GEOMETRIA DE 3 XXVII #2
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XXVII #2

Mateo sintió el contacto de la piel de Elías y, aunque sus músculos se tensaron por puro reflejo territorial, no hubo rechazo. En su mundo, las cosas no se esquematizaban tanto: si el deseo era real y compartido, ¿cuál era el problema? Al mirar a Luciana, al sentir cómo su cuerpo se entregaba al calor de ambos, ese código de la calle de «lo que no es tuyo no se toca» se sintió irrelevante. «Si esto es lo que hace falta para que no se nos escape, que así sea», pensó con una calma pragmática. No había el asco refinado de Elías, sino una adrenalina limpia, casi de victoria. Ver el deseo en los ojos de Elías no lo intimidaba; al contrario, era la confirmación de lo que él ya sabía: que Luciana era fuego puro y que ninguno de los dos era suficiente, por si solo, para apagarla.

Luciana respondió con una desesperación que la asustó. Esos besos eran lo que había deseado en sus noches más solitarias en la costa. Mientras su mente le martilleaba un «sal de aquí», sus manos permanecían inmóviles, dejando su cuerpo a merced de ellos.

Mateo comenzó a subir sus manos con una ternura que contrastaba con su apariencia ruda, recorriendo sus costados hasta alcanzar sus senos. Al mismo tiempo, Elías bajó la mano hacia el borde de su sudadera, hundiéndola en su pubis con una precisión que delataba cuánto recordaba cada punto de su anatomía. Aquello le arrancó un gemido que no pudo sofocar.

Fue el sonido de su propio placer lo que la despertó. El pánico le ganó al deseo. Por fin le hizo caso a su mente; sacudió los brazos con brusquedad y se apartó de un tirón, rompiendo el círculo de calor.

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—¿Qué fue eso? —soltó Luciana. Su voz temblaba mientras intentaba, con movimientos erráticos, recogerse el cabello de nuevo, buscando recuperar una compostura que ya no existía.

Elías no respondió. Dio media vuelta y caminó hacia la ventana, hundiendo sus manos en los bolsillos con la respiración entrecortada. El silencio de la sala parecía amplificar el caos que acababa de ocurrir. un vacío pesado que ninguno sabía cómo llenar.

—Luci, ven. Hablemos —dijo Mateo, tratando de suavizar el tono, aunque su propia agitación lo delataba.

—Quiero que se vayan —respondió ella, sin mirarlos.

—Luci, por favor...

—¡QUE SE VAYAN! —repitió, y esta vez la voz se le quebró, cargada de una mezcla de rabia y confusión.

Ambos la miraron, congelados por la violencia de su rechazo. Luciana no esperó una respuesta; asintió para sí misma, como tomando una decisión desesperada, dio media vuelta y salió de su propia casa, dejando la puerta abierta tras de ella, entregándose al aire de la calle antes de asfixiarse allí dentro.

Elías hizo el amago de salir tras ella, pero Mateo lo sujetó del brazo con fuerza.

—Te dije que esto era una locura —masculló Elías, soltándose del agarre con un movimiento brusco.

—Y yo te dije que esperáramos a ver qué pasaba —respondió Mateo, manteniendo la voz baja pero firme—. Déjala. Tiene que pensar. Vive aquí, tiene que regresar.

—¿Para ti todo es así? ¿Todo es un maldito juego? —Elías lo encaró, con los ojos encendidos.

—Te equivocas, Elías. Tengo tanta ansiedad como tú —Mateo dio un paso hacia él, rompiendo la distancia—. Pero la única certeza es que ella es la que más gana en todo esto. Ella tiene el mando ahora. Acéptalo. Solo dale tiempo.

Elías se pasó las manos por el cabello y volvió a hundirlas en sus bolsillos, con la cabeza a punto de estallar. En el fondo, sabía que Mateo tenía razón: ella era el centro de todo, ella era la que más ganaba.

Mateo, por su parte, se recostó en el sofá y cerró los ojos, lucía tranquilo, acostumbrado a manejar la tensión como si fuera una herramienta más, pero por dentro su mente giraba a mil por hora, recalculando cada movimiento.

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Luciana caminó. Al principio lo hizo rápido, tratando de seguirle el ritmo a la velocidad de sus pensamientos, pero poco a poco sus pasos se volvieron lentos, sincronizándose con el eco de las palabras de Mateo: «No vinimos a pelear por ti, vinimos a estar contigo. Los dos»

¿Qué significaba eso realmente?

¿Era posible que ellos estuvieran leyendo sus propios deseos prohibidos?

Lo que acababa de pasar en su sala no había sido un accidente; había sido una coreografía perfecta de necesidad y hambre. Pero el «cómo» seguía martilleándole la cabeza.

Por un lado, estaba Elías: el profesional, el hombre calculador y coherente, el orden que le daba sentido a su mundo, pero que a veces la hacía sentir juzgada por su propia rigidez. Por el otro, Mateo: el impulso puro, el hombre que ella había visto durante años saltar de mujer en mujer sin detenerse, una tormenta que la obligaba a sentirse viva y, al mismo tiempo, en peligro. Eran dos extremos que, por leyes de la física, jamás deberían tocarse.

¿Para ellos esto era solo un juego?

¿Una apuesta de ego?

¿O una forma retorcida de vengarse por su huida?

Se detuvo frente al mar, dejando que la brisa le enfriara la cara. La pregunta que más le quemaba no era qué querían ellos, sino cómo diablos podrían funcionar los tres. Eran polos opuestos, fuerzas que deberían repelerse... y, sin embargo, ella estaba ahí, en medio de la playa, admitiendo en silencio que amaba cada una de esas diferencias.

Amaba la estructura de Elías y el caos de Mateo. Entendió que elegir a uno significaba morir de hambre por el otro.

¿Y si, esta locura no era una trampa, sino su única oportunidad de estar completa?

¿Y si, la verdadera condena no era el pecado de amarlos a ambos, sino la mentira de tener que escoger solo a uno?

Tenía que decidir: o se arriesgaba a vivir esa fantasía imposible, o seguía arrastrando ese vacío que nada, ni el trabajo ni el exilio en la costa, había logrado llenar. Se dio la vuelta, mirando hacia la casa donde las luces ya estaban encendidas, a través de la ventana, las siluetas de los dos hombres se proyectaban como sombras pacientes. Seguían ahí. No se habían ido. Y, por la forma en que el corazón le saltó en el pecho al verlos, supo que ella tampoco quería que lo hicieran.