GEOMETRIA DE 3 XXXII
89%

XXXII

A la mañana siguiente, Elías se levantó muy temprano, fiel a su disciplina inquebrantable. Mientras la penumbra aún envolvía el apartamento, se refugió en el gimnasio privado para liberar la tensión acumulada. Tras una ducha reparadora, se vistió con la pulcritud que lo caracterizaba: un traje que parecía una armadura de éxito. Preparó café y se sentó en la sala a revisar los informes de la reunión que debía presidir esa mañana, aunque sus ojos, de vez en cuando, se escapaban hacia el pasillo que llevaba a la zona privada.

Luciana salió poco después, ya vestida para su propia jornada. Se veía hermosa, aunque traía el cabello revuelto y el rostro lavado, cargando su neceser de maquillaje para terminar de arreglarse en el coche.

—Buenos días, amor —dijo ella, acercándose a la isla de la cocina para servirse café y luego aproximarse a darle un beso a Elías—. No sé cómo logras levantarte tan perfecto después de estas noches tan largas.

Elías la sujetó de la cintura, devolviéndole el beso con una sonrisa suave.

—Tú siempre te ves perfecta, mi vida. No necesitas nada más. ¿Mateo no ha despertado? —preguntó Elías mientras se tomaba su taza de café humeante.

—No. Ya sabes la vida tan relajada que tiene.

«No tanto», pensó Elías para sí mismo, recordando el peso que el otro hombre cargaba sobre sus hombros.

Antes de marcharse, ambos se dirigieron a la habitación con complicidad silenciosa. Entraron de improviso en la habitación principal y le cayeron encima a Mateo, rompiendo su sueño de forma jocosa entre risas sobre la enorme cama.

—¡Ya nos vamos! —exclamó Luciana, riendo al ver la cara de desconcierto de Mateo.

—¡Ay! —se quejó él, aunque una sonrisa perezosa iluminó su rostro mientras trataba de quitárselos de encima—. Vale, vale... que les vaya bien. Ya los extraño.

—¿Qué harás hoy? —preguntó Elías, su voz cargada de un matiz de seriedad que solo Mateo supo detectar.

—Seguir cuadrando unos asuntos... —respondió Mateo, evitando la mirada de Luciana—. Me ocuparé un buen rato.

Elías lo miró fijamente, hubo un mensaje silencioso pasando entre ellos.

—Me mantienes informado, ¿de acuerdo?

Mateo asintió con la cabeza. Luciana, que no perdía detalle de la intensidad entre ellos, arrugó el entrecejo.

—¿Informado de qué? —preguntó con suspicacia.

—Cosas de hombres, amor —respondió Elías rápidamente, comenzando a hacerle cosquillas para distraerla.

Ella se retorció entre risas, pero al recuperar el aliento, los miró a ambos con fingida severidad.

—Espero que no me estén ocultando nada...

—Mmm... es que estamos buscando a una cuarta persona para esta relación —bromeó Mateo, logrando que Elías soltara una carcajada que alivió la tensión por un segundo.

—¡Ah, sí! —Luciana les lanzó una almohada en la cara a los dos—. Hablo en serio, no quiero secretos entre nosotros.

—No los hay, amor. Vámonos que se nos hace tarde —concluyó Elías, dándole un beso de despedida a Mateo. Luciana hizo lo mismo y ambos salieron de la habitación, dejando tras de sí una estela de normalidad.

Mientras el ascensor descendía, Elías no pudo evitar sacar su teléfono. Sus dedos volaron sobre la pantalla:

Elías: "Me mantienes informado a cada momento. Estaré muy ocupado en la mañana, pero trataré de estar pendiente".

La respuesta llegó segundos después, vibrando en su mano:

Mateo: Está bien 😘

Elías guardó el móvil con una inquietud sorda instalada en sus entrañas. Le aterraba la posibilidad de que lo que Mateo se disponía a hacer fuera mucho más peligroso de lo que admitía, pero lo que más le dolía era la impotencia de la exclusión: que Mateo no le permitiera ser parte de esa lucha, manteniéndolo a salvo en la superficie mientras él se sumergía solo.

▲ △ ▲

Mateo bajó de la moto frente al taller. El chirrido del caballete contra el pavimento pareció un grito en el silencio tenso de la cuadra. Se quitó el casco, dejando que el aire viciado del barrio le golpeara el rostro, y por un segundo cerró los ojos, intentando retener el aroma a café y sábanas limpias del apartamento de Elías. Pero al abrirlos, solo había olor a aceite quemado y caucho viejo.

Al entrar, el eco de sus propios pasos le devolvió una realidad fría. Sus hombres, que usualmente bromeaban entre motores desarmados, estaban inusualmente callados. En el fondo, junto a la oficina de paredes manchadas de grasa, tres hombres de traje oscuro y mirada gélida fumaban sin prisa. No eran mecánicos; eran los «recaudadores» de la Oficina, el puente con los mandos corruptos de la policía. Entre ellos, con la cicatriz surcando su rostro como un mapa de violencia, estaba el Tuerto.

—Llegas tarde, Mateo —dijo el Tuerto, soltando el humo con una parsimonia insultante.

—Tenía cosas que hacer. Además, yo no tengo horarios. ¿Qué quieren? —respondió Mateo, manteniendo la voz firme y cruzándose de brazos—. O mejor vamos al grano: ya les dije que quiero salir. Pongan la cifra sobre la mesa y cerramos esto hoy mismo.

Los hombres se miraron entre sí y soltaron una risa seca, carente de humor. El Tuerto se acercó, invadiendo el espacio personal de Mateo con una cercanía peligrosa que olía a tabaco y amenaza.

—¿Cifra? Mateo, parece que tu ausencia te ha estado afectando el cerebro. El dinero ya no es el problema. Tu «salida» dejaría un hueco que no se llena solo con billetes. Se trata de control. Si tú te vas, los demás creerán que pueden hacer lo mismo.

—Todo tiene un precio —insistió Mateo—. Digan cuánto y esta misma tarde tienen el depósito.

El Tuerto le puso una mano en el hombro, apretando con una fuerza que buscaba sumisión.

—El precio no es plata. Necesitamos un trabajo grande, el «golpe de gracia». Una carga que llega en dos días desde Cartagena; ese negocio redondo que venimos esperando hace meses ya está aquí. Y tú, mi querido Mateo, conoces cada movimiento y los planes de ejecución. Te necesitamos al frente de esto.

Mateo guardó silencio. El mundo pareció encogerse sobre él. Ese cargamento era el más grande de la década, una operación que él mismo había diseñado meticulosamente antes de que Elías y Luciana cambiaran sus prioridades. Salir de ahí parecía ahora una utopía, pero entonces, su instinto de supervivencia, y el deseo de volver a los brazos de sus amantes, le dictó la jugada.

—Te entrego los planos, te doy todo, incluso mi parte —dijo Mateo, bajando la voz a un tono persuasivo, casi cómplice—. Dirígela tú. Con un negocio así, te harás notar. Ya no serás un recolector, Tuerto... con esto serás la cabeza.

Al Tuerto se le dilataron las pupilas. La avaricia empezó a brillar en su único ojo sano. Ser el cerebro detrás del cargamento de Cartagena significaba poder, respeto y, sobre todo, una fortuna que lo sacaría de la sombra de los jefes.

—Piénselo, hombre —continuó Mateo, sembrando la semilla de la traición en el otro—. Ya no será una sombra, será un «duro». Dígame cuánto quiere además de los planos y la planeación. Yo solo me hago a un lado y usted se queda con todo el crédito. La Oficina verá que usted hizo lo que yo no pude.

El Tuerto lo miró de arriba abajo, sopesando la oferta. La ambición le carcomía el juicio.

—¿Ah, sí? ¿Se va a hacer a un lado así no más? ¿Qué me asegura que no va a cantar cuando esté lejos?

Mateo sonrió con amargura.

—Lo que me asegura es que tengo demasiado que perder si abro la boca. Quiero una vida limpia, Tuerto. Pero tengo una condición innegociable si quiere los planos y el mando.

El Tuerto arqueó una ceja, esperando.

—Se lleva todo —sentenció Mateo con frialdad, señalando el lugar—. Desmantela el taller y se mueve a otra zona, lejos de aquí. No quiero a la Oficina en este barrio, no quiero este negocio cerca de mi gente. Si quiere ser el nuevo jefe, monte su propio imperio en otro lado con mi maquinaria y mis contactos. Yo cierro este sitio para siempre, y usted desaparece con el negocio de su vida, a otro sector donde nadie lo conozca como «el segundo de Mateo». Póngale precio y quédese con todo.

Con una incredulidad sospechosa, el Tuerto accedió, cegado por la posibilidad de tenerlo todo.

—Nos vemos a las cuatro en mi casa —concluyó el Tuerto—. Lleva todo... y si me sale con cosas raras, el trato se rompe y esa gente paga —señaló hacia afuera del taller, donde los otros dos hombres vigilaban la entrada.

▲ △ ▲

Mateo pasó el resto de la tarde sumergido en un frenesí de papeles y archivos. No solo estaba preparando la entrega para el Tuerto; su mente, entrenada en la supervivencia, iba un paso más allá. Mientras organizaba planos, nombres y cifras, guardaba copias estratégicas y evidencias comprometedoras en dispositivos ocultos. Su plan era audaz y suicida: comprar su salida hoy para destruirlos mañana. Con la influencia y el poder de Elías, podría entregar esa información para desmantelar la banda desde la raíz una vez que estuvieran a salvo. Pero para eso, primero tenía que dar este primer paso.

En un momento de respiro, el teléfono vibró sobre la mesa manchada de grasa.

Elías: ¿Cómo vas?

Mateo sintió un calor repentino en el pecho al leerlo. Por un segundo, la imagen de Elías y Luciana, los seres que tanto amaba, pareció ser lo único real, y el taller, una pesadilla de la que estaba a punto de despertar.

Mateo: Todo bien, no te preocupes.

Elías: Dime más… ¿qué ha pasado?

Mateo miró a su alrededor. Vio a sus hombres observándolo con recelo bajo la luz cruda y sofocante de la tarde, y sintió cómo el aire del taller se volvía pesado, casi irrespirable. No podía decirle la verdad; no podía arriesgarse a que Elías cometiera una locura por intentar protegerlo.

Mateo: Esta noche te cuento. Ahora todo va bien.

Elías, al otro lado de la ciudad, respiró aliviado y continuó con su jornada, confiando en la palabra del hombre que amaba.

▲ △ ▲