GEOMETRIA DE 3 XXXII #2
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XXXII #2

Mateo no era un ingenuo; sabía que entrar en la casa del Tuerto solo era un movimiento suicida. Por eso, llegó a la propiedad acompañado por tres de sus trabajadores más fieles, hombres que habían crecido con él en el taller. El ambiente en la residencia era pesado, cargado de un lujo vulgar y escoltas armados apostados en cada esquina, vigilando con ojos de buitre.

La reunión en el despacho privado, duró más de lo esperado, se realizó con una precisión quirúrgica. Mateo le entregó cada detalle del cargamento de Cartagena, realizó las transacciones bancarias frente a él y llamó a los contactos clave para cederle el mando. El Tuerto saboreaba el momento, viendo cómo el imperio que tanto había envidiado caía finalmente en sus manos.

—Ya tiene todo, Tuerto —dijo Mateo, poniéndose en pie y dando un paso hacia la salida junto a su gente—. Mañana el taller se desmantela y yo desaparezco. No vuelva a buscarme.

El Tuerto revisó los documentos antes de soltar una risa seca que heló la sangre de los presentes.

—El problema, mi querido Mateo, es que ahora que te ha picado ese bicho de la honestidad, te has vuelto peligroso. Los hombres que quieren vidas limpias terminan ensuciando a los que nos quedamos en la mierda. No puedo dejar cabos sueltos que mañana jueguen al arrepentido.

Antes de que el Tuerto terminara la frase, la tensión estalló. Los hombres de Mateo, anticipando la traición, sacaron sus armas al unísono, pero los escoltas del Tuerto, posicionados estratégicamente en las sombras, fueron más rápidos. El estruendo de los disparos en el espacio cerrado fue ensordecedor, un caos de pólvora y gritos. Sus trabajadores cayeron protegiendo su salida, convirtiéndose en escudos humanos mientras le gritaban que corriera.

Mateo, con el instinto de la calle ardiendo en sus venas, derribó a uno de los escoltas de un golpe directo y logró ganar la salida de la casa. Se lanzó hacia el exterior bajo el manto cerrado de una noche sin luna, perdiéndose en la penumbra absoluta de los callejones colindantes mientras las balas silbaban a su alrededor.

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Mientras tanto, en el apartamento de Elías, la atmósfera se mantenía como un oasis de paz que empezaba a sentirse frágil. Luciana reía con ligereza mientras terminaba de disponer los platos sobre la mesa, moviéndose con soltura natural. Elías, por su parte, terminaba de servir el vino, aunque su atención estaba en otra parte; sus ojos se escapaban con insistencia hacia la puerta de entrada, buscando una señal, un sonido, una sonrisa expectante que no llegaba.

—Espero que Mateo no tarde mucho, muero de hambre —dijo Luciana, acomodando las servilletas con una alegría que a Elías le resultaba dolorosa.

Él se acercó a ella, la tomó suavemente de la cintura y le depositó un beso en la frente, intentando encontrar en ella el ancla que necesitaba. Sin embargo, su corazón no dejaba de latir a mil por hora, golpeándole el pecho con una advertencia sorda. Llevaba horas sin saber de Mateo, un silencio ensordecedor que lo carcomía por dentro, especialmente cuando le había pedido —casi suplicado— que lo mantuviera al tanto de cada uno de sus movimientos.

Sostuvo la mirada de Luciana un segundo más de lo necesario, tragándose las preguntas que le quemaban la garganta. Se obligó a asentir ante cualquier comentario trivial de ella, refugiándose en su silencio, para no confesar que, no tenía el menor control sobre lo que estaba ocurriendo.

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La persecución fue feroz. Mateo corría con el corazón estallándole en el pecho, sintiendo el aire frío quemarle los pulmones. Se internó en el laberinto del barrio, en esas calles donde había crecido, donde había ayudado a tantos niños y rescatado a tantas madres. Creía que allí estaría a salvo, que las sombras de su propia casa lo protegerían, que el asfalto reconocería sus pasos y le abriría una salida.

Pero, el tuerto con sus hombres, había infiltrado cada rincón, transformando su refugio en una emboscada de cemento. En una esquina que conocía de memoria, justo frente a los murales que él mismo había ayudado a pintar, un coche de vidrios oscuros le cortó el paso, cegándolo con las luces altas. Mateo intentó girar, derrapando con la urgencia de una fiera acorralada, pero el barrio que lo vio nacer se había convertido en su trampa.

Una ráfaga de fuego cruzó la calle, rompiendo el silencio de la noche con un estruendo metálico. El primer impacto lo hizo tambalear, un golpe seco que le robó el aliento; el segundo lo obligó a caer de rodillas, con una pesadez insoportable. Mateo no se rindió de inmediato, apoyó las manos en el suelo, intentando levantarse con esa fuerza bruta que siempre lo había definido, pero el cuerpo ya no le obedecía.

Sintió el calor de la sangre empapando su chaqueta mientras su visión empezaba a nublarse, perdiendo el rastro de los murales para fijarse en el cielo nocturno del barrio. En ese limbo de dolor y silencio, su mente huyó lejos de la violencia. No pensó en el taller, ni en la banda, ni en la traición del Tuerto.

Su último pensamiento lúcido, se sostuvo en el rostro y sacrificio silencioso de su madre, en la risa de Luciana que aún resonaba en sus oídos y la seguridad inquebrantable de los brazos de Elías.

Se imaginó de nuevo entre ellos, saboreando el café de la mañana, fundiéndose en ese pacto de tres que le había dado sentido a su existencia. Una lágrima se mezcló con el sudor de su rostro al entender que ellos, en ese mismo instante, seguían esperándolo para empezar una vida que el destino se negaba a entregarle. Su mano se cerró con fuerza sobre el asfalto, aferrándose a la vida con un último y desesperado aliento, mientras el mundo a su alrededor se volvía solo sombras.