GEOMETRIA DE 3 XXXIII
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XXXIII

—Mateo no contesta, amor —dijo Elías, mirando la pantalla del móvil por centésima vez. Su voz, siempre firme como el acero, tenía ahora una grieta de puro terror que amenazaba con derrumbar su compostura.

—Sí, ya estoy muy angustiada —respondió Luciana, mordiéndose las uñas con nerviosismo, con los ojos fijos en la puerta que se negaba a abrirse y los sentidos alerta a cualquier eco del ascensor.

—Espérame, voy a buscarlo —sentenció Elías, tomando las llaves del coche con un movimiento brusco, casi violento, haciendo que el tintineo del llavero sonara como una alarma en el silencio del salón.

—¡No! ¿A dónde?... Voy contigo —exclamó ella, alcanzando su bolso, pero Elías la detuvo con una mano en el hombro, ejerciendo una presión que era tanto un ruego como una orden.

—No, Luci. Quédate aquí. De pronto... de pronto ha perdido el teléfono o sus cosas y llega en cualquier momento —mintió él, intentando convencerse a sí mismo mientras el pánico le subía por la garganta como un sabor amargo y metálico.

—¿Cómo que perder? ¿Por qué tendría que perder nada? —preguntó Luciana. Su voz subió de tono, cargada de una confusión que empezaba a transformarse en sospecha—. Elías, ¿qué está pasando?

—Luci, solo espérame.

—Pero... ¿a dónde vas a buscarlo exactamente? —insistió ella, con las primeras lágrimas nublándole la vista y el corazón latiéndole en los oídos.

—No lo sé... al taller, no lo sé, Luci. Solo espérame.

Elías salió corriendo sin mirar atrás. Bajó al garaje y arrancó el coche, conduciendo a toda velocidad, abriéndose paso entre el tráfico de la ciudad con una temeridad que nunca había mostrado. Su mente era una repetición constante de la imagen de Mateo, una plegaria silenciosa y desesperada, para que sus presentimientos fallaran y lo que imaginaba fuera solo un error de su mente atormentada.

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En el apartamento, el silencio que quedó tras la partida de Elías era denso, asfixiante. Luciana se quedó de pie en medio de la sala, rodeada de la cena que se enfriaba y las luces que ahora parecían iluminar un velatorio.

De repente, el sonido del teléfono de Luciana rasgó el aire. Se le heló la sangre al ver el nombre en la pantalla: Doña Marta. La madre de Mateo nunca llamaba a esa hora. Nunca.

—¿Hola? —logró articular Luciana con voz temblorosa, apretando el aparato contra su oído como si fuera a recibir una sentencia.

Hubo un segundo de silencio absoluto al otro lado de la línea, un vacío cargado de sollozos contenidos que le rompió el alma antes de que se pronunciara una sola palabra.

—Me lo mataron, mija... —la voz de Doña Marta se quebró en una voz ahogada que parecía venir desde lo más profundo de la tierra—. ¡Mataron a mi muchacho!

Luciana quedó atónita. El mundo a su alrededor se desdibujó y el color abandonó su rostro de golpe. Sintió que el corazón se le detenía, un peso muerto en su pecho que ya no tenía razón para latir. El teléfono resbaló de sus dedos, golpeando la alfombra con un sonido sordo, mientras sus piernas, repentinamente inútiles, no aguantaron el peso de su propio cuerpo. Se desplomó en el suelo, rodeada por la penumbra de su hogar, mientras el eco de esas cuatro palabras «me lo mataron, mija» destruía la vida que apenas ayer creían segura.

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Luciana, desde el suelo del apartamento, sintió un vacío expandiéndose por sus venas. El dolor era tan agudo que, por un segundo, la dejó sin aire, pero el pensamiento de Elías conduciendo hacia la nada la obligó a reaccionar. Con las manos entumecidas, tanteó la alfombra hasta encontrar el teléfono. Sus dedos apenas obedecían, como si el frío de la noticia le hubiera calado hasta los huesos, pero logró marcar.

Elías iba sorteando coches, tenía el rostro tenso, la mirada fija en el horizonte oscuro del barrio; cuando el manos libres del coche hizo saltar la llamada.

—¡Luci! Ya casi llego al barrio, no te preocupes, yo...

—Lo mataron, Elías... —la voz de Luciana llegó rota, como un hilo de cristal astillado—. ¡Nos mataron a Mateo!

El mundo se detuvo. Elías sintió un zumbido ensordecedor en los oídos que ahogó el sonido del tráfico y de su propia respiración. Como un autómata, giró bruscamente el volante y arrastró el coche hacia la berma, frenando a un lado de la carretera justo antes de chocar con la barandilla. Apagó el motor y el silencio que siguió fue más violento que cualquier estruendo.

—No... no, Luci, eso no es verdad... —susurró, con una voz que no reconocía como propia, pero el llanto desgarrador de ella al otro lado de la línea fue la confirmación que le atravesó el alma como un disparo certero.

Un ataque de rabia y desesperación lo poseyó. Golpeó el volante con una fuerza ciega, una y otra vez, hasta que sus manos empezaron a doler, el dolor físico era lo único que podía competir con la culpa que lo estaba devorando vivo. Se odió por haber permitido que Mateo lo convenciera de quedarse al margen, por haberse quedado revisando informes vacíos en la comodidad de su torre de cristal mientras, Mateo se enfrentaba solo a sus demonios.

—¡Lo dejé solo! —gritó contra el parabrisas, con la voz quebrada por un llanto desmedido que nunca se había permitido—. ¡Maldita sea, lo dejé morir solo!

Sin fuerzas para seguir dentro del vehículo, que de pronto se sentía asfixiante y minúsculo, Elías abrió la puerta y salió al aire frío de la noche. Allí, en la oscuridad del borde del camino, se acurrucó contra el metal del coche, escondiendo el rostro entre las manos. El hombre que solía tener todas las respuestas estaba ahora reducido a un amasijo de sollozos, solo en la berma de una carretera que ya no lo llevaba a ninguna parte, mientras el nombre de Mateo se le escapaba como un lamento en medio del viento, perdiéndose en la noche que se lo había arrebatado.

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Minutos más tarde, entre el humo de su propia desesperación, un pensamiento atravesó la niebla del shock de Elías: Luciana estaba sola. La imagen de ella quebrandose en el apartamento lo golpeó con una nueva urgencia que le devolvió un rastro de voluntad. No podía dejarla a merced de ese silencio devastador; no podía permitir que ella estuviera sola, como sentía que había dejado a Mateo.

Con los dedos aun temblando, buscó el teléfono que había caído al suelo del coche durante su arranque de rabia. Lo tomó y marcó el número de ella con una determinación nacida de la tragedia.

En el apartamento, Luciana seguía sentada en el suelo, con la mirada perdida en un punto infinito de la nada, donde la realidad ya no existía. El sonido del móvil rompió el vacío como un eco lejano. Al ver el nombre de Elías, sintió que el último hilo que la unía al mundo real vibraba en su mano.

—Ven pronto, por favor... —suplicó ella, con una voz que apenas era un susurro quebrado, el ruego de alguien que se está ahogando en tierra firme.

—Ya voy, mi amor —respondió Elías, forzando una firmeza que no sentía para sostenerla a ella—. En un momento estoy contigo.

Quince minutos después, la puerta del apartamento se abrió. Elías entró como una sombra herida, con la ropa desordenada y los ojos encendidos por el llanto, encontrando a Luciana en la posición que todavía mantenía, pequeña y frágil entre las paredes que horas antes rebosaban de planes. Sin decir una palabra, él se dejó caer de rodillas frente a ella.

Se fundieron en un abrazo desesperado, un choque de cuerpos que buscaban con ansia el latido del otro para convencerse de que seguían vivos. No hubo palabras, porque no existía lenguaje capaz de abarcar aquel vacío. En ese abrazo, entrelazados en el suelo de la sala mientras la cena seguía servida en la mesa como un banquete para fantasmas, solo ellos dos entendían el peso de la carga que ahora compartían: el amor por el hombre que se había ido y la sombra de una verdad que, tarde o temprano, tendrían que enfrentar juntos.