XXX
El fin de semana fue de una intensidad arrolladora, pero poco a poco la cotidianidad empezó a filtrarse entre las paredes de cristal de la casa. Sin necesidad de palabras, los tres sabían que ninguno tenía prisa por regresar. Luciana llamó a sus padres, como era su costumbre, y Mateo hizo lo mismo con su madre, manteniendo esos hilos que los unían a su vida anterior.
Sin embargo, el lunes llegó con su propio peso.
—Chicos, debemos volver —soltó Luciana esa tarde. Ambos la miraron de inmediato, rompiendo la calma.
—¿Por qué? —preguntó Mateo, con un tono algo exasperado, como si la sola idea de la ciudad le molestara.
—Porque tengo que trabajar. Mi trabajo no es como el de ustedes; yo no puedo ausentarme, así como así.
—Luci, Luci, mi amor… —Elías se le acercó con esa calma elegante que siempre lo envolvía—. Sabes que no tienes por qué preocuparte por eso.
—No, Elías. No de nuevo —lo cortó ella. Recordaba perfectamente cuántas veces él le había insinuado que bajo su protección el trabajo era opcional, algo que siempre encendía sus alarmas.
—Concuerdo con Elías, baby —intervino Mateo, usando ese apodo que mezclaba con el «princesa» cuando quería ser persuasivo—. Nos tienes a los dos. No necesitas nada más.
—A ver, a ver… sí necesito. Necesito mi independencia —sentenció ella, poniéndose en pie.
—Ok, Luci —cedió Elías, buscando un punto medio—. Llama mañana a tu jefe. Dile que tienes que ausentarte un tiempo más, pero que seguirás trabajando de forma remota.
Elías lo decía con una seguridad casi arrogante, él sabía perfectamente qué hilos mover para que cualquier jefe accediera a sus deseos.
—No creo que acepte —dijo ella, mirándolo de reojo y torciendo los ojos con incredulidad.
—Lo hará, ya verás —respondió él, dándole un beso tierno en la coronilla y se dirigió a su espacio de trabajo.
Al día siguiente, para sorpresa de Luciana, o quizás no tanto, su jefe aceptó todas sus condiciones sin cuestionar. Todo se organizó para que la montaña se convirtiera en su nueva oficina.
Así iba transcurriendo la semana. Elías se levantaba muy temprano, sin importar que la noche hubiese sido corta. Era su costumbre: se ejercitaba en el gimnasio de la casa o salía a trotar un buen rato, para después sumergirse en horas de videollamadas y reuniones interminables que manejaba con frialdad ejecutiva.
Luciana, por su parte, pasaba el día entre cuadros de proyecciones financieras e informes semanales, aunque eventualmente los acompañaba en sus rutinas físicas para despejar la mente.
Mateo era el único que rompía cualquier esquema. A veces se unía a ellos para trotar o hacer ejercicio al aire libre, pero otras veces prefería salir solo. Aprovechaba esos momentos de soledad para aislarse y hacer sus llamadas «misteriosas». Aunque Elías y Luciana sentían que algo extraño pasaba en esos silencios, preferían no preguntar, cuidando a toda costa la paz de su refugio.
Una tarde, la escena era casi doméstica: Luciana y Elías estaban sentados en extremos opuestos del gran sofá, con las piernas entrelazadas en el centro como único contacto físico, cada uno concentrado en su portátil. Mateo, en cambio, estaba sentado en el suelo, justo en medio de ellos, viendo televisión. Le encantaba ver dibujos animados, un gusto infantil que contrastaba de forma graciosa con la rudeza que lo caracterizaba.
De pronto, Mateo soltó una carcajada ruidosa y genuina que los desconectó de sus pantallas. Luciana y Elías se miraron y soltaron una risa suave, incontenida ante la ocurrencia. Luciana se incorporó y le dio un beso en la cabeza a Mateo; Elías hizo lo mismo, revolviéndole el cabello con afecto.
—Estás loco —le dijo Elías, su voz cargada de una extraña calidez.
Ese momento marcó, en el silencio de sus pensamientos, una sensación de asombro en Elías. Sintió un ligero vértigo al darse cuenta de que su cuerpo se había movido de forma afectuosa hacia Mateo sin pasar por el filtro de la razón.
¿Era solo empatía porque Luciana lo amaba?
¿O estaba empezando a sentir algo más?
¿Una especie de hermandad, un cariño propio por aquel hombre que, a pesar de ser su opuesto, comenzaba a sentirse como una parte esencial de su vida?
Sacudió la cabeza, tratando de espantar la idea, y se obligó a concentrarse de nuevo en el reporte de dividendos que brillaba en su pantalla.
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A medida que pasaban los días, Luciana empezó a experimentar una sensación extraña: se sentía cohibida. Recordaba quién era ella cuando estaba a solas con Elías, o aquel fin de semana intenso con Mateo; en esos momentos, ella también era protagonista activa, la que exploraba y reclamaba. Ahora, sentía que ellos se enfocaban tanto en adorarla que ella se había vuelto un sujeto pasivo, tímida ante la idea de ser la que tomara las riendas frente a los dos. Tenía un deseo y una necesidad de algo más que tocar desmedidamente a sus dos hombres como lo hacía tiempo atrás, pero el miedo a romper el equilibrio la frenaba.
Esa noche, como ya se había vuelto habitual, se sumergieron entre las sábanas —aunque la urgencia de sus cuerpos ya no distinguía entre el lino de la cama o cualquier espacio del lugar—. Mientras ellos comenzaban el juego de abordar su cuerpo con cuidado, Luciana decidió hacer un alto. Con un movimiento firme, empujó a Elías hacia atrás en la cama, reclamando el mando de la situación.
Elías quedó inmóvil, sorprendido y expectante. Luciana tomó las manos de Mateo y las guio hacia su propio cuerpo, manteniendo esa conexión, y entonces bajó para besar el pecho de Elías. Su lengua recorrió cada pliegue abdominal con una lentitud tortuosa hasta llegar a su miembro. Lo tomó en su boca con el deseo que siempre la había impregnado, moviéndose con esa serenidad experta que Elías ya conocía, pero que ahora se ejecutaba ante la mirada de un tercero.
Mientras se entregaba a Elías, buscó el contacto con Mateo. Extendió su mano para rodear ahora su miembro, frotándolo con un ritmo que, sumado a la visión de Luciana entregada a Elías, provocó en Mateo el erotismo más profundo que jamás había sentido.
Luciana interrumpió el acto un momento para buscar la boca de Elías, encontrándola en un beso insaciable. Luego, acercó el rostro de Mateo a ese triángulo de intimidad. Con la mirada, le lanzó un desafío silencioso; quería saber si él aceptaba besarla sabiendo de dónde venía su boca, si era capaz de devorar el rastro del otro en sus labios. Mateo, sin el más mínimo reparo o prejuicio, anulando cualquier sombra de rivalidad, accedió.
Con el camino libre de dudas, ella bajó de nuevo, pero esta vez buscó a Mateo. Inició el mismo juego de fuego y entrega que había tenido con Elías minutos antes. Luciana se sentía absolutamente plena; aunque sabía que Mateo estaba dispuesto a todo, fue cuidadosa de no forzar los límites de Elías, evitando besarlo inmediatamente después de estar con Mateo y respetando los tiempos de cada uno en ese delicado baile de aceptación.
Cada acto, cada entrega, cada contacto; cada día y cada noche en aquel refugio rompía, un poco más, las barreras de la timidez. Era un proceso voraz, donde cada vez que hacían el amor, derribaban un tabú nuevo, transformando lo que antes era impensable en su única y absoluta realidad. Luciana ya no solo era el centro de su mundo; era la fuerza indómita que los movía a ambos.
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—Novia mía… y Elías —dijo Mateo, bajándose las gafas hasta la punta de la nariz con un tono cargado de sarcasmo—. Vamos al pueblo. Los invito a desayunar. Hay que hacer compras y llenar de nuevo la nevera. Como yo soy el que cocina, no sé si se han dado cuenta de que me ha tocado hacer magia con lo que queda.
Se organizaron y salieron. Después de casi una semana de encierro absoluto, el aire fresco se sentía distinto, casi invasivo. Se subieron a la camioneta que permanecía en la casa para los ocupantes; Elías conducía con esa rigidez impecable que recuperaba frente al volante, Luciana iba de copiloto y Mateo se acomodó atrás, repitiendo la formación de cuando salieron al aeropuerto, pero con una energía totalmente diferente. Ya no eran extraños vigilándose, sino un bloque sólido que escondía un secreto bajo la ropa.
Llegaron a una cafetería pintoresca en el pueblo. Desayunaron, caminaron y exploraron las calles empedradas como si fueran amigos normales. Eventualmente, Mateo tomaba la mano de Luciana, o lo hacía Elías; era la primera vez en una semana que se mantenían físicamente «distantes» de ella ante los ojos del mundo, y esa pequeña restricción impuesta por la moral ajena solo aumentaba el deseo.
Cansados y algo acalorados, a pesar de que la temperatura del pueblo era algo baja, se sentaron en otro lugar a pedir bebidas frías. Conversaban sobre la belleza del lugar, la amabilidad de la gente y el corretear de los perros que rondaban las calles. Reían y, discretamente, sus manos se rozaban bajo la mesa, manteniendo siempre esa conexión magnética de ambos hacia ella.
En ese momento, vieron pasar a una pareja de hombres caminando tomados de la mano. Los tres los siguieron con la mirada en silencio, un silencio que pesó más de lo normal, hasta que Elías bajó la vista hacia su bebida, concentrándose en remover el hielo con una intensidad innecesaria. Luciana, sintiéndose cada vez menos tímida y más dueña de su curiosidad, miró directamente a Mateo.
—¿Has estado con un hombre? —preguntó sin rodeos, su voz sonando clara y carente de juicio.
Mateo soltó una carcajada limpia, disfrutando del impacto de la granada que ella acababa de lanzar.
—Jajaja, nuestra princesa está cada vez más curiosa —dijo, mirándolos a ambos con picardía, sosteniéndole la mirada a Elías por un segundo extra.
—Sí, tengo curiosidad —insistió ella. Elías, por su parte, lo miraba expectante, con una rigidez en la mandíbula que no pasó desapercibida.
—Me he embriagado mucho, he perdido la noción y me he dejado llevar por… muchas cosas… experiencias, ya sabes —respondió Mateo con total naturalidad, como quien habla del clima.
—O sea, que sí —concluyó Luciana, siendo directa.
Mateo afirmó con un gesto simple. No sentía ni una pizca de vergüenza por su pasado. Entonces, ambos giraron la cabeza para mirar a Elías. Él se tensó de inmediato, sintiéndose acorralado por una pregunta que ni siquiera se había formulado en voz alta.
—¿Qué? ¿Cómo se les ocurre? —reaccionó Elías, con una indignación que sonó más a defensa que a sorpresa. Se levantó bruscamente de la mesa con la excusa de ir a pagar la cuenta, evitando el contacto visual que Mateo le ofrecía con una sonrisa ladeada.
Continuaron caminando, hicieron las compras pertinentes y, con el ambiente cargado de una nueva e inquietante estática, se devolvieron a su nido de amor.
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Mientras organizaban la cocina y preparaban la cena, el ambiente se cargó de una energía que ya no se podía contener. Si en el pueblo habían guardado las formas, en la intimidad de la casa las fricciones eran inevitables y deliberadas. Luciana, sintiéndose más segura que nunca, decidió jugar con ellos y llevar la tensión al límite.
—Voy a darme una ducha —soltó con una sonrisa traviesa, antes de dirigirse a la alcoba.
—¿Qué? —exclamaron ambos casi al unísono, siguiéndola de inmediato. como si el reto en su voz fuera una orden imposible de ignorar.
En el cuarto, Mateo la alcanzó primero. La tomó por la cintura, la giró hacia él y la besó con ímpetu mientras empezaba a despojarla de la ropa. —Yo también necesito una ducha, pero no ya —gruñó él contra sus labios.
Por encima del hombro de Mateo, Luciana miró a Elías y le tendió la mano para que se acercara. El juego de desnudos, caricias y besos comenzó con los tres de pie. Como ya era costumbre, ella besaba a uno y luego al otro, pero esta vez no se detuvo ahí. Con un movimiento decidido, provocó un acercamiento más intenso entre Mateo y Elías hasta que, por primera vez, los labios de sus dos hombres se unieron en un beso.
Para evitar que Elías se bloqueara por el impacto, Luciana continuó besando su cuello y acariciando su pecho, buscando sus tetillas, un punto que sabía que lo desarmaba. El beso entre ellos, para sorpresa callada de los tres, duró mucho más de lo previsto. fue un reconocimiento de texturas y alientos compartidos que aún en medio de su nueva realidad, Elías nunca se habría permitido imaginar. Él se encontraba ahora atrapado físicamente entre Mateo y Luciana; escapar no era una opción, y en el fondo, ya no quería hacerlo.
Luciana tomó las manos de Mateo y las guio hacia las caderas de Elías. obligándolos a anclarse el uno al otro. Luego, ella bajó besando la espalda de Elías hasta llegar a sus glúteos. Al separarlos apenas un poco, entró en medio de sus hombres para tomar el miembro de Elías con su boca. Con un gesto, le pidió a Mateo que bajara con ella. Sus miradas se cruzaron, confirmando lo que ambos ya sabían: era momento de compartirlo todo, sin reservas ni territorios prohibidos.
Elías miraba la escena desde arriba, con la respiración entrecortada. En su mente se debatía si realmente quería llegar hasta ahí o si era simplemente inevitable, pero el placer era tan intenso que terminó por aceptar que le gustaba mucho más de lo imaginado. Cuando sintió que estaba a punto de llegar al límite, intentó retirarse por puro instinto de control, pero Mateo le sujetó con fuerza de las caderas, anclándolo a ellos.
Sus miradas se encontraron de nuevo.
—Déjalo venir — le ordenó Mateo con voz ronca, no como una imposición, sino como una invitación a la libertad.
Elías finalmente cedió, entregándose por completo frente a ambos, dejando que su control se desmoronara bajo el peso del deseo. La escena terminó en un beso de tres que, esta vez, los unió mucho más allá de lo físico. Las barreras, cada vez, caían más.
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Sus días continuaron, sumergidos en esa nueva complicidad, una que ahora fluía de forma circular, de tres hacia tres. Los contactos, los besos y las caricias ya no encontraban obstáculos; los límites se habían desdibujado y los tabúes se habían quedado fuera de aquellas paredes de cristal.
Ahora, finalmente, eran ellos tres en su estado más puro. Mateo amaba cada segundo de la vida que estaba descubriendo, disfrutando de una lealtad que nunca imaginó encontrar. Luciana amaba con una plenitud nueva a sus dos hombres, sintiéndose finalmente el eje de un universo en equilibrio y Elías... Elías había aprendido a amar de una forma diferente, rompiendo sus propios esquemas, pero no tenía dudas: aquello, por fin, era amor.