GEOMETRIA DE 3 XXVIII #3
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XXVIII #3

—¿Y para dónde, si se puede saber, mi doctor? —soltó Mateo con una sonrisa ladeada, probando los límites de la paciencia del otro.

—Lejos de todo esto —respondió Elías sin mirarlo, con una gravedad que detuvo la broma de Mateo en el aire—. Vamos a hacer esto y lo vamos a hacer bien.

Al llegar la hora, Elías le abrió la puerta del copiloto a Luciana, marcando su territorio de forma sutil pero clara. Por ende, Mateo ocupó el asiento trasero, instalándose allí con la comodidad de quien sabe que, aunque no lleve el volante, tiene el control de lo que sucede en el interior. Durante una hora de trayecto hacia el aeropuerto, el ambiente era un extraño cóctel de negocios y deseo contenido. Mateo se encargó de romper el hielo con comentarios punzantes o chistes que buscaban relajar a Luciana, mientras Elías seguía conectado a su mundo, dando instrucciones a socios y empleados sobre una ausencia que nadie en la oficina lograba comprender.

Luciana permaneció en silencio la mayor parte del tiempo, mirando por la ventana cómo el paisaje de la costa empezaba a quedar atrás, sintiendo que con cada kilómetro se alejaba un poco más de la mujer que solía ser; dejando la seguridad de lo conocido para entregarse a esa versión de sí misma que solo ellos dos lograban despertar.

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Al llegar al aeropuerto, no se detuvieron en la terminal comercial. El coche avanzó directamente hacia un hangar privado donde un helicóptero de turbinas silenciosas los esperaba con los motores listos. Tanto Mateo como Luciana se quedaron asombrados ante el despliegue de poder de Elías. Él, con la naturalidad de quien domina ese entorno, saludó al piloto de mano, dictó un par de instrucciones precisas y les hizo una señal para que subieran.

Fueron treinta minutos de vuelo sobre picos verdes y nubes bajas hasta que aterrizaron. La propiedad era una obra maestra de arquitectura moderna, incrustada en la ladera de la montaña: una estructura imponente donde el vidrio dominaba sobre la piedra, ubicada a cuarenta minutos de cualquier rastro de civilización. Un lugar, que la familia de Elías ya no utilizaba y que actualmente estaba en venta.

Era un santuario de privacidad absoluta y lujo salvaje.

Mateo se quedó atónito al bajar y sentir el aire frio de la altura contrastando con la calidez que emanaba la casa.

—Uyyy, Elías... —soltó Mateo, recorriendo con la mirada los ventanales que reflejaban el paisaje—. De verdad que usted no es cualquier riquillo de ciudad.

Luciana trataba de ocultar su asombro tras una máscara de serenidad, pero su corazón latía con fuerza. Aunque ya conocía el éxito de Elías y a su familia en Estados Unidos, y sabía perfectamente cómo vivían, en ese momento recordó la verdadera magnitud de su poder. Lejos de sentirse intimidada, se sintió empoderada. El peso de saber que un hombre con ese nivel de control estaba dispuesto a dejarlo todo, a romper sus códigos solo por no perderla, le dio una seguridad embriagadora. También, se dio cuenta de que ese despliegue no era para impresionarla, sino para proteger este nuevo y frágil mundo que acababan de crear.

—Pasen —dijo Elías, colocándose detrás de Luciana y poniendo una mano en su cintura, guiándola hacia la entrada.

—Voy a servirles un trago —dijo Elías, dirigiéndose directamente al bar de la sala. Sus movimientos eran precisos; todos necesitaban ese golpe de alcohol para terminar de aterrizar—. Aquí vamos a estar estos días. Ya pedí que acondicionaran todo y hay comida de sobra. Eso sí, nos toca cocinar; el servicio no vendrá mientras estemos nosotros. Si hace falta algo, el pueblo queda a cuarenta minutos.

Les entregó los vasos con whisky, su bebida favorita. Al sentir el cristal frío, Luciana y Mateo se miraron y rieron en una complicidad momentánea, compartiendo la misma chispa de incredulidad ante la situación.

—Les mostraré la casa —anunció Elías.

Dieron un breve recorrido por los pasillos de líneas minimalistas y techos altos. Al llegar a la zona de los dormitorios, Elías se detuvo y miró a Luciana.

—Escoge la que quieras —le dijo, otorgándole el privilegio de marcar el territorio.

—Creo que la más grande —respondió Mateo antes de que ella pudiera abrir la boca, con una sonrisa que no pedía permiso—. Ahí cabemos los tres perfectamente.

Un silencio denso cayó en el pasillo. La propuesta de Mateo era lógica, pero verbalizarla tan pronto hizo que el aire vibrara. Era el recordatorio de que, aunque la casa fuera de Elías, la audacia seguía siendo de Mateo. Luciana rompió la tensión con un carraspeo.

—Ehhh... bueno, quisiera darme una ducha —dijo ella, sintiendo el peso de la mirada de ambos sobre su piel—. Sola.

Ambos se quedaron inmóviles un segundo, procesando la «exclusión».

—Ah, sí, claro —reaccionó Elías, recobrando la compostura y tomando a Mateo por el brazo para sacarlo de la habitación—. Nosotros también necesitamos una...

—Pero aparte —añadió Mateo con una risa burlona mientras se dejaba arrastrar, lanzándole una mirada cargada de intención a Luciana antes de que la puerta se cerrara. —A menos que el «doctor» quiera que ahorremos agua.