XXIX
Mateo bajó las escaleras después de la ducha, emanando frescura y con el cabello todavía algo húmedo. Al entrar en el área social, se detuvo un instante. Encontró a Elías frente al ventanal de la sala, vestido con pantaloneta y una camiseta básica; era la primera vez que lo veía despojado de sus trajes a medida y su aura de oficina. Tenía un vaso de vodka en la mano y la mirada perdida en el exterior, donde las estrellas brillaban con una nitidez que solo la altura de la montaña permitía. Era una noche despejada, perfecta y silenciosa.
—Tengo hambre —anunció Mateo, entrando en la cocina para romper el hechizo del silencio.
Elías no respondió de inmediato. Se giró con lentitud y caminó hacia la cocina, dejando el vaso sobre la isla de mármol.
—No vuelvas a hacer eso —dijo Elías, su voz sonando grave en la amplitud del espacio.
—¿Hacer qué? —preguntó Mateo, sosteniéndole la mirada mientras abría la nevera.
—Lo que dijiste del cuarto. No quiero que ella se sienta presionada, Mateo.
Mateo cerró la puerta de la nevera y se irguió, dejando de lado la ironía por un momento.
—Elías, no vinimos hasta acá a jugar a las casitas. Sabes a qué vinimos.
—Yo eso lo sé —lo cortó Elías con firmeza—. Pero dale tiempo. El que ella necesite.
Mateo respiró hondo, midiendo la tensión en el aire, y finalmente asintió.
—Ok, ok. Entendido.
—Cocina tú —sentenció Elías, tomándolo por sorpresa al lanzarle un delantal que estaba sobre la barra—. Yo iré a encender la chimenea.
Elías caminó hacia la estructura de piedra y presionó un interruptor en la pared. Al instante, una llama perfecta y controlada empezó a bailar tras el cristal de la chimenea moderna.
—¿En serio? —soltó Mateo con una carcajada, entendiendo que Elías le estaba jugando una broma al dejarle el trabajo pesado mientras él solo apretaba un botón—. ¿Esa es tu forma de «encender el fuego»?
Elías esbozó una sombra de sonrisa, una que casi parecía amistosa.
—Sí... Y hoy tampoco hay salsa de tomate para tus desastres culinarios. Pero... —hizo una pausa, señalando hacia un compartimento de la nevera— hice que trajeran cerveza de la que te gusta
Elías no lo dijo, pero recordaba con precisión la marca específica que Mateo había comprado durante una parada en el trayecto en carro. Mateo se quedó en silencio un segundo, sorprendido por el gesto. Hizo un leve movimiento de gratitud con la cabeza, aceptando la tregua. Por un momento, no eran dos hombres compitiendo por una mujer, sino dos aliados preparándose para lo desconocido.
▲ △ ▲
Luciana se tomó su tiempo bajo el agua caliente, dejando que el vapor disipara los últimos restos de duda. Aunque sentía una firmeza renovada frente a lo que estaba viviendo, la tensión seguía ahí, vibrando bajo su piel como una marea que se resistía a bajar. Era real. Estaba en una montaña aislada con los dos hombres que amaba, y ambos habían aceptado, el «dejarse llevar» que Mateo tanto predicaba.
Ya estaban allí. No había vuelta atrás y, para su propia sorpresa, no quería que la hubiera.
Fiel a su esencia, eligió un atuendo que le proporcionaba comodidad: un vestido de tela suave que delineaba su silueta, marcando sus movimientos sin revelar demasiado. Mientras se terminaba de arreglar, escuchó a lo lejos el murmullo de sus voces y, de pronto, una risa.
Se detuvo un instante, con el cepillo en la mano, y sonrió frente al espejo. «Sus dos hombres».
¿En qué momento se habían vuelto tan cómplices?
Esa camaradería masculina, nacida de la rivalidad y el deseo compartido, le resultó extrañamente excitante. Era una alianza prohibida de la que ella era el centro.
Tomó aire, enderezó los hombros y decidió salir. Sabía que la estaban esperando.
Bajando las escaleras, el olor a comida y el resplandor de la chimenea la recibieron. Se detuvo un segundo antes de que ellos la vieran, observó el momento: Elías sirviendo el vino con una parsimonia elegante y Mateo moviéndose en la cocina con una cerveza en la mano y una soltura casi coreográfica. Parecía una escena de una vida que nunca se atrevió a soñar. Era el orden de uno mezclado con el caos del otro, y en medio de esa paz doméstica, Luciana entendió que ya no tenía que elegir.
▲ △ ▲
Cuando Luciana entro a la sala, el tintineo de los cubiertos se detuvo. Mateo, que estaba terminando de servir un plato sencillo que olía de maravilla —y que había logrado sacar adelante con la ayuda crítica de Elías— levantó la vista. La verdad era que la cocina no era el fuerte de ninguno; se habían movido entre los fogones con la torpeza de dos hombres acostumbrados a que otros les sirvan, discutiendo por el punto de la sal y casi quemando el sofrito mientras intentaban descifrar cómo funcionaba la estufa industrial. Al final, el instinto de Mateo para la sazón y la precisión de Elías con los tiempos de cocción habían salvado la cena.
Mateo dejó escapar una sonrisa lenta, de esas que recorrían a Luciana de pies a cabeza. Elías, por su parte, dejó la botella de vino sobre la mesa y se quedó estático, admirando cómo el vestido de cuello en V resaltaba la serenidad de su rostro y la firmeza de su postura.
—Vaya... —murmuró Mateo, rompiendo el silencio—. Llegó nuestra princesa. Hermosa como siempre.
—Llegas justo a tiempo —añadió Elías, acortando la distancia. Le tomó la mano con esa delicadeza posesiva que lo caracterizaba y depositó un beso suave en sus nudillos—. El vino está exquisito.
Le ofreció una copa mientras se sentaban a la mesa de madera maciza, frente al ventanal que ahora solo devolvía el reflejo de la chimenea y de ellos tres. Elías en una cabecera, con Luciana a su lado y frente a ella Mateo.
—¿De qué se reían? —preguntó Luciana, probando el primer bocado y mirando a Mateo con curiosidad—. Los escuché desde el cuarto.
Mateo soltó una carcajada y miró a Elías de reojo.
—De que tu hombre aquí presente cree que encender una chimenea con un botón le da derechos de «hombre de montaña». Pero le perdono la falta de técnica porque tiene buen gusto para la cerveza —dijo, levantando su botella a modo de brindis.
Elías soltó una risa seca, relajando los hombros por completo. —Al menos el fuego no se va a apagar a mitad de la noche, Mateo. Algo que dudo que puedas garantizar con tu cocina si no te ayudo.
Ambos rieron con ganas, conscientes de que el plato que tenían delante era un pequeño milagro fruto de una colaboración caótica. Era una escena casi irónica: por un lado, Elías, con sus títulos colgados en la pared y su mente acostumbrada a las finanzas internacionales; por el otro, Mateo, que apenas si terminó el bachillerato pero que se había graduado con honores en «la universidad de la calle». Juntos, el hombre de los másteres y el hombre del instinto, casi se rinden ante una simple pasta con salsa.
Luciana los observó en silencio, disfrutando de esa tregua inesperada. Era extraño y fascinante. En el día eran rivales, en la cama eran fuego, pero aquí, bajo la luz tenue, empezaban a parecer algo más: un equipo.
—Me gusta verlos así —dijo ella de repente, bajando la voz. Elías y Mateo se detuvieron y la miraron—. Sin informes, sin secretos, sin tensiones.
Elías intercambió una mirada rápida con Mateo, un reconocimiento silencioso de que, por primera vez, no había una guerra que ganar. Luego, extendió su mano sobre la mesa para rozar la de ella.
—Somos los tres, Luci —dijo Elías, su voz firme pero teñida de una suavidad nueva—. Y este será nuestro pequeño mundo.
▲ △ ▲
Terminaron la cena en una calma inusual. Entre los tres lavaron los platos, moviéndose en la cocina con una sincronía doméstica que ninguno habría creído posible días antes. Al terminar, el magnetismo de la chimenea los atrajo hacia la sala, donde un sofá de cuero inmenso y una alfombra de lana espesa aguardaban bajo la luz titilante del fuego.
Se sentaron dejando, de forma natural y sin forzarlo, a Luciana en el centro. El silencio de la montaña afuera resaltaba el crepitar de la madera quemándose.
—Y… ¿cómo pasó todo esto? —preguntó Luciana, rompiendo el hechizo mientras los miraba a ambos—. ¿De verdad hablaron de todo esto? ¿Cómo? ¿Cuándo?
Elías exhaló un suspiro largo, buscando la mirada de su compañero.
—Cuéntale tú, Mateo.
—¿Ah, yo? Ok —respondió Mateo, acomodándose con esa soltura suya, aunque sus ojos reflejaban una seriedad inusual—. Cuando pasó lo de mi mamá, Elías estaba en el barrio. Él la vio mal y no dudó en llevarla a la clínica. Me llamó y se encargó de todo: médicos, especialistas, gastos… tú sabes cómo soy yo, Luci, no iba a permitir eso, y menos de él. Así que le pedí su dirección y fui a su apartamento para devolverle el dinero.
Mateo hizo una pausa, mirando el fuego como si viera la escena repetirse en las llamas.
—Llegué allá, pero se desató una tormenta que no me permitió irme. Entre whiskies y verdades amargas, terminamos hablando de todo: lo que él siente, lo que yo siento por ti, y lo que tú le habías dicho a él en algún momento. Ahí, en medio de esa tormenta, entendimos que estábamos en el mismo bando.
—No fue un proceso sencillo —intervino Elías, tomando la mano de Luciana y apretándola con firmeza—. Hubo muchas dudas. Es un cambio de paradigma total. Mi mayor miedo era tu reacción, pero la alternativa era seguir perdiéndote. ¿Qué más podía salir mal si ya no te tenía a mi lado?
—¿Fuiste a buscarme? —preguntó ella, volviéndose hacia Elías con los ojos brillantes.
—Claro que sí, Luci. Ya no aguantaba más tu ausencia.
Luciana se quedó en silencio. En su mente, la imagen del Elías impecable ayudando a la madre de Mateo en el barrio se fundía con la de Mateo entrando en el mundo de Elías por una deuda de honor. Todo encajaba.
—O sea que… —susurró ella— todo ha sido muy consciente.
—He accedido a esto —dijo Elías, mirándola fijamente— porque mi orgullo dejó de tener valor en el momento en que me di cuenta de que no quería una vida donde tú no estuvieras.
Mateo se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas.