevar. Había pasado la mayor parte de su vida siendo imprudente solo consigo mismo. Por desgracia, el título había hecho mucho más difícil fingir que sus actos no afectaban a nadie.
Con un hondo suspiro, Rafe se incorporó y cogió la taza de té, esperando que le aliviara la cabeza.
Mientras sorbía el líquido caliente, no pudo evitar preguntarse cómo sobreviviría a la próxima Temporada si ya no aguantaba la bebida.
Solo se había dado a beber con tanta fiereza para escapar del tedio de uno de los primeros eventos de la Temporada, y este año iba a ser mucho peor ahora que había heredado el título.
Justo entonces, el timbre resonó por toda la casa.
Rafe gimió.
Burton salió a toda prisa y regresó con una tarjeta en una bandeja de plata.
—Tiene visita, milord.
Rafe hizo un gesto con la mano.
—Que se vaya.
—Es la señora Georgiana Berry.
Rafe dejó la taza en la bandeja con parsimonia y se pasó una mano por la cara.
Normalmente, siempre tenía tiempo para la familia Darling.
Su casa estaba a un par de millas de la suya, y el señor Darling había ayudado enormemente a Rafe cuando surgieron algunos problemas con el testamento del difunto duque.
Todas sus hijas se habían preocupado de visitarlo tras el fallecimiento de su padre.
Especialmente Georgiana.
Respiró hondo, se levantó del sofá y se pasó una mano por el pelo.
—¿Estoy presentable?
—Un poco perfumado, Su Excelencia.
—¿Perfumado?
—El alcohol.
—Maldición.
Se palpó los bolsillos, deseando tener encima una pastilla de menta. El sabor mentolado nunca fallaba a la hora de disimular los excesos de la noche anterior.
—Quizá si mantiene una distancia prudente, Su Excelencia, todo irá bien —sugirió Burton.
—Sí. Buena idea.
—¿Hago pasar a la Señora Berry?
Rafe suspiró.
—¿Por qué no?
Se enderezó la chaqueta e intentó recomponerse lo mejor que pudo, con la esperanza de que su resaca no resultara demasiado evidente para los ojos perspicaces de la señora Berry. Indicó a Burton que la hiciera pasar y se inclinó en una reverencia cuando ella entró en la estancia.
—Buenos días, señora Berry —dijo Rafe—. ¿A qué debo el placer de su visita?
Georgiana entró con expresión resuelta. La mayor de las hijas del señor Darling siempre se conducía con aplomo, pero Rafe tenía la clara impresión de que algo se ocultaba tras su educada fachada.
Sus conversaciones a lo largo de los años nunca habían ido mucho más allá de lo superficial, pero había momentos en que ella se reía o empezaba a rebatir algo antes de contenerse, y eso le hacía estar seguro de que no la conocía del todo.
Se aclaró la garganta con delicadeza antes de hablar.
—Buenos días, Su Excelencia. Gracias por recibirme —comenzó Georgiana con un leve temblor en la voz—. C-confío en que se encuentre bien.
Rafe arqueó una ceja.
—Igualmente, señora Berry. ¿Va todo bien? Supongo que su familia no estará en apuros.
—No, no. Bueno, no exactamente. No en apuros como tal, pero... —Enredó los dedos en los cordones de su ridículo y suspiró hondo—. Voy a decirlo sin más. Soltarlo y... ya está, y...
—¿Señora Berry? —la instó, señalando la silla.
Georgiana negó con la cabeza y tragó saliva. El gesto hizo que él reparara en que llevaba un escote mucho más pronunciado de lo que jamás le había visto. Era tan distinto de su habitual recato que sospechó de inmediato que se había vestido con un propósito.
—Verá... mi intención esta Temporada es conseguir un benefactor.
Por un momento, Rafe olvidó por completo su dolor de cabeza. —¿Un benefac...? —Se encontró con su mirada oscura y seria, y entonces cayó en la cuenta—. No querrá decir...
—En efecto.
Rafe miró al lacayo e inclinó ligeramente la cabeza. El hombre salió de la estancia con rapidez y sigilo.
Rafe volvió a centrar su atención en la señora Berry, que miraba fijamente la alfombra a sus pies. De pronto, lo que tenía ante sí ya no parecía tanto una proposición escandalosa como una mujer que se había obligado a afrontar sola una conversación incómoda.
—Espere.
Levantó una mano.
—No se referirá a mí, ¿verdad?
—Oh, no.
Soltó una risa leve, y, muy a su pesar, Rafe se sintió aliviado.
Naturalmente, cuando uno pensaba en Rafe De Montford, nadie lo imaginaba conformándose con una sola mujer, ni siquiera como amante. Aunque eso ya no era del todo cierto. Actualmente, se había conformado con un total de cero mujeres.
Pero la Señora Berry tenía razón en encontrarlo divertido. Él nunca había sido de los que perdían el tiempo preocupándose por si una amante quería que volviera a casa o si debía comprarle más joyas.
—¿Puedo preguntar, eh, exactamente por qué quiere convertirse en, eh, amante?
Ella apretó los labios y luego lo miró directamente a los ojos.
—Sé que respeta a mi familia y que será discreto.
—Por supuesto.
—Mi padre está empeñado en que todas nos casemos para asegurar nuestro futuro.
—Lo entiendo.
—No deseo casarme.
—Eso también lo entiendo.
Aunque Rafe tenía el horrible presentimiento de que tendría que olvidarse de su querida soltería ahora que era duque.
—Pero mi padre no se equivoca al querer que mi futuro, y el de mis hermanas, esté asegurado.
—Así que imagina que si encuentra un benefactor rico que la mantenga, no tendría que casarse.
—Y quizás mis hermanas tampoco tendrían que hacerlo.
—Ya veo.
Rafe asintió, algo asombrado de lo civilizada que estaba resultando la conversación. No todos los días una mujer respetable le confesaba su deseo de convertirse en amante. Y desde luego no Georgiana Berry, que siempre había parecido la personificación de la decencia.
Entendía el dilema del señor Darling. Aunque la familia era respetable, mantener a tantas hijas debía de salir caro, y él querría verlas bien situadas.
Aunque sospechaba que la mayoría habría esperado que Georgiana simplemente aceptara su destino en lugar de buscar una solución por su cuenta.
Ignoró el dolor de cabeza que volvía a instalarse en la frente y señaló la silla de nuevo.
—Quizás deberíamos sentarnos para esto.
—Solo tengo que hacerle una pregunta, Su Excelencia.
—Supongo que puedo averiguar si hay alguien que busque una, eh, amante.
Rafe la miró fijamente. De todas las cosas que había esperado que Georgiana Darling le pidiera, esta no figuraba ni de lejos.
Mentalmente, repasó las cualidades que Georgiana podría ofrecer a un hombre.
Atractiva, amable, inteligente en cuanto uno lograba traspasar su frustrante formalidad, y con cierta tendencia a discutir, lo cual para Rafe era una ventaja.
El problema era que ella parecía no ser consciente del poder que le conferían esas cualidades, ni de la facilidad con que el hombre equivocado podría aprovecharse de su confianza.
—No necesito que encuentre un hombre para mí, Su Excelencia.
Georgiana levantó la barbilla y enderezó los hombros.
—Lo que realmente necesito de usted son lecciones.
—¿Lecciones? —repitió, preguntándose si la resaca lo estaba volviendo más espeso de lo habitual.
—Sí —dijo ella—. Lecciones.
Acortó la distancia entre ellos hasta quedar a apenas unos pasos de él.
—Lecciones de seducción, para ser exactos.
Rafe parpadeó varias veces, asimiló las palabras y se desplomó en el sofá.