GEOMETRIA DE 3 XXXI
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XXXI

A medida que pasaba el tiempo se sentían más conectados a esta realidad que ya vivían con total normalidad. Sin embargo, el momento de volver se acercaba como una sombra inevitable.

¿Cómo hacerlo?

¿Cuál era el plan?

Ahora, finalmente, tenían que enfrentarse al mundo exterior, a ese juez implacable que no entendería el idioma que ellos habían inventado en la montaña.

—He estado pensando que nos mudemos a Londres —soltó Elías una noche, con esa autoridad que le era natural, pero esta vez con un brillo de esperanza que suavizaba su arrogancia.

Ambos lo miraron, estupefactos.

—¿Qué?

—Amor, como ya sabes, tengo la sucursal allá —explicó Elías mirando a Luciana—. Tú podrías trabajar en una línea alterna si es que no quieres hacerlo conmigo. Y tú, Mateo… podemos empezar un negocio allá. Pero un negocio bien —añadió, dándole a entender con la mirada que sabía perfectamente que las actividades de Mateo en la ciudad no siempre habían sido legales.

—Elías, amor… no puedes simplemente organizarnos la vida así —dijo Luciana, chasqueando los dedos—. No es tan fácil.

—Bueno, esa es la opción que yo propongo. Denme la de ustedes—replicó él, desafiante pero abierto, sosteniendo la copa de vino como quien espera un veredicto.

El silencio inundó la sala. Los tres sabían que, si querían seguir juntos, lo más probable era que tuvieran que alejarse de sus familias y de todo lo conocido. La libertad tenía un precio, y ese precio era el exilio.

—Yo no me puedo ir así —sentenció Luciana—. No puedo dejar a mis padres.

—Podemos mandar por ellos varias veces al año para que estén contigo, o venir con frecuencia —insistió Elías, buscando soluciones rápidas.

—No, es que yo tampoco puedo —intervino Mateo, con la voz ensombrecida, perdiendo por un momento esa soltura que lo caracterizaba.

—¿Por qué no, Mateo? Lo mismo va para tu madre.

—No es solo eso… —Mateo bajó la vista—. Tengo muchas cosas que no puedo dejar así no más.

—¿Qué cosas? —Elías se le acercó de frente. Era el momento de encarar esa realidad misteriosa que Mateo ocultaba, pero que para ellos ya era evidente.

—Son mis cosas. Ustedes no entenderían —dijo mirando a Luciana, con un rastro de culpa en los ojos.

—Mateo… —Elías lo tomó de la mano, rompiendo su espacio personal, con una determinación que no admitía muros.—. Dime qué necesitas. Dime en qué te puedo ayudar.

—No, Elías. Requiero tiempo. No es fácil.

—Dime qué es lo que no es fácil —Elías acercó su frente a la de él, acortando cualquier distancia—. Intentémoslo. Dime y te ayudo a solucionarlo.

Para sellar su promesa, Elías le dio un delicado beso en la boca, un gesto que ya se había vuelto frecuente y natural entre ellos. pero que esta vez llevaba un peso diferente.

—No los quiero involucrar —susurró Mateo, estirándole la mano a Luciana para que se uniera a ellos—. De verdad, no quiero que se ensucien con esto.

Mateo se apartó un milímetro, lo justo para que sus ojos recorrieran la sala de diseño, la ropa de marca de Elías y la piel impecable de Luciana. Se sintió como una mancha de aceite en un lienzo blanco. Para él, el amor siempre había sido algo pasajero, y ahora, tenía algo tan valioso que el miedo a perderlo lo paralizaba, aunque en algún momento había intentado dejarlo todo por estar con Luciana, comprendió que, sin ser imposible, no era tan fácil salir, había un precio demasiado alto: para salvarse él, no podía dejar desprotegidos a su madre ni a su gente del barrio.

—Ya estamos involucrados, Mateo —respondió Elías. Con una mano atrajo a Luciana por la cintura, mientras con la otra tomaba la mejilla de Mateo, besándolo de nuevo con una ternura que dolía—. Y no te voy a dejar solo.

Elías había empezado a amar a ese hombre, con todo y su pasado oscuro, sus locuras, sus baches y esa lealtad inquebrantable que lo hacía tan peligroso como vulnerable. Entendió en ese momento que el amor no era solo compartir la cama o los lujos de Londres; era estar dispuesto a meter las manos en el barro por el otro.

—Ustedes hagan lo que tengan que hacer. Yo voy a tratar de arreglar algunas cosas por mi cuenta, ¿vale? —dijo Mateo, mirando a Elías con una seriedad que calaba—. Si necesito algo, te aviso.

—Prométemelo —exigió Elías, sin soltarlo, sellando el compromiso con una mirada que Mateo nunca le había visto.

—Te lo prometo.

▲ △ ▲

El regreso a la ciudad fue como un golpe seco. La burbuja de la montaña se reventó en cuanto el ruido del tráfico y el humo de las avenidas los envolvió. Luciana volvió a su oficina, enfrentando proyecciones y cuadros financieros que ahora le parecían triviales comparados con la intensidad de lo que había vivido. Elías, por su parte, retomó el mando de su imperio, aunque su mente se escapaba constantemente hacia Londres, hacia Luciana y hacia Mateo: su nueva realidad, su futuro.

En el barrio, el ambiente era muy diferente. Mateo estaba de pie en medio de su taller, el lugar que servía de fachada para su verdadera operación: una red audaz y eficiente de robo y desguace de autos. El olor a grasa, metal quemado y gasolina era su elemento, pero hoy se sentía asfixiante. como si el aire mismo pesara toneladas.

—¿Dónde andaba, jefe? —le preguntó uno de sus mecánicos, limpiándose las manos con un trapo sucio—. Los pedidos se acumularon y la «oficina» está preguntando por qué se detuvo el flujo. Ya sabe que arriba no les gusta esperar, y menos cuando el jefe anda de vacaciones.

Mateo asintió en silencio, sintiendo el peso de la cadena que lo ataba a ese suelo. Había pasado años construyendo esa organización, comprando silencios de uniformados y organizando golpes precisos. Pero ahora, esa misma red era su cárcel.

Esa tarde, se reunió con «El Tuerto», el enlace que manejaba los sobornos con la policía.

—Quiero salir —dijo Mateo, yendo al grano sin adornos ni negociaciones —. Voy a dejar el negocio. Digan cuánto hay que pagar para que me dejen libre y no busquen a los míos.

El Tuerto soltó una carcajada seca que terminó en una tos ronca.

—¿Salir? Mateo, tú no eres un empleado, eres la pieza que hace que esto gire. Si tú te vas, el sistema se cae, y mucha gente arriba de nosotros dejará de recibir su sobre semanal. No hay plata que pague eso. Estás casado con la estructura, y el divorcio aquí solo se firma con sangre.

Mateo apretó los puños. Mientras Elías y Luciana ya estaban mirando catálogos de apartamentos en South Kensington, él estaba hundido hasta las rodillas en un fango del que no se sale con un pasaporte. Buscó a sus contactos más leales para intentar delegar el mando, pero la respuesta siempre era la misma: «Sin ti, no hay trato». Su éxito era su propia condena. Pensaba que no podía simplemente avisarle a Elías; si él intentaba comprar su libertad con dinero legal, solo pondría un blanco en la frente de ellos, de Luciana y en su gente. La ley de Elías no funcionaba en la jungla de Mateo.

Esa noche, cuando regresó al apartamento de Elías, los encontró a ambos riendo frente a una botella de vino, rodeados de carpetas sobre Londres. Luciana se levantó para recibirlo, radiante, siendo ellos el único rayo de luz en su día oscuro.

—Ya hablé con mis padres —le dijo ella al oído mientras lo abrazaba—. Ya saben de nuestro viaje... obvio que no con detalles —añadió con una sonrisa pícara.

Mateo forzó una sonrisa y le devolvió el beso, pero sus ojos buscaron de inmediato los de Elías por encima del hombro de ella. Elías lo leyó al instante: la mirada de Mateo estaba rota, cargada de una fatiga que no podía ocultar con el disfraz de su carisma habitual. Fue en ese segundo cuando Elías comprendió que el muro que rodeaba a Mateo era mucho más alto de lo que había imaginado en la montaña, y que la libertad no llegaría simplemente por desearla. El plan de escape no estaba funcionando, y Elías, observando la sombra de derrota en su compañero, empezó a calcular mentalmente el costo de rescatarlo de aquel fango.

▲ △ ▲

Luciana, agotada por la jornada de oficina, pero con el corazón rebosante de planes, se despidió con un beso suave que repartió entre ambos.

—Mañana será un día largo. No se queden hasta tarde bebiendo — dijo con una sonrisa, rozando con dulzura los labios de cada uno antes de desaparecer hacia la habitación.

El silencio que dejó su ausencia fue instantáneo y denso, cargado del aroma a vino caro y de esa tensión que Mateo traía pegada a la piel como una segunda armadura. Elías esperó a que el eco de los pasos de Luciana se desvaneciera por completo. Dejó su copa de cristal sobre la mesa de mármol con un golpe seco y se giró hacia Mateo.

Este se había puesto de pie enseguida. Con las manos hundidas en los bolsillos de sus jeans y los hombros tensos, clavaba la mirada en el vacío, observando las luces de la ciudad a través del inmenso ventanal.

—No me mires así, Elías —soltó Mateo, sin dignarse a girar la cabeza.

—¿Así cómo? —Elías caminó hacia él, acortando la distancia con esa seguridad depredadora que solía usar en las juntas directivas—. Cuéntame qué pasó hoy Mateo... y se sincero. No tienes buenas noticias, ¿verdad?

Mateo soltó un suspiro pesado, apretando la mandíbula.

—Elías, esto es mucho más complicado de lo que crees. Hay demasiada gente involucrada y no puedo salir así de fácil. Lo mejor es que ustedes se vayan primero; yo los alcanzo allá después.

Elías lo tomó por los hombros y, con una firmeza que no admitía réplicas, lo giró para obligarlo a mirarlo de frente.

—No, Mateo. Sé lo que haces. No sabré cómo se mueve cada rincón de ese mundo, pero tengo contactos. Sé que la policía está metida hasta el cuello, sé que les llenas los bolsillos cada viernes y sé perfectamente quién es el que te está cortando la salida. No soy tan ingenuo, Mateo. Yo nunca entro en un negocio sin antes investigar con quién estoy tratando.

Mateo lo miró con un asombro absoluto. La sangre pareció congelársele en las venas.

—¿Qué? ¿Cómo demonios sabes todo eso?