XXIII
—¿Buenas noches, Elías?
—Sí, ¿quién es?
—Soy Mateo. Por favor, deme una dirección donde le pueda llevar el dinero de los gastos médicos de mi mamá —Mateo sostenía el teléfono con fuerza. Horas antes, le había pedido el número a doña Helena; ella, comprendía que, conociendo a Mateo, debía saldar esa cuenta con Elías.
Elías guardó silencio un momento.
—Ya le dije que no hay problema con eso, ya todo está cubierto.
—Y yo ya le dije que no necesito que me regale nada y que le voy a devolver su dinero —sentenció Mateo, dejando claro que no permitiría que nadie manejara sus cuentas.
—Está bien. Le paso un número de cuenta y puede transferir —dijo Elías, intentando cerrar el tema por la vía rápida.
—Los tengo en efectivo, es la única forma en la que puedo pagarle —respondió Mateo sin dudar, asumiendo que Elías entendía perfectamente a qué se refería.
Elías esbozó una pequeña sonrisa. Se quedó pensando por un instante en Luciana; en qué era aquello que ella había visto en este hombre de vida incierta y principios tan rígidos.
—¿Conoce el edificio Los Álamos? Apartamento 1504.
—En quince minutos estoy allá.
Colgó.
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El timbre sonó exactamente quince minutos después. Elías caminó hacia la entrada, se detuvo un segundo frente a la puerta para recomponerse y abrió.
Allí estaba Mateo. Llevaba la chaqueta de cuero todavía puesta y empapada, ya que afuera había empezado a llover con fuerza. En la mano sostenía un sobre grueso que ni siquiera se molestó en ocultar. No hubo saludos cordiales; solo una mirada larga y pesada que recorrió el lujo del apartamento antes de fijarse en el hombre que lo habitaba.
—Pase —dijo Elías, haciéndose a un lado.
Mateo entró con pasos firmes, pero sin prisa, observando de reojo el imponente apartamento. Se detuvo en medio de la sala y puso el sobre sobre la mesa de centro.
—Ahí tiene su dinero, completo —soltó Mateo, rompiendo el silencio—. Y... gracias de nuevo por lo de mi madre.
Elías miró el sobre y luego a él. No lo tocó, simplemente asintió con la cabeza en un gesto de reconocimiento.
—¿Cómo sigue doña Marta? — con las manos en los bolsillos
—Ya mucho mejor. De verdad ha recibido muy buena atención; estaré en deuda con usted por todo lo que hizo por ella.
—No, Mateo. Solo estaba en el lugar y el momento indicado.
En ese instante, la lluvia arreció. Cada segundo la tormenta se volvía más ruidosa, golpeando los ventanales del piso quince con violencia. El cielo parecía haberse roto sobre la ciudad.
—Bueno, solo quería pagarle y agradecerle. Debo irme —dijo Mateo, aunque el sonido del agua afuera indicaba que salir en moto sería una imprudencia.
—Está lloviendo muy duro. ¿Por qué no espera un momento? Le ofrezco un trago, siéntese —sugirió Elías, dirigiéndose hacia el minibar.
En cierto sentido, Elías quería indagar más acerca de él. Quería entender quién era este hombre que se la había arrebatado, qué vio Luciana en él. Este podía ser el momento perfecto para descubrirlo. Mateo miró por la ventana, viendo la lluvia caer de forma torrencial. Quedarse era lo más sensato; de hecho, en el fondo, llevarle el dinero también había sido una excusa para intentar saber algo de Luciana, y, confirmó, que efectivamente no estaba.
Elías le dio el trago y una toalla para que se secara un poco. Mateo la recibió, ya estaba ahí, ya debía esperar. Se quitó la chaqueta, se secó el rostro y aceptó el whisky.
Siéntese—dijo Elías, Mateo se sentó en uno de los sofás de cuero. El silencio solo era interrumpido por el golpe del agua contra el vidrio.
—Está fuerte la tormenta —continúo Elías, dándole un sorbo a su propio vaso mientras se sentaba frente a él.
Mateo asintió, mirando el hielo flotar en el licor. No era hombre de rodeos, así que levantó la mirada y fue directo al grano.
—Usted no es de los que anda por el barrio a esa hora, Elías. Y yo no soy de los que sube a estos edificios a tomarse un trago con gente como usted. Digamos las cosas como son: ¿la estaba buscando a ella?
Elías soltó un suspiro pesado, dejando el vaso ya vacío sobre la mesa justo al lado del sobre con dinero. Asintió con un gesto afirmativo devolviéndole la mirada.
—Sí. Quería hablar con ella, pero no la encontré. Me topé con la emergencia de su madre y, bueno, ya sabe el resto. Supuse que después del susto, Luciana aparecería por la clínica o que estaría en su casa.
Mateo soltó una risa seca, carente de gracia, y negó con la cabeza mientras miraba el fondo del vaso. Se recostó en el espaldar del asiento con pesadez.
—Pues supuso mal. Luciana, al parecer, no está —soltó Mateo, dejando a Elías expectante—. Hace días que no la veo. Todo este tiempo supuse que estaba con usted, pero por los hechos veo que no... y que usted tampoco sabe de ella.
—No entiendo... —murmuró Elías—. Después de nuestra conversación, llegué a pensar que ella estaría con usted.
—¿Conversación? ¿Cuál conversación? —preguntó Mateo con incredulidad, incorporándose de nuevo y prestando toda su atención a la respuesta de Elías.
Elías guardó silencio por un momento, fijando la mirada en su vaso vacío. Lo tomó, se levantó y se sirvió otro trago; luego se dirigió hacia Mateo y le llenó el suyo de nuevo.
—¿Qué siente usted por ella? —preguntó directamente Elías, sentándose de nuevo.
—¿A qué viene esa pregunta?
—Dígame por qué, después de tantos años de conocerse, usted aparece ahora en la vida de Luciana de otra forma. ¿Qué pasó? ¿Qué cambió?
—No sé qué quiere que le diga. Creo que siempre hubo una conexión que, por muchas circunstancias que no pienso discutir con usted, nos alejaron.
—Mmm... ¿Y por qué ahora sí se produjo la cercanía?
—Dígame usted, Elías. Me acerqué a recoger los pedazos que usted había dejado.
Elías bajó la cabeza, recordando el momento en que Luciana lo encontró con Paula.
—Y usted ya no estaba con ella —continuó Mateo—. ¿Por qué? No lo sé... nunca me lo dijo. Solo sé que usted ya no estaba —hubo una pausa tensa—. ¿Qué le dijo ella de nosotros? —quiso saber Mateo, ignorando qué tanto sabía su rival sobre aquel fin de semana.
—Todo… o… eso creo. Usted, ella, la cabaña... —Elías se levantó de un golpe; decirlo le quemaba tanto como imaginárselo.
Mateo se sorprendió de la sinceridad que Luciana había tenido con Elías.
—¿Y aun así decidió seguir con ella? — dijo.
Elías se giró y lo miró fijamente.
—No fue fácil. Nunca lo fue. Pero era más difícil no tenerla. —hizo un gesto levantando una ceja.
—Sí... sé qué se siente —dijo Mateo levantándose del sofá.
Ambas miradas se toparon en el ventanal, viendo cómo la lluvia parecía no tener fin. —¿Otro trago? —preguntó Elías. Ya llevaban varios. Mateo asintió.
—¿Usted la ama? —insistió Elías.
—¿Amar? Creo que esa palabra no abarca lo que siento —Mateo caminó un poco por el apartamento, detallando de nuevo el lujo que lo rodeaba.
—¿Por qué no está con ella? —continuó Elías.
—¿Por qué no está usted con ella? —contestó Mateo—. Usted mencionó una conversación... ¿a qué se refirió?
—¿En serio quiere saberlo?
—Claro que sí.
—Entonces esto requiere oootro trago —Elías llenó los vasos de nuevo; el alcohol ya se les estaba subiendo a la cabeza.
—Parece que Luciana nos quiere a los dos— lo dijo sin titubear.
Se sentó de nuevo, subiendo los pies sobre la mesa de centro en un gesto de total desparpajo. Mateo lo miró; él, en cierto sentido, ya sabía esa verdad, aunque no la había querido reconocer. Recordó cuando buscó a Luciana para que se quedara con él, pero, en su momento, solo lo vio como una confusión de ella; ahora esa duda aparecía como una realidad inevitable entre los tres.
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Ya subidos en tragos, se miraron y soltaron una carcajada al mismo tiempo. Sus vidas eran un chiste, un mal chiste donde ellos eran los partícipes; no podían parar, rieron por un buen rato, de esa forma en que solo se ríe cuando ya no queda nada que perder.
—¿Lo imaginas? ¿Cómo es posible? — decía Elías entre espasmos. — El doctor Elías sumido en esta broma en su vida.
—Y yo... y yo... y yo... —balbuceó Mateo entre carcajadas—. ¡El valiente Mateo! ¡El temido Mateo! El "jefe de jefes", ¡Al que le sobran las mujeres! convertido ahora en el segundo de la mujer que ama —soltó una carcajada limpia.
—Bueno, no se sabe... ¡Cualquiera de los dos puede ser el segundo!
Se miraban y no paraban de reír, como si el whisky trajera consigo una dosis adicional que evitara que se detuvieran. Elías cayó al piso, mientras Mateo se acomodó y se acostó en el sofá. Siguieron riéndose de la situación en la que se encontraban por un buen rato, hablando de la ironía de sus vidas.
Elías se incorporó al fin. —¡Ay, Dios! —se limpió las lágrimas que le produjo el momento—. Tengo hambre. comamos algo.
—Uyyy sí... qué rico una pizza —dijo Mateo desde la misma posición en la que se encontraba.
—¿Pizza? Yo no como pizza.
—Ahhh claro, perdón doctor. Cómo se me pudo ocurrir...
—Además, toca cocinar. No creo que con esta tormenta nos traigan algo.
Se dirigió a la cocina y sacó de la nevera unas verduras, queso y pan tostado en trozos para preparar una ensalada ligera. Mateo, desde la comodidad del sofá, lo miró incrédulo.
—Ey, ey, ey... ¿qué vas a hacer?
—Una ensalada, algo rápido.
—¿Ensalada? Por Dios, no soy un pollo.
Mateo se dirigió a la cocina.
—A ver... ¿qué tienes? —Elías se retiró haciendo una reverencia burlona—A ver... aquí hay pan... jamón... ¿Qué jamón es este? Claro, tenía que ser importado... ¿Tienes salsa de tomate?
Elías negó.
—¿Mostaza?
—No.
—¿Mayonesa?
—No.
—Pero tengo salsa marinada o yogur griego.
—¡Ay, Dios! ¿En serio Luci come esto? —Mateo cogió el pan, dándose cuenta de que no era cualquier pan; lo abrió por la mitad, le puso el jamón y las salsas que Elías decía tener. Preparó dos sándwiches—. Esperemos que sepa bueno con esto.
Le dio uno a Elías. —¿Tienes Coca-Cola? A ver, adivino... no.
Elías abrió las manos. —No, lo siento.
—Es que ni cerveza... —Elías de nuevo negó con la cabeza.
Mateo sirvió dos vasos de agua, le ofreció uno a Elías y se sentó en el sofá, mientras Elías se dirigía al comedor.
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Terminaron su sándwich casi en silencio. Mateo cerró los ojos y se acostó de nuevo en el sofá; la mezcla del whisky y la comida y su irónica vida lo tenían agotado. Elías se dirigió de nuevo a la ventana, con las manos en los bolsillos de su pantalón sastre, tratando de ordenar sus ideas mientras veía cómo la lluvia finalmente amainaba.
—¿Sabes dónde puede estar? —preguntó Elías, con un tono serio que cortó el aire.
—No. Le pregunté a doña Helena, pero no quiso decirlo… y no saberlo me enloquece.
—¿Qué más te dijo?
—Solo que estaba bien. Que sabía que habían pasado cosas en su vida, que ella no sabía exactamente qué, y que Luciana le pidió que no dijera dónde estaba. Así que doña Helena no lo dirá —Mateo se incorporó en el asiento, frotándose la cara con las manos.
Elías caminó hacia el sofá y se sentó en el extremo opuesto a Mateo, manteniendo una distancia rígida. Por un momento, el silencio en el apartamento fue tan denso como la tormenta de afuera.
—¿Qué se supone que hagamos con esto? —preguntó Elías, mirando hacia la nada, con la espalda tan recta que parecía no tocar el respaldo.
Mateo soltó un suspiro largo, mirando sus propias manos.
—No lo sé, Elías. No lo sé —repitió Mateo, dejando que el silencio de la sala se tragara sus palabras mientras, por primera vez, el peso de la ausencia de Luciana era lo único que compartían.