XXVII
Estuvieron de pie un momento ante la puerta. Elías, en medio de sus nervios, recorrió visualmente el lugar, analizando la sencillez de la fachada. Mateo se tocó el cabello, un gesto que hacía cada vez que sentía tensión, pero finalmente se inclinó y tocó la puerta con firmeza. Era el hombre de acción tomando la iniciativa.
Segundos después, apareció Luciana en el marco. Al abrir, su corazón se paralizó. Llevaba una sudadera y el cabello recogido con un lápiz; en su mano sostenía otro. El silencio y la tensión se mantuvieron por unos segundos que parecieron horas.
Verlos ahí, contra la luz de la tarde, le provocó una náusea de incredulidad. No era solo sorpresa; era la sensación física de que el suelo se abría bajo sus pies. Sus ojos saltaban de la elegancia gélida de Elías a la presencia volcánica de Mateo, tratando de procesar la imagen antinatural de sus hombros casi rozándose. Por un segundo, sintió un miedo primitivo, el de quien ve a sus dos incendios unirse para quemar lo poco que le quedaba de paz.
—¿Podemos pasar? —dijo por fin Mateo.
Luciana lo miró, muda e incrédula. Luego sus ojos pasaron a los de Elías.
—¿Qué significa esto? —preguntó al fin, con la voz apenas en un hilo.
—Aquí estamos, Luci —dijo Elías, con la frialdad que siempre lo caracterizaba, pero que esta vez era fingida—. Permítenos pasar.
Luciana asintió con un gesto leve, permitiéndoles entrar. Al cruzar el umbral, la frescura de la casa aplacó un poco la pesadez del viaje, pero no la tensión que vibraba entre los tres.
—¿Cómo estás? —preguntó Elías, midiendo la distancia, reprimiendo el impulso de acortarla y tocarla. Su mente ya estaba evaluando el entorno, tratando de descifrar si ella era feliz en ese retiro.
—Bien. Bien —respondió ella, con una sequedad que buscaba marcar territorio. Sacudió la cabeza como queriendo despertar de su propia incredulidad—. ¿Qué hacen aquí?
—Buscándote —soltó Mateo, sin quitarle los ojos de encima, con esa intensidad que no entendía de protocolos ni esperas.
—Luciana, queremos hablar —continuó Elías—. ¿Por qué te fuiste? ¿Qué estás pensando? Necesitamos entender.
Luciana retrocedió un paso, sintiendo el peso de las dos miradas reclamando una explicación que ella misma aún no terminaba de organizar.
—Luci, solo queremos que estés bien —intervino Mateo, sosteniéndole la mirada—. Después de lo que pasó con mi mamá, Elías y yo hemos hablado mucho. Lo que menos queremos es reprocharte nada; estamos aquí porque tratamos de entender todo esto.
Luciana sacudió la cabeza de nuevo, desconcertada.
—¿Entender? ¿Entender qué?
—Tus sentimientos, Luci. Lo que me dijiste la última vez que hablamos —añadió Elías.
Ella guardó silencio, tratando de procesar la imagen irreal de ellos dos compartiendo el mismo espacio sin matarse. Se produjo una pausa larga, espesa. Mateo caminó hacia la ventana, fingiendo interés por el paisaje exterior, mientras Elías recorría con la mirada el interior de la pequeña sala. Todo estaba en orden: el computador abierto con programas de análisis y una música tenue de fondo, esa que ella siempre usaba para concentrarse. Ver sus hábitos intactos les recordó cuánto la conocía... y cuánto la había extrañado.
—Miren, ahora estoy ocupada —soltó Luciana, tratando de recuperar el mando de su vida—. Tengo que entregar unos informes urgentes. Necesito tiempo para procesar que están aquí. Si quieren... pueden dar una vuelta por la ciudad, o lo que sea.
—Yo creo que nos quedamos —sentenció Elías—. He conducido seis horas y necesito descansar.
Mateo asintió y, sin pedir permiso, se sentó en el sofá. Luciana comprendió en ese instante que no se irían a ninguna parte. Eran como dos fuerzas de la naturaleza que acababan de instalarse en su sala.
—Está bien. Ahí está la cocina si quieren algo de comer o beber. Yo tengo que trabajar —dijo ella, resignada.
Caminó hacia el computador, torciendo los ojos en un gesto de frustración contenida. Sabía que concentrarse sería imposible con ellos allí, acechándola con la mirada. Se sentó y fijó la vista en la pantalla, mientras Elías y Mateo se sentaron en la pequeña sala, cerca de ella, reclamando el lugar como si, de alguna forma, ya les perteneciera.
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Pasaron veinte minutos. El único sonido era el golpeteo frenético de Luciana sobre el teclado y el zumbido suave del aire acondicionado, la música de fondo que antes era un refugio de paz, ahora sonaba como una burla. Ella sentía la nuca caliente; sabía que las miradas de ellos se turnaban para recorrerle la espalda, el perfil, las manos.
Era insoportable.
Elías se levantó primero. Fue a la cocina, buscó un vaso y sirvió agua fría. No preguntó. Caminó hacia el escritorio de ella y dejó el vaso a un lado de la computadora. El roce del cristal contra la madera sonó como un disparo en ese silencio.
—Tómate un respiro, Luci. Estás cometiendo errores en esa matriz de proyecciones —susurró Elías, inclinándose lo suficiente a su oído y que ella oliera su loción, esa que le encantaba.
Luciana se tensó. No lo miró.
—Puedo hacerlo sola, Elías.
—Nadie dijo que no pudieras —intervino Mateo desde el sofá. Se había quitado los zapatos y estaba apoyado con una confianza que a ella le irritaba—. Pero llevas diez minutos borrando y escribiendo, borrando y escribiendo; no estás ahí Lucy.
Luciana cerró los ojos y soltó un suspiro largo. Se dio la vuelta en la silla, quedando de frente a los dos. Elías estaba de pie, a su derecha, impecable incluso tras el viaje. Mateo estaba frente a ella, con esa actitud relajada y peligrosa de quien no tiene nada que perder.
—¿Qué es lo que quieren? —preguntó ella, subiendo la voz—. ¿Qué esperan de esto? ¿Que me levante y les haga la cena mientras ustedes deciden quién se queda conmigo?
—No —respondió Mateo, poniéndose de pie con lentitud—. Esperamos que te des cuenta de que no vinimos a pelear por ti. Vinimos a estar contigo. Los dos.
Luciana soltó una risa nerviosa, buscando en Elías una señal de cordura.
—¿Qué...? —balbuceó. Elías solo levantó las cejas, sosteniéndole la mirada con una seriedad implacable, validando la locura de Mateo con su silencio.
Ella intentó caminar, buscando una salida, una forma de huir de esa presión asfixiante. Pero Elías fue más rápido. La tomó del brazo y, con un movimiento firme pero decidido, la atrajo hacia él. Luciana sintió su espalda chocar contra el pecho de Elías; él la rodeó por la cintura, hundiendo el rostro en su cabello.
—Te he extrañado tanto, Luci —susurró él, dejando que el aroma de ella lo invadiera—. Esto ha sido una locura sin ti.
Luciana se quedó paralizada. El nudo en el estómago, ese que solo Elías sabía provocarle, se encendió de inmediato. Cerró los ojos, dejando que las palabras de él perforaran su resistencia; para ella, el tiempo a solas había sido igual de devastador.
Mateo se puso de pie y caminó hacia ellos con pasos felinos. Se detuvo justo enfrente, dejándola atrapada en medio de los dos. El instinto de Luciana le gritaba que escapara, pero su cuerpo, traicionero, se negó a obedecer. Estaba encerrada entre el orden de Elías a su espalda y el caos de Mateo frente a sus ojos.
La mirada de Mateo la ancló al sitio. Sus narices se rozaron, compartiendo el mismo aire agitado.
—Para mí tampoco lo ha sido —murmuró él, sellando la confesión. Mateo acortó la distancia final y rodeó la cintura de Luciana, atrapándola en un cerco de calor.
Elías comenzó a besarle el cuello con una lentitud tortuosa, mientras deslizaba una mano bajo la camiseta de ella para acariciarle el vientre. Mateo lanzó una mirada fugaz a Elías, midiendo el terreno, asegurándose de que la tregua seguía en pie. Elías le devolvería el gesto por un segundo, antes de concentrarse de nuevo en la piel de Luciana.
Aunque, por un instante, la mente de Elías se llenó de ruidos blancos, de alarmas que gritaban «error». Se vio a sí mismo desde fuera: el hombre que siempre había tenido la última palabra sobre lo suyo, el descendiente de una estirpe que veía en cualquier intrusión una derrota de su propio orgullo. Sentir el roce de las manos de Mateo tan cerca de la suya, compartiendo la misma temperatura de la piel de Luciana, le provocó una punzada de rechazo que casi lo hizo retroceder. «Esto no es lo que somos», se fustigó internamente. Pero entonces, Luciana soltó un suspiro entrecortado y se presionó contra él. El calor de su cuerpo fue un argumento más fuerte que cualquier lógica. Elías comprendió, con una lucidez aterradora, que prefería mil veces este caos compartido que el orden gélido de su cama vacía. Decidió acallar al juez que llevaba dentro; si para tenerla debía aceptar este acuerdo de tres, lo haría. Se obligó a ignorar la presencia de Mateo como un obstáculo y empezó a verlo como un engranaje necesario para mantener a Luciana allí, entre ellos.
Era un reconocimiento mudo, un contrato sellado sin palabras. Elías evitaba pensar, solo sentir.
Entonces, Mateo la besó. Fue un beso cargado de semanas de frustración. Las respiraciones de los tres se intensificaron, fundiéndose en un solo ritmo errático. Al profundizar el beso, Mateo apretó más su agarre; sus dedos se rozaron inevitablemente con los antebrazos de Elías, que seguía rodeándola desde atrás. Ambos la presionaron contra sus cuerpos al mismo tiempo, reclamando su lugar.