GEOMETRIA DE 3 XXIX #2
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XXIX #2

—Yo no fui solo por el dinero, Luci. El dinero fue más una excusa. Fui porque necesitaba saber quién era el tipo que le había salvado la vida a mi vieja y qué clase de poder tenía sobre ti que me estaba volviendo loco de celos. Al final, nos dimos cuenta de que somos dos hombres que no saben qué hacer con lo que sienten por la misma mujer.

Luciana sintió un nudo de emoción en la garganta. Se sentía profundamente amada, pero también habitada por una responsabilidad inmensa. Mateo extendió su brazo por detrás del sofá, rozando sus hombros, mientras Elías seguía anclado a su mano. El círculo se cerró físicamente sobre ella.

—Ahora —dijo Mateo con voz más baja y ronca, su aliento rozándole la oreja—, dejamos de hablar del pasado. Vinimos aquí para estrenar este mundo nuestro. Solo nosotros tres.

Elías asintió, acercándose tanto a Luciana que sus alientos se mezclaron, creando una atmósfera densa, cargada de una vibra que ya no se podía contener.

—Ahora dinos… ¿este caos que armamos te hace feliz? Porque si dices que sí, no hay vuelta atrás. No habrá espacio para el arrepentimiento.

Luciana no necesitó palabras. Empujó su rostro hacia el de Elías para sellar su aceptación en un beso profundo, mientras Mateo se arrodillaba frente a ella, reclamando su parte con la voracidad del que ha esperado demasiado. Las manos de Mateo se hundieron en sus muslos, atrayéndola hacia el borde del sofá, para luego subir con decisión hasta sus senos, cubriéndolos con absoluta posesión. Los besos de ella se repartían entre ambos, voraces, marcados por la desesperación de quien tiene todo lo que desea.

Mateo la guío suavemente hacia la alfombra, pero en el movimiento no hubo lentitud, solo una determinación salvaje. Luciana quedó sobre la lana cálida, sentada a horcajadas sobre Mateo, mientras Elías se arrodillaba al lado frente a ella, convirtiéndose en una presencia sólida y ardiente que cerraba cualquier vía de escape.

Mientras Mateo hundía los dedos en su cabello, tirando con una delicadeza firme para exponer su cuello y besarlo desde abajo, las manos de Elías, antes contenidas, subieron por su vestido para liberarla de la prenda. Fue Elías quien se inclinó hacia adelante para perderse en sus senos, devorándolos de una forma que hizo saltar un gemido desgarrador de la garganta de ella, mientras Mateo reclamaba su piel desde abajo, eliminando cualquier distancia.

Luciana quedó expuesta ante ellos, su piel brillando bajo el resplandor ámbar de la chimenea. La devoción se volvió carnal. Las manos de Elías recorrieron su espalda, bajando con fuerza hacia sus caderas, mientras Mateo la sujetaba por la nuca para volver a devorar sus labios. Luciana sentía el contraste: la boca de Mateo, experta y exigente, y los labios de Elías recorriendo ahora su nuca y sus curvas con una veneración que la hacía arquearse contra él.

Entre miradas y besos hacía ella, se despojaron de la ropa restante en un frenesí y calidez de manos y piel que buscaba piel, recuperando de inmediato la misma posición. Elías, con una determinación que ella nunca le había conocido, rodeó su cuerpo para acomodarse a su espalda. Luciana sintió el pecho firme de él presionando contra su torso desnudo, envolviéndola en un abrazo de fuego, mientras Mateo empezaba a penetrarla desde abajo. Fue en un instante, en una alianza muda con Elías, que ella selló con un leve movimiento de caderas — ya conocido por ambos—, friccionando hacia su sexo e invitándolo a reclamar su lugar en esa hoguera.

Él lo hizo con una precisión que rompió cualquier rastro de la antigua contención: humedeció sus dedos con la boca, los frotó con firmeza entre sus nalgas y encontró su propio camino para unirse al ritmo de Mateo. En ese doble reclamo, en esa colisión de ritmos opuestos, Luciana perdió por completo la noción de sí misma, sintiéndose habitada y reclamada por ambos a la vez.

Se entregaron en una conexión donde los sentidos se desbordaban. Luciana ya no distinguía dónde terminaba la caricia de uno y empezaba la del otro; era una marea de calor y manos que la hacían flotar sobre la alfombra. Sentía la fuerza de Mateo guiándola, poseyéndola, mientras Elías la anclaba desde atrás, besando su nuca con una intensidad que parecía querer fundir sus cuerpos en uno solo.

Hubo un momento suspendido en que el placer se volvió casi insoportable. Las manos de Elías y Mateo se encontraron sobre las caderas de Luciana; sus dedos se entrelazaron sobre la piel de ella, uniendo el círculo de forma definitiva. Elías levantó la vista y encontró los ojos de Mateo; no hubo sombra de duda, solo un reconocimiento animal. Eran dos hombres distintos, dos mundos opuestos, fundiéndose en el cuerpo de la mujer que ambos veneraban.

El calor de la chimenea era una caricia fría comparado con el incendio que estalló entre ellos. Luciana se arqueó, con la columna tensa y el corazón galopando fuera de control. Se sintió desbordada, reclamada por cada poro, habitada por la fuerza de Mateo y la intensidad de Elías. En ese refugio, mientras las estrellas observaban desde el imperturbable silencio de la montaña, Luciana se dejó poseer por las dos fuerzas que, al colisionar, finalmente la habían hecho sentir completa.