XXXV
Una mañana, el aire del apartamento se sintió más pesado de lo habitual. Luciana intentó levantarse de la cama, pero el mundo giró violentamente a su alrededor. El mareo la obligó a aferrarse a la mesa de noche mientras un frío repentino le recorría la espalda. No era solo el cansancio del luto; era un cambio en su propio cuerpo que reclamaba atención inmediata.
Elías, que no le quitaba la vista de encima, se acercó de inmediato para sostenerla. La palidez de su rostro y la frecuencia de esos malestares le dieron un vuelco al corazón.
—No te preocupes, amor. Solo me siento cansada —dijo ella, tratando de recuperar el equilibrio.
—Quiero que vamos al médico, esto no me está gustando, Luciana. Vamos ya.
—Amor, no me puedo ausentar de la oficina así nada más... Pediré la cita para esta tarde y te aviso para que me acompañes —le dijo, mirándolo con un amor que le profesaba desde cada fibra de su ser, intentando calmar su angustia.
—Luci, no. Vamos ya. Me preocupa, amor... me muero si te pasa algo —susurró él, envolviéndola en un abrazo tan fuerte que parecía querer protegerla de la vida misma, como si temiera que el destino aún tuviera una deuda pendiente con ellos.
—Es solo un malestar por todo lo que ha pasado, hoy mismo lo resolvemos— insistió ella, logrando finalmente tranquilizarlo.
Sin embargo, Luciana no estaba tranquila. Tenía la sospecha de que algo trascendental estaba ocurriendo en su interior y, sobre todo, temía la pregunta que ese cambio iba a suscitar. En cuanto Elías la dejó en su oficina y se marchó a la de él, ella salió de inmediato, abordó un taxi y se dirigió al centro médico.
Tras una espera que se sintió eterna, recibió el resultado: POSITIVO
Su corazón dio un vuelco de felicidad pura, pero el gozo se mezcló de inmediato con el tormento. Se quedó atónita ante la respuesta que no sabía dar:
¿De quién era?
¿Qué le diría a Elías?
¿Cómo reaccionaría su familia?
Si el bebé era de Mateo
¿qué sentiría Doña Marta?
Y si no lo era
¿Cómo lo tomaría la familia de Elías?
Sentía que todos tenían derecho a saber, pero ella estaba atrapada en un callejón sin salida. Un torbellino de sentimientos encontrados la invadió; la dicha de llevar una vida en su vientre se estrellaba contra el miedo a una verdad que todos querrían saber, pero que ella no podía descifrar.
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Elías recibió el mensaje de Luciana mientras revisaba unos informes.
Luciana: —“Amor, nos vemos esta noche en el apartamento. Todo está bien, ya me siento mejor. Tuvimos un problema con una agencia y estaré ocupada el resto del día”.
Él frunció el ceño.
Elías: —“No me parece, Luci. Quedamos en algo”.
Luciana: “Amor, estoy bien. Solo comprende que mi trabajo es tan importante como el tuyo y ahora me necesitan”.
Ella siempre lograba desarmarlo con esa frase. Elías sabía que para él su trabajo era sagrado y no permitía interrupciones; no podía exigirle menos a ella.
Elías: —“Si necesitas que te recoja antes, por favor avísame”.
Luciana: —“Lo haré. Te amo”.
Elías: —“Te amo”.
Pero todo era un pretexto. Luciana necesitaba estar sola para procesar el torbellino de información y el sinfín de preguntas que le golpeaban la mente.
¿En qué momento pasó?
Ella se había cuidado con celo. Sintió miedo, sintió el peso de los futuros señalamientos. «Yo me cuidé», se repetía a sí misma como un mantra defensivo.
Entonces, un recuerdo cruzó su mente con la claridad de un relámpago: en una de sus visitas al barrio para ver a sus padres. Recordó haber entrado en la farmacia de siempre y no encontrar sus pastillas habituales. El farmacéutico, un viejo conocido, le había asegurado con total confianza que las que tenía en estante eran igual de efectivas. Ella, confiando en esa palabra y en la urgencia del momento, las compró sin dudar.
¿Pudo haber sido eso?
Suspiró profundamente y se tomó la cabeza con las manos. Lo hecho, hecho estaba. Ya no servía de nada buscar el error; ahora necesitaba fuerzas, muchas más, para enfrentar lo que venía.
Caminó durante gran parte de la tarde, dejando que el aire frío le despejara las ideas, hasta que finalmente llegó al apartamento. Decidió que la noticia no podía esperar más.
Luciana: —“Amor, estoy en el apartamento. Salí temprano y no quise interrumpirte. Te espero acá, prepararé la cena”.
Treinta minutos después, llegó la respuesta cargada de sospecha:
Elías: —“¿Cómo así, Luci? Quedamos en que te recogía. ¿Estás bien?”.
Luciana: —“Sí, amor, no te preocupes. Tuve un espacio y decidí venir a casa. Termina tus cosas, te espero”.
Elías: —“Está bien... te amo”.
Elías dejó el teléfono sobre el escritorio, pero la concentración se había esfumado. Miró las proyecciones en su pantalla sin verlas realmente. Su intuición, agudizada por la tragedia de Mateo, le gritaba que algo no encajaba. No volvería a esperar. No volvería a ignorar un presentimiento cuando estaba involucrado alguien que amaba. Cerró el portátil de golpe, tomó las llaves y salió de la oficina, decidido a no permitir que el silencio volviera a arrebatarle lo que más quería.
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Cuando Elías llegó, el aire en el apartamento se sentía denso y cargado de una soledad que pesaba. Luciana estaba sentada en una silla, con las rodillas recogidas contra el pecho y los brazos entrelazados, perdiendo la mirada en las luces de la ciudad que empezaban a titilar tras el ventanal. En su mano, sostenía un sobre blanco.
Elías entró sigilosamente. El silencio absoluto le revolvió el estómago; aunque la ausencia de Mateo había dejado un vacío habitual, hoy había algo inusual, una vibración en el ambiente que su instinto detectó de inmediato.
—Amor... ¿pasa algo? —preguntó él, agachándose hasta quedar a su altura, buscando refugio de sus ojos.
Ella giró el rostro, revelando una cara lavada en lágrimas que le partió el alma. Sin decir palabra, le entregó el sobre. Elías lo tomó y empezó a abrirlo despacio, alternando su mirada entre el papel y los ojos de ella, que lo observaban con una fijeza dolorosa.
En el encabezado del laboratorio se leía: PRUEBA DE EMBARAZO--- RESULTADO: POSITIVO.
Elías desvió la mirada del papel, enfocándola una y otra vez en esa palabra que lo cambiaba todo. El papel tembló ligeramente en sus dedos.
—Amor, mi vida... —exclamó él, rompiendo en una sonrisa de puro asombro. La abrazó con una fuerza desesperada, cubriéndole el rostro de besos. La cargó en vilo y la llevó hasta el sofá, donde se sentó con ella aún en brazos, sin querer soltarla.
—¿Por qué no me dijiste? ¿Por qué fuiste sola? Yo hubiese querido estar contigo —le decía con una voz cargada de un afecto que no le cabía en el pecho.
—No aguanté más, amor... tenía la duda y necesitaba saberlo. Perdóname —logró articular ella entre sollozos.
Él volvió a abrazarla, la miró con una adoración renovada y, con una ternura infinita, levantó un poco su blusa para poner la mano sobre su abdomen aún plano.
—Amor, mi amor, estoy feliz... ¡Por Dios, estoy feliz! —repetía él, sumergido en un frenesí de alegría que parecía borrar, por un instante, toda la tragedia de las semanas pasadas.
Se quedaron sumergidos en ese abrazo, pero Luciana permanecía expectante. Conocía a Elías; sabía que detrás de la euforia vendría la pregunta que el mundo entero se haría. Y así fue. Él se incorporó lentamente y la miró, esta vez con una intriga que intentaba ocultar tras la ternura.
—Luci... ¿de quién es?
—No lo sé, Elías. No lo sé... —las lágrimas volvieron a brotar, incontenibles. Era la verdad más cruda y el miedo más grande que ella cargaba.
Elías guardó un silencio breve, mirando su mano sobre el vientre de ella. Sintió la calidez de esa piel y comprendió que el destino les estaba ofreciendo una redención que no habían pedido. Luego, suspiró y la atrajo de nuevo hacia sí.
—No te preocupes. No importa. Es nuestro.
—Pero... ¿no quieres saberlo? —preguntó ella, atónita ante su calma.
—No, amor. Si es mío o si es de Mateo, no importa. Solo es nuestro. Y si llegara a ser de Mateo... creo que es el regalo más grande que la vida nos pudo dar de él.
Luciana sonrió a través del llanto, sintiendo que el pecho le iba a estallar. «Por Dios», pensó, «¿cómo no amar a este hombre?»