GEOMETRIA DE 3 XXVI
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Elías llevaba un buen rato con la ubicación de Luciana en sus manos. Estaba en una encrucijada, debatiéndose entre llamar o no a Mateo como habían quedado. La duda lo carcomía, pero el sonido del teléfono lo sacó de sus pensamientos. Miró la pantalla: era Mateo.

—¿Tienes la ubicación? —preguntó Mateo, yendo directo al grano.

Elías titubeó un segundo.

—Sí, la tengo.

—Bien… mmmm… ¿dónde está?

—Lo recojo en una hora —sentenció Elías—. Vamos en mi carro.

—¿Ah? ¿Está cerca?

—No, está a seis horas —respondió con un tono que no admitía réplicas—. Necesito ese tiempo para procesar todo esto y no quiero discutirlo.

—Está bien, está bien… —aceptó Mateo, sorprendido por la determinación de Elías

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Mamá, me voy unos días, ya cuadré con una enfermera que estará con usted las veinticuatro horas, pórtese bien mi viejita.

Mijo, pensé que esta vez no se iba a ir—dijo con algo de tristeza.

Tengo que mamá, no se preocupe, estará en muy buenas manos y doña helena y don Jorge también van a estar pendientes de usted, y… por favor mantenga con el teléfono cerca, la voy a llamar todo el tiempo.

Pasada una hora, le llegó un mensaje: “Estoy afuera”. Elías ya había llegado.

—Me tengo que ir, cuídese mucho, mi viejita —le dio un beso en la frente y salió.

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Al subirse al coche, a Mateo lo embriagó un olor a cuero, a lujo, a clase. Tiró su maletín al asiento trasero con un gesto descuidado y se acomodó, sintiendo la diferencia del ambiente; era el mundo de Elías, frío y perfecto. A pesar de la sofisticación del vehículo, Mateo no se sintió fuera de lugar; se recostó con una familiaridad magnética, la de quien sabe que el respeto no se compra con el coche en el que te sientas, sino con el poder que has sabido adquirir desde donde estás.

—Qué puntual —dijo Mateo.

Elías no respondió. Puso el motor en marcha y se alejó del barrio. En la pantalla del tablero, Mateo vio el mapa: quinientos kilómetros hacia el norte.

—¿Quinientos kilómetros? Definitivamente se quería alejar. ¿A qué ciudad vamos?

—A una pequeña población en la costa. Al parecer, la empresa la mandó a una sucursal que nadie quiere tomar. Un lugar tranquilo, lejos de todo esto.

—O lejos de nosotros, querrás decir.

Elías calló, aún perplejo por lo que planeaban hacer. Se aferró al volante y se sumergió en la autopista, variando la velocidad según fluyeran sus pensamientos.

—Mire, Mateo —dijo al fin—, ayer hablamos muchas cosas con tragos encima y hoy sin ellos. ¿Está consciente de la magnitud de esto?

—Estoy aquí, Elías. Yendo quinientos kilómetros, seis horas… no porque desee estar con usted.

Elías lo miró de reojo, torciendo el gesto, pero continuó:

—Esta mañana me dijo que ha estado «abierto a cosas». ¿A qué se refería exactamente?

—¿A qué cree que me refería?

—En este momento yo hago las preguntas —sentenció con frialdad.

Mateo accedió. Sintió la presión que cargaba Elías y no quiso ahondar en un problema. Levantó las manos en son de paz.

—Está bien. ¿Qué le puedo decir? Sí, he tenido una vida desordenada. Me he dejado llevar por el poder, la ambición y también por una vida nocturna… subida de tono. Pero esa es mi vida privada. Sigo siendo el joven criado en mi barrio; ayudo a mi gente y siempre estoy dispuesto para eso, ese soy yo.

Se pasó la mano por la nuca, un gesto cargado de una confianza ruda. No buscaba la aprobación de Elías; su mundo no se regía por etiquetas de vino ni protocolos de oficina, sino por la lealtad y la palabra empeñada, los únicos códigos que garantizan la supervivencia en la calle. En su barrio, él se estaba convirtiendo en parte de la ley que nadie se atrevía a cuestionar y algo del soporte que el Estado nunca fue para su gente; esa seguridad de saberse dueño de su territorio pesaba tanto como el apellido de Elías. Eran dos reyes de reinos distintos, encerrados en una cápsula de metal a ciento veinte kilómetros por hora.

Hizo una pausa y miró a Elías de reojo.

—¿A usted lo tiene pensativo cómo vamos a manejar la vida sexual?

—Me tiene pensativo todo, Mateo —levantó la voz, perdiendo por un segundo la compostura—. ¿Usted ha pensado en la reacción de Luciana cuando nos vea llegar con esta idea descabellada?

—Claro que sí. Mire, yo no sé si esté equivocado; mi vida es de hacer lo que siento y luego corrijo consecuencias si hace falta. Es la forma en la que sé vivir. Nunca me he quedado sumergido en pensamientos sin actuar, y eso es precisamente lo que quiero hacer ahora. No voy a predisponerme a algo que no sé si va a pasar.

—Entonces para usted es muy fácil —juzgó Elías con amargura.

—No es fácil. Solo son decisiones y riesgos que se deben tomar en esta vida, solo para vivirla.

Elías, siendo hombre de negocios, comprendía perfectamente el concepto de riesgo; el problema era que jamás pensó en aplicarlo a su corazón, —aunque horas antes estaba seguro que podría tener todo bajo su control— y mucho menos en una sociedad compartida con Luciana.

—¿Qué cree que piense ella? —preguntó Elías, bajando el tono.

—Eso no lo sé, igual que usted, siento mucho miedo de su reacción. Por eso lo mejor es que usted y yo estemos en buenos términos.

—A veces pienso que usted no la ama lo suficiente y por eso actúa con tanta ligereza en esta situación —soltó Elías.

—Porque la amo es que lo planteo. Porque ambos la necesitamos y sé que ella nos necesita. Por amor, yo puedo ceder. Puedo soltar el control.

—Ufff… ¿cómo puedo hacerlo yo? — le parecía increíble que era él el que estuviera preguntado eso, y sobre todo a Mateo.

—Las cosas solo se darán, eso es lo que yo espero. No sobrepensar, solo actuar con el amor que sentimos hacia ella.

Elías sintió, en el fondo, una punzada de envidia hacia Mateo. Le envidiaba esa capacidad de tomar las decisiones de manera tan «relajada», casi visceral. Él no sabía ser así; su vida entera había sido una sucesión de estrategias y balances, y ahora se encontraba frente a una auditoría emocional para la que no tenía respuesta.

Se quedaron en silencio un rato, acompañados solo por el zumbido del motor.

—Ok, supongamos que todo sale “como se espera” —dijo Elías, haciendo el gesto de comillas en el aire—. ¿Está dispuesto a verla conmigo? O sea… ¿todo lo que conlleva una relación de tres? No tengo por qué explicarle los detalles.

—Eso es parte de sobrepensar. Eso es parte de no hacer lo que el otro no quiera. Mire, Elías, ya se lo he dicho: lo invito a que solo nos dejemos llevar.

—Está bien. Esperemos a ver qué pasa —susurró Elías.

Siguió conduciendo. Pasaron las horas y pararon a comer algo. Elías estaba profundamente distraído, atrapado en su propia mente, y Mateo, respetó su espacio sin decir una palabra.

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—¿Por qué no está con ella? —preguntó Mateo—. Ahora es mi turno de hacer las preguntas.

—Pequeños errores, grandes consecuencias —respondió Elías, con la vista fija en el asfalto.

—¿Con quién le fue infiel?

—No, no lo hice. Todo fue un malentendido.

—Ya veo... Un pequeño error y un malentendido que le dejaron el espacio libre a alguien como yo.

Elías frenó en seco en la berma de la carretera. Se bajó del coche con una urgencia violenta, sintiendo que el aire acondicionado ya no era suficiente para el calor que le subía por el cuello. Mateo bajó tras él, sintiendo el viento de los camiones que pasaban a toda velocidad, sacudiendo la estructura del vehículo.

—¡Yo me cansé de culparme! —gritó Elías dándose la vuelta—. La busqué infinidad de veces. Quería explicarle, pero no me dio la oportunidad. Si tan solo me hubiera escuchado, nos estaríamos evitando todo esto.

Se apoyó contra el capó, dejando que el calor del metal le quemara las palmas de las manos para obligarse a centrarse. Esta situación lo descomponía de una forma que ningún negocio, por más millones que estuvieran en juego, había logrado jamás. Frente a una junta directiva, Elías sabía qué cartas jugar; frente al silencio de Luciana, no era más que un hombre derrotado.

—Puede ser —dijo Mateo con calma, sin inmutarse ante la brusquedad de Elías—. Pero si eso hubiese pasado, yo no la habría tenido...

Elías lo miró con odio.

¿Qué pretendía Mateo?

¿Abrir esa herida justo ahora?

—No, Elías, no me mire así —continuó Mateo, bajando el tono—. Solo quiero saber en el fondo a qué nos enfrentamos cada uno, por lo que he entendido, Usted sabe más de mi historia con ella que yo de la suya.

Elías guardó silencio, tratando de que su respiración volviera a ser esa línea rítmica y controlada que lo definía.

—Está bien... Todo era perfecto hasta ese momento —dijo Elías secamente, recuperando su máscara de frialdad—. Suba al coche. Todavía falta para llegar.

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El motor continuó en marcha, devorando los kilómetros hacia el destino. El aire acondicionado apenas podía con el calor que entraba por los vidrios, o quizá era la tensión lo que hacía que el ambiente pesara más que el clima exterior.

—Mire Elías, ya no es momento de recriminaciones ni culpas —soltó Mateo, rompiendo el silencio con una voz que sonaba más a cansancio que a perdón—. Ya lo que pasó, nos marcó a todos. Ya está hecho.

Elías apretó el volante. No quería darle la razón, pero no tenía otra salida. En su mente, estaba acostumbrado a buscar responsables para cada error, pero esta vez, él era el primer nombre en la lista.

—Sí, lo entiendo —le interrumpió, tajante—. Tenemos que llegar bien. Si Luciana nos ve así, no nos va a dejar pasar del porche. Tiene que sentir que, por una vez, no somos un problema que ella deba resolver.

—Exacto. El resto lo resolvemos después —concluyó Mateo, desviando la mirada hacia el paisaje seco de la carretera que se rendía ante la costa.

El trayecto final fue un pacto de caballeros forzado. Al entrar a las calles polvorientas de la pequeña ciudad, Elías redujo la marcha. El brillo del coche atraía miradas curiosas, pero él no las veía. El GPS marcó el punto final y el auto se detuvo frente a una casa sencilla, con un jardín que luchaba por no morir bajo el sol.

Elías apagó el motor. El silencio que siguió fue violento, casi ensordecedor tras seis horas de zumbido constante. Se quedaron ahí sentados, evitando mirarse, conscientes de que estaban a punto de abrir, una caja de la que nadie saldría ileso.

Elías se alisó los puños y se acomodó el cuello de la camisa por pura inercia, un último gesto de control mientras intentaba recomponer su armadura de éxito.

Mateo, en cambio, se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas, con las manos entrelazadas y la mirada fija en la puerta de la casa. No le importaba el sudor ni el polvo del camino; simplemente exhaló el aire con la fuerza de quien está acostumbrado a patear la calle y enfrentar los problemas de frente, sin armaduras de seda.

—Es ahora o nunca —murmuró Mateo.

Se miraron un segundo, aceptando que el viaje de tregua se había terminado. El verdadero desafío estaba del otro lado de esa puerta.