GEOMETRIA DE 3 XXIV
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XXIV

La luz del sol pegaba fuerte a través de los ventanales, despertando a Mateo. Abrió los ojos y tardó un momento en reconocer dónde estaba; el techo era muy alto y todo estaba demasiado silencioso. Sentía la cabeza pesada y la boca seca por el whisky de la noche anterior.

Se sentó en el sofá, sintiendo el cuerpo molido. Frente a él, Elías todavía estaba dormido en la poltrona, con la cabeza hacia atrás y la camisa ya no tan impecable. Aun así, en ningún momento dejaba de ser ese millonario elegante. Era algo que ya estaba en su ADN.

Mateo miró la mesa de centro. El sobre con el dinero seguía ahí, junto a los vasos vacíos y los restos de los sándwiches que se habían comido. Todo eso era la prueba de la charla que habían tenido, de las risas y de la verdad sobre Luciana. Se levantó con cuidado y se acercó a la ventana. Allá abajo la ciudad ya estaba en pleno movimiento, como si nada hubiera pasado.

—Ya amaneció —dijo Elías a sus espaldas. Tenía la voz ronca por el cansancio. No se había movido, tenía los ojos fijos en el techo.

—Sí —contestó Mateo sin voltear—, ya amaneció.

—Recordé que Luciana me comentó que le habían propuesto un traslado a otra ciudad, pero que obviamente no iba a aceptar y que sentía pena con su jefe por no poder hacerlo.

—¿Qué ciudad? —preguntó Mateo un poco afanado, girándose para verlo.

—No sé. En ese momento estaba todavía herido y muchas de las cosas que ella dijo las oía, mas no las escuchaba.

—¿Crees que haya aceptado y se haya ido a esa ciudad?

—Podría asegurar que sí. Es lo que ella haría para escapar.

—¿Y cómo sabremos dónde es?

—Tengo un contacto que me lo puede averiguar —Elías se incorporó, cogió el celular y se quedó mirándolo un momento, sin desbloquearlo todavía—. Cuando… sepamos dónde está... ¿qué vamos a hacer, Mateo?

Mateo se sentó en la mesa de la sala frente a Elías, quedando a su misma altura. Movió un poco los vasos que estaban en la mesa de centro, siguiendo con la mirada el rastro del whisky en el cristal para evitar el contacto visual. Guardó un silencio tenso, de esos que pesan, hasta que finalmente las palabras se abrieron paso.

—Ella nos quiere a los dos... ¿Podríamos amarla nosotros de la misma forma? —Lanzó la pregunta con una crudeza que le quemaba la garganta, rompiendo el aire pesado de la sala. Fue un impulso que lo desnudó, una verdad que soltó sin cuestionar, tal como estaba acostumbrado a vivir: sin frenos y directo al abismo.

Elías frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Está implícito lo que te digo.

Elías se levantó de un brinco, como si el sofá de repente le quemara, y se dirigió a servirse otro trago. Mateo lo siguió con una rapidez que no le dio tiempo a reaccionar; no lo dejó terminar, quitándole el vaso de las manos en un gesto brusco.

—Yo estoy dispuesto a luchar por ella… ¿tú?

—Claro que sí —le arrebató el vaso de nuevo, apretando el cristal con fuerza.

—¿Entonces? No hagamos esto más difícil.

—¿Estás hablando de estar los tres?

—Pues... sí —titubeó un poco, aunque sus ojos sostenían el desafío—Ya se había lanzado; ahora solo le quedaba terminar de hundirse en esa locura y salir a flote con ella.

—Estás loco.

—Oye… estamos en el siglo XXI, ¿cuál es la idea de tanto tabú? —soltó Mateo con seriedad y ansiedad—. Estamos enamorados de la misma mujer, ella nos ama a ambos, ¿por qué no intentarlo?

—Porque no es solo decirlo, Mateo. Está el contacto físico, están los espacios, los tiempos… ¡está el sexo! — Elías se tomó todo el whisky de un golpe, sintiendo que el fuego del alcohol era un alivio comparado con la imagen que acababa de cruzarle la mente. Se sirvió otro trago con manos temblorosas.

A este trago Mateo sí lo acompañó.

¿Era muy descabellado?

Él ya había tenido experiencias de todo tipo.

¿por qué no hacerlo con la mujer que amaba?

—Sí, puede ser una locura, pero aquí hay cuatro soluciones —dijo Mateo enumerándolas con los dedos — uno, la busco yo; dos, la buscas tú; tres, nos quedamos como estamos; cuatro... lo intentamos juntos.

—¿Y si ella no quiere? —preguntó Elías, escuchándose perplejo de sentir que, en el fondo, estaba aprobando lo que escuchaba.

—Es un riesgo que debemos tomar.

En ese momento sonó el celular de Elías. Era su secretaria.

—Buen día, Diana. Cancele todas las citas de hoy —dijo y colgó de inmediato. Miró a Mateo con fijeza—. Mateo… ¿el sexo? ¿Usted, ella, yo? — empezó a caminar por el apartamento, Mateo lo seguía midiendo cada uno de sus pasos.

—No se hará nada que alguno no quiera. Las cosas solo se empiezan a vivir y se van ajustando acorde a las circunstancias. — lo dijo en un tono en el que aceptaba ya, con más naturalidad, su propuesta.

—Hablas como si tuvieras mucha experiencia en esto —Elías giró y lo miró de golpe.

—Experiencias tan puntuales no, pero sí he sido más abierto a… cosas.

Wow—Elías estaba absorto ante esta casi confesión—. ¿O sea que tú podrías estar conmigo? —hizo un gesto de casi disgusto y se apartó de él bruscamente, como si la sola idea fuera una invasión a su espacio vital.

—No lo sé, Elías, no lo sé. —levanto un poco la voz, exasperado por la necesidad de etiquetas del otro—. Las cosas no se esquematizan, solo se viven.

—Ay, Dios… —Elías se rascó con fuerza la cabeza, caminando de nuevo por la sala con una incredulidad que le deformaba el gesto—. Esto es una locura.

Se detuvo frente al ventanal. El reflejo de su propia imagen —el millonario impecable, el hombre de éxito— le pareció de pronto una cáscara vacía. Si no hacía nada, si se quedaba atrapado en su moral de cristal, ella seguiría siendo un fantasma. Miró a Mateo a través del reflejo; el tipo del barrio era el único que hablaba su mismo idioma de desesperación.

—Pero es nuestra locura, Elías. Estamos dispuestos a lo que sea por la mujer que amamos. Haga esa llamada hombre. Averigüe dónde está.

El asco inicial, visceral y punzante, fue cediendo ante una lógica mucho más poderosa: la supervivencia emocional. Elías apretó el celular contra su palma, sintiendo el frío del metal, y empezó a procesar la propuesta de Mateo como si fuera un contrato arriesgado pero necesario. Si la alternativa era una soledad impecable, prefería el caos bajo control. Al final del día, él siempre sabía cómo gestionar las crisis, y esta no sería la excepción.

Con manos temblorosas, Elías marcó el número.