GEOMETRIA DE 3 XXVIII #2
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XXVIII #2

Al bajar las escaleras, el silencio era distinto. Ya no era la tensión asfixiante de su llegada, sino algo más profundo, casi doméstico.

El olor a café inundaba el aire.

Se detuvo en el último escalón y contempló la sala: la mesa del comedor seguía con los informes esparcidos por el suelo, un mudo y desordenado testimonio del manotazo de Elías y del deseo que los había consumido sobre esa madera. Sonrió para sí misma; el caos nunca le había parecido tan liberador.

En la cocina, las voces bajas de ellos dos se mezclaron con el tintineo de las tazas. Luciana respiró hondo. Anoche habían roto todas las reglas; hoy tenían que aprender a vivir con los pedazos. Se paró en la entrada de la cocina. Al verla, ambos se quedaron en silencio mirándola.

—¿Café? —preguntó Mateo.

—Sí, por favor —sonrió ella, un poco tímida bajo tanta atención, pero sosteniéndoles la mirada.

Mateo le devolvió la sonrisa, le entregó la taza y la rodeó por los hombros con un brazo, guiándola de vuelta a la sala con una naturalidad pasmosa. Elías salió detrás, observando la escena con una rigidez que delataba que su tregua interna todavía era frágil.

—¿Qué te parece, mi bella princesa, si nos llevas a recorrer la ciudad? —propuso Mateo. A Elías no dejaba de asombrarle la soltura con la que el otro manejaba la situación, como si una relación de tres fuera lo más normal del mundo.

—No creo que pueda —respondió Luciana, tratando de recuperar algo de su rutina—. Ayer no terminé el informe y debo presentarlo hoy. Así que pueden ir ustedes.

—Habla con tu jefe, pídele el día. Estamos aquí, Luci. Estamos para ti —insistió Mateo.

—Luci... —dijo por fin Elías. Se acercó a ella y le tomó el rostro entre las manos, como solía hacerlo antes, con esa intensidad que buscaba descifrarle el alma—. ¿Cómo te sientes?

Mateo torció los ojos hacia el techo.

¿Por qué Elías tenía que analizarlo todo?

¿Por qué no podía simplemente dejar que las cosas fluyeran por el camino más sencillo?

Guardó silencio; así era Elías, y así tendría que aceptarlo.

—Bien —admitió Luciana, bajando la mirada a su café—. Aunque no te voy a negar que estoy un poco confundida con todo esto.

—Todo está bien —interrumpió Mateo, acercándose y cerrando el círculo—. Somos adultos. Todo lo que ha pasado lo hemos disfrutado más de lo imaginado... Así que, de ahora en adelante, solo dejémonos llevar.

Luciana dejó la taza de café sobre la mesa, justo encima de uno de sus informes. Miró a Mateo y luego a Elías, su timidez iba desapareciendo para dar paso a una lucidez fría

—No es tan simple como «dejarse llevar», Mateo —dijo ella, con la voz más firme—. Anoche fue... increíble. Pero hoy me desperté y el mundo sigue ahí fuera. Mi trabajo, mi familia, la de ustedes. ¿Qué pasará cuando salgamos de esta casa? No quiero ser el secreto sucio de nadie — se sentó en el pequeño sofá.

Elías se tensó. El aire en la sala volvió a ponerse pesado.

—Estoy de acuerdo contigo y no tengo una respuesta definitiva, Luciana —admitió Elías, sentándose frente a ella con la espalda recta—. Pasa que estoy rompiendo todos mis códigos por ti. Y que ahora mismo, aunque me queme por dentro, prefiero compartirte que perderte de nuevo. Así que no sé si la solución sea simplemente un «dejarnos llevar»—Miró a Mateo con una mezcla de advertencia y tregua. Mateo sostuvo la mirada, asintiendo con una seriedad que pocas veces mostraba.

—Lo de anoche fue una realidad y aquí estamos. Ya pasamos lo más duro — interrumpió Mateo, devolviéndole la mirada a Elías—. Y sí, esto se sale de lo convencional, pero es lo que tenemos. Es lo que podemos empezar a construir a nuestro modo. Yo estoy dispuesto.

Elías guardó silencio un segundo, procesando las palabras de Mateo. Luego, tomó una decisión, tomando las riendas de esa relación como trataba de hacerlo con su propia vida, aunque el terreno fuera totalmente desconocido.

—Vámonos —sentenció Elías con una firmeza que no admitía réplicas, mientras se ponía en píe—. Deja tu trabajo organizado, Luciana. Y tú también, Mateo. Si vamos a hacer esto, lo vamos a vivir sin mirar atrás. Con una única condición: respeto absoluto y... no se hace nada que el otro no quiera.

Miró a Mateo fijamente, recordándole en silencio que esa conversación ya la habían tenido a solas y que no aceptaría menos que eso.

Luciana miró atónita a Elías.

¿Qué le había hecho Mateo en esos días para que estuviera tan en contravía de sus propias convicciones? Él, el hombre de las estructuras y la moral intachable, estaba dictando las reglas de una tríada.

—¿Cómo que irnos, Elías? ¿Estás loco? —preguntó ella, sintiendo de nuevo que el suelo se movía bajo sus pies.

Él se le acercó, aunque por un segundo Luciana notó el leve temblor en sus dedos antes de que él lo ocultara. Le tomó el rostro con suavidad.

—Confía en mí, amor... —susurró con una voz calma y baja, esa que siempre lograba desarmarla—. Sabes que nunca te haría daño.

Le dio un beso pausado, una promesa sellada frente a los ojos de Mateo. Elías se separó y miró a su rival —ahora socio en esta travesía— esperando su reacción. Mateo asintió con una sonrisa de victoria contenida, aceptando el mando de Elías en ese momento.

—Ok —dijo Mateo, rompiendo el trance—. Haré unas llamadas y quedo libre.

Luciana asintió en silencio. Con manos todavía temblorosas, se agachó para recoger los informes esparcidos, tratando de recuperar algo de orden en medio del caos emocional. Mateo se apresuró a ayudarle, arrodillándose a su lado y entregándole los folios uno a uno; sus dedos rozaban los de ella en cada entrega, una caricia silenciosa que la mantenía anclada al presente.

Mientras tanto, Elías se alejó hacia la ventana, con la mirada puesta en el horizonte de la costa, sacó su teléfono y marcó el número de su asistente. Su voz volvió a ser la del ejecutivo implacable, dictando instrucciones para despejar su agenda y organizar el viaje.

En esa pequeña sala, el destino ya estaba en marcha. Luciana organizaba su escritorio, Mateo organizaba el presente y Elías organizaba el escape. Ninguno de los tres volvería a ser el mismo después de cruzar esa puerta.

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Luciana continuaba nerviosa, alternando llamadas con su jefe para pedir los permisos necesarios y terminando de redactar informes a contrarreloj. Mientras tanto, Mateo optó por salir de la casa; tenía llamadas pendientes que prefería hacer lejos de los oídos de Elías y de ella, en una zona de sombra que solo él conocía.

Elías, por su parte, no soltaba el teléfono. Coordinaba con su asistente la postergación de reuniones claves y solicitaba los expedientes digitales que pudiera ejecutar de forma remota, asegurándose de que su imperio no se detuviera mientras él desaparecía.

—A las tres en punto, nos vamos —sentenció Elías, como si estuviera dictando una sentencia irreversible.

Mateo hizo un gesto rápido con la mano, llevándose dos dedos a la frente en una señal de «recibido, jefe», con esa mezcla de respeto e ironía que tanto desesperaba a Elías.