XXXIV
Los primeros días tras la partida de Mateo transcurrieron en un limbo espeso, una niebla donde el tiempo se medía en suspiros y silencios. Luciana y Elías se convirtieron en la sombra del otro; él no se alejaba de ella ni un segundo, como si temiera que el aire mismo pudiera arrebatársela. Si ella visitaba a sus padres o buscaba consuelo en los ojos cansados de Doña Marta, Elías estaba allí, firme, con una presencia protectora que rayaba en lo obsesivo, una vigilancia silenciosa que no dejaba espacio para más tragedias.
Bajo esa fachada de apoyo incondicional, en el pecho de Elías empezaba a gestarse algo oscuro y calculador. La culpa que lo había arrodillado en la berma de la carretera se había transformado en un hambre voraz de justicia... o más bien, de venganza. Ya no le importaba mantener sus manos limpias; el hombre que mantenía distante del barro, se estaba preparando para entrar en él.
—No pueden quedarse aquí —sentenció Elías una tarde, mirando por la ventana hacia las calles del barrio que le habían robado a Mateo—. Es peligroso. Esta gente no olvida, y yo no voy a quedarme de brazos cruzados.
Con una insistencia que no admitía réplicas, convenció a los padres de Luciana y a Doña Marta —de los cuales ya se había hecho cargo y no desamparaba ni un segundo — de mudarse a una casa nueva, un lugar seguro y alejado del radio de influencia del taller. Los padres de Luciana y la madre de Mateo accedieron a regañadientes, cediendo ante la intensidad de Elías; sabían que él no buscaba solo comodidad para ellos, sino un escudo.
Elías sabía que la labor de desmantelar a los responsables no sería rápida ni sencilla. Era un camino de espinas, una cacería silenciosa contra hombres que no tenían nada que perder, pero su decisión era absoluta: la muerte de Mateo no quedaría impune. No importaba el riesgo ni el tiempo; él usaría cada gramo de su influencia, cada contacto en las sombras y cada billete de su fortuna para hacer que los culpables pagaran.
Sin embargo, en medio de esa planificación sombría, Elías mantenía una promesa sagrada con Luciana. A pesar de los planes de mudanza y la seguridad, ambos continuaron, mano a mano, con la labor social de Mateo en el barrio. Eran ellos quienes ahora supervisaban que la escuela de fútbol no cerrara y que las familias recibieran la ayuda que Mateo les brindaba. Era su forma de mantenerlo vivo, de decirle al barrio —y a los asesinos— que, aunque habían matado al hombre, su luz seguía encendida, mientras Elías, en la intimidad de su duelo, orquestaba el asedio sistemático contra aquellos que habían sentenciado a Mateo.
▲ △ ▲
Pasaron las semanas bajo una calma aparente, una rutina de luto que Luciana aceptaba como su nueva realidad. Lo que ella no sospechaba —porque Elías, emulando el instinto protector de Mateo, se juró no involucrarla en la oscuridad— era que, mientras él la abrazaba por las noches, durante el día estaba desatando una tormenta perfecta sobre los responsables.
Elías no bajó al barro con armas, sino que ascendió a las oficinas donde se toma el verdadero poder. Utilizando sus contactos en el gobierno y sus vínculos con altos comisionados de seguridad, empezó a filtrar, una a una, las evidencias que Mateo había recopilado antes de morir. Nombres, cuentas bancarias, rutas y pagos a policías corruptos fueron puestos sobre los escritorios correctos, acompañados del peso ineludible de su fortuna e influencia, transformando los secretos de Mateo en una guillotina burocrática.
No fue una batalla de disparos, sino de expedientes y órdenes de captura.
Bajo la dirección estratégica de Elías, la estructura de la «Oficina» empezó a desmoronarse desde la cabeza. Las redadas fueron simultáneas, precisas y devastadoras. Mientras Luciana creía que Elías estaba en reuniones de negocios, él estaba observando, desde la distancia y con una frialdad absoluta, cómo los «duros» que se creían intocables eran arrastrados por el suelo en medio de la noche.
Para cuando la banda cayó definitivamente, el Tuerto y sus secuaces se dieron cuenta de que su verdadero enemigo no había sido un mecánico del barrio, sino un hombre con los recursos suficientes para borrar su imperio del mapa sin ensuciarse las manos. Elías se aseguró de que no hubiera fianzas, ni favores, ni salidas; los enterró bajo el peso de la ley, sellando el destino de quienes le habían arrebatado parte de su felicidad.