XXXI #2
—Porque así como supe dónde encontrar a Luciana, y así como logré que su jefe aceptara sus condiciones sin cuestionar, también tengo personas que averiguan exactamente lo que quiero saber. Llegar hasta aquí —dijo Elías, señalando con un gesto elegante el lujo que los rodeaba— requiere también de otras instancias, Mateo. Y sobre ti... sé mucho más de lo que imaginas.
Mateo no podía salir de su estupor. Su voz se quebró en un susurro.
—Entonces... ¿por qué dejaste que yo fuera parte de esto? De Luciana, de tu vida... de todo.
—Porque también sé que eres un alma noble —respondió Elías, y por primera vez, su mirada de acero se ablandó—. Sé que cargas con la presión de ayudar a tu gente, una carga que decidiste llevar en solitario. Sé lo que haces por el barrio: la escuela de fútbol para los niños, los mercados que envías a las madres solteras... Eso es lo que eres tú. El haber renunciado a Luciana por tantos años para no mancharla con tu mundo... esa es tu verdadera esencia. Ese es el hombre que amo.
A Mateo se le aguaron los ojos. El peso de verse reconocido y aceptado, con todas sus sombras, fue demasiado. Se inclinó hacia Elías y lo besó con una profundidad desesperada, un beso que sabía a entrega y a una gratitud que no le cabía en el pecho. Al separarse, se limpió las lágrimas con un gesto rápido del dorso de la mano.
—Entonces —dijo Mateo con la voz ronca—, también sabes que no me dejarán ir por las buenas.
—Lo sé. Pero dime qué puedo hacer —insistió Elías, manteniendo sus manos firmes sobre él.
Mateo soltó una pequeña risa triste, cargada de una ironía que solo él comprendía.
—No, Elías. Yo también te amo… y tal como hice con Luciana, no voy a dejar que te ensucies las manos con esto. Váyanse. Llévatela lejos y yo iré después.
—No nos vamos sin ti. Nos vamos los tres —sentenció Elías—. Así que dime qué necesitas. ¿Dinero? Dime cuánto. Todo el mundo tiene un precio y estos negocios se mueven por plata. Dime cuánto cuesta comprar tu libertad. Mi chequera no tiene límites cuando se trata de mi familia.
Mateo miró a Elías y, en el fondo de sus ojos, se vio la sombra de una decisión ya tomada. Comprendió que Elías no dejaría de insistir, así que optó por seguirle la corriente para ganar el tiempo que necesitaba.
Sin embargo, algo más profundo que el miedo se instaló en su pecho al escuchar la palabra «familia» salir de los labios de Elías con tanta naturalidad. Mateo siempre se había sentido un satélite en la vida de Luciana, una pieza necesaria pero externa; pero ahora, al verse reflejado en los ojos de acero de Elías, se sintió por primera vez parte de un núcleo sólido. Era importante para él. No como un rival, ni como un accesorio, sino como un pilar fundamental de ese futuro que Elías estaba diseñando con tanta meticulosidad.
Ese reconocimiento terminó de encender en Mateo un amor que lo desbordaba, una devoción que iba más allá de lo físico. Amaba la elegancia de Elías, pero adoraba aún más la oscuridad que el empresario estaba dispuesto a abrazar solo por él. Se dio cuenta de que moriría antes de permitir que ese hombre, que lo había visto todo y aun así lo llamaba «noble y le decía te amo», se manchara las manos en el fango del barrio.
—Está bien... déjame hablar con ellos y ponerle una cifra a la mesa.
—La que sea —replicó Elías sin dudar un segundo.
—Ok. Lo haré.
—Bien. Vamos a la cama antes de que nuestra princesa sospeche que pasa algo —concluyó Elías, tomando a Mateo de la mano para guiarlo hacia la habitación, mientras el silencio del apartamento volvía a cerrarse sobre ellos.
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Al salir del baño, el vapor aún se aferraba a la piel bronceada de Mateo. Se detuvo en el umbral, observándolos. Ver a Luciana y a Elías durmiendo, compartiendo el mismo espacio que él les había construido, le provocó un nudo de amor y desesperación en la garganta. Se le encharcaron los ojos; era una impotencia líquida. Los amaba con una pureza que le dolía en los huesos, una conexión donde cada fibra de su cuerpo parecía haber sido diseñada para encajar en ellos. Luciana era su origen; Elías, su redención y el espejo de su propia fuerza, Eran su único lugar seguro.
Se deslizó en medio de los dos, sintiendo el calor de sus cuerpos. Se acercó a Luciana, despertándola con besos lentos que pronto se volvieron insaciables, como si quisiera succionar su esencia para guardarla bajo llave. Ella gimió entre sueños, reconociendo el sabor de su hombre y entregándose al instante. Sin dejar de devorar la boca de Luciana, Mateo extendió su mano hacia el rostro de Elías, acariciando su mandíbula hasta que él abrió los ojos. Mateo lo atrajo y lo besó con la misma pasión salvaje, reclamando ese vínculo de alientos y humedades.
El juego se encendió con una rapidez febril. Luciana comenzó a besar el cuello de Mateo, marcando su territorio, mientras Elías descendía por su torso. Elías no se detuvo; su boca recorrió el pecho de Mateo, deteniéndose en sus tetillas, mordiéndolas con una presión exacta que hizo que Mateo arqueara la espalda. Bajó por su abdomen, hundiendo la lengua en su ombligo y explorando las inglés.
Mateo despojó a Luciana de su pijama con movimientos urgentes, la atrajo hacia sí, apresando sus senos con las manos y enterrando el rostro en su escote, mordiendo sus pezones hasta que ella arqueó las caderas contra él. Con un movimiento fluido y experto, Mateo la acomodó: la sentó a horcajadas sobre su rostro, de frente a Elías. Luciana, con las piernas abiertas y el sexo palpitando, quedó anclada en una visión que la incendiaba: veía a Elías, el hombre elegante y poderoso, entregado por completo, devorando los genitales de Mateo con una voracidad absoluta.
Esa imagen la excitaba de una forma abismal. Se agachó, participando de la entrega de Elías, mientras disfrutaba incontrolablemente del festín que la lengua de Mateo hacía en su propio sexo. Sus miradas se cruzaban, la de Elías cargada de fuego, la de Luciana nublada de placer, mientras ambos, al unísono, lamían y adoraban el órgano de Mateo, fundiéndose en un solo ritmo de succión y deseo. Era una liturgia donde Mateo era el altar y ellos sus devotos.
Tras unos minutos de éxtasis compartido, Mateo necesitó a Elías. Lo deseaba con una sed que solo el reconocimiento mutuo podía calmar. Giró a Elías, obligándolo a quedar de espaldas, y comenzó a recorrer su torso con la lengua. Bajó hasta sus nalgas, separándolas con firmeza para pasar su lengua entre ellas, explorando su intimidad con una devoción ruda. Luciana, ahora boca arriba y jadeante, recibía la lengua de Elías que continuaba la labor de Mateo, creando un puente de fluidos y placer entre los tres.
Finalmente, Mateo se incorporó, su cuerpo vibrando por la tensión acumulada. Pasó su boca del sexo de Elías al de Luciana, saboreándose a sí mismo en ellos, antes de incorporarse para poseer a Luciana con una fuerza que buscaba la eternidad. Al mismo tiempo, permitió que Elías se fundiera en él, tomándolo por detrás, haciéndolo suyo en una unión total. En ese momento de fricción y sudor, mientras el placer lo anclaba al presente y lo alejaba de sus demonios, Mateo se sintió, finalmente más que completo.