XXII #2
Siempre pensó que a estas alturas ya estarían viviendo en algún lugar lujoso. No la había visto a ella, y a él tampoco, durante días.
Sintió la tentación de llamarla, pero se detuvo. No quería equivocarse ni quedar como un desesperado. Decidió marcarle a doña Helena; ella tendría las respuestas.
—Doña Helena, buenas tardes.
—Hola, Mateito, ¿cómo está mijo?
—Más o menos, doña Helena. Mi mamá se sintió mal y estamos en la clínica.
—¿Cómo así, mijo? ¿En qué clínica están?
—En la Clínica Santa Cruz.
—¿Por qué no me avisó antes, mijo? Ya mismo salimos para allá.
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Doña Helena y don Jorge llegaron poco después, visiblemente preocupados por la salud de Marta. Le ofrecieron a Mateo todo su apoyo y tranquilidad, ofreciéndose a ayudar en lo que fuera necesario y a cuidar de Marta en los turnos del hospital. Le recalcaron, con ese cariño de toda la vida, que no estaba solo y que él era parte de la familia.
—Voy a traerles café —dijo Mateo, mirando a doña Helena—. ¿Me acompaña?
—Bueno, mijo. Ya vengo, Martica, ¿a usted se le ofrece algo? —preguntó Helena.
—No, amiga, muchas gracias. Solo puedo comer lo que me den aquí —respondió Marta levantando los hombros con resignación.
De camino a la cafetería, conversaron brevemente sobre la estabilidad de Marta, hasta que Mateo no pudo aguantar más la duda que le quemaba por dentro.
—Doña Helena... hace rato que no veo a Luciana. ¿Ella está bien? —lanzó la pregunta tratando de fingir un tono casual, esperando que ella no percibiera su desesperación.
—Sí, mijo. Ella está bien —respondió Helena de forma calculadora, recordando la promesa que le había hecho a su hija.
—Pero... ¿está con ustedes? ¿O vive con Elías? —bajó un poco el tono, buscando complicidad.
Helena lo miró un momento, guardando silencio. —No, mijo… Mateito, solo le puedo decir que está bien. No se preocupe.
—Entonces vive con Elías —insistió él, intentando proyectar desinterés mientras por dentro moría por saber la verdad.
—No, mijo, nada de eso. Han pasado cosas en su vida de las que no sé mucho; usted sabe cómo es ella, no cuenta nada para no preocuparnos. Pero lo importante es que sé que está bien.
—Doña Helena… ¿dónde está? —insistió Mateo, esta vez dejando claro que su interés era real—. Pregunto porque de pronto la pueda ayudar en algo. Usted sabe que crecimos juntos y siempre, de una u otra forma, hemos estado pendientes el uno del otro.
—Sí, mijo, yo lo sé. Pero es mejor dejar las cosas así. Ella misma me lo pidió. Pero gracias, mijo... igual le diré que se comunique con usted, ¿bueno?
—Bueno, doña Helena. Gracias.
Mateo se quedó en silencio, procesando la información. Se dio cuenta de que Luciana se había marchado y que doña Helena no pensaba revelar su paradero. Ella había huido. Escapó. Sintió una mezcla de desesperanza y confusión:
¿Por qué se había ido si supuestamente había vuelto con Elías?
¿Por qué ya no estaba con él?
Si Elías estaba en el barrio antes del incidente con su madre...
¿Significaba que él también la estaba buscando?
¿Elías tampoco sabía dónde estaba?
La impotencia lo invadió ante tantas preguntas sin respuesta. Sintió la necesidad urgente de llamarla, pero se contuvo. Primero estaba su mamá y, ahora, también estaba el factor Elías. Lo que el impecable empresario había hecho por Marta cambiaba las reglas del juego. No quería dar un paso en falso sin averiguar qué había pasado realmente entre ellos; no quería entrometerse si solo se trataba de una pelea pasajera.
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—Hola, mamá.
—Hola, mamita. ¿Cómo está?
—Muy bien, mamá. ¿Y ustedes?
—Muy bien, mami... aunque estamos en la clínica.
—¿Qué? ¿Por qué? ¿Qué pasó, mamá? ¿Estás bien? ¿Papá? —la voz de Luciana se llenó de angustia al instante.
—Sí, sí, mija, no se preocupe. Fue Martica, pero ya está bien. Estoy en la clínica con ella.
—¡Ay, mamá! Por Dios, ¿qué le pasó?
—Ya se la paso, mami. Quiere saludarla.
Luciana escuchó el ruido del teléfono pasando de mano en mano hasta que oyó la voz débil pero animada de la madre de Mateo.
—Hola, Lucianita, ¿cómo está?
—Muy bien, Martica, pero ¿qué le pasó? — dijo con tono de susto
—Me sentí mal, mamita, pero gracias a su novio, que me ayudó y me trajo a la clínica, ya estoy aquí. Si viera cómo me han atendido... ¡estoy en un cuarto de ricos! — rió Marta con esa alegría sencilla que la caracterizaba.
Luciana se quedó petrificada. El corazón le dio un vuelco violento. «¿Elías? ¿Marta dijo Elías? ¿Cómo? ¿Por qué?» Marta le contó en resumen lo ocurrido y Luciana escuchaba en un silencio absoluto, sintiendo cómo la sangre le subía a las mejillas.
—...y le pedí el favor a su novio que llamara a Mateito y le dijera que yo estaba acá —continuó Marta.
Luciana sintió un frío recorrerle la espalda. Elías y Mateo se habían encontrado. El caos que ella había intentado evitar huyendo se había producido de la forma más inesperada posible.
—¿Luci? ¿Mamita? ¿Me está escuchando?
—Eh... sí, sí, Martica, claro que sí. Me alegra mucho que esté bien y que me la estén atendiendo como a una reina —logró articular con una sonrisa forzada—. Descanse, Martica. ¿Me pasa a mi mamá, por favor?
—Ay, mami, qué corre-corre hemos tenido—dijo Helena al retomar la llamada—. Lo importante es que Marta ya esté bien.
—¿Mamá? ¿Viste a Elías?
—No, mami. Cuando yo llegué, él ya se había ido.
—Y... ¿Mateo? ¿Cómo está?
—Bien, mami. Ya más tranquilo, pero estuvo muy perturbado por su mamá. Mami... —Helena bajó la voz, buscando privacidad—, me preguntó por usted. Quería saber dónde estaba, que si estaba viviendo con Elías.
—¿Qué le dijiste, mamá? —preguntó Luciana, todavía en shock.
—Nada, mija. Solo que estaba bien. Usted me pidió que no dijera dónde está, pero sí le dije que le avisaría para que lo llame.
—Bueno, mamá, gracias. Prefiero que siga así...
—Mamita... ¿me puede contar qué está pasando? —preguntó Helena con un tono de angustia que a Luciana le partió el alma.
—Mamá, todo está bien. Solo necesito espacio y así estoy bien, no se preocupe. Más bien, por favor, manténgame informada sobre Marta.
—Claro, mija —dijo Helena desconcertada, sabiendo que algo se rompía en la vida de su hija y que, una vez más, no le permitirían ayudar.
—Te amo, mamá. Salúdame a papá.
—Yo también la amo, mija. Cuídese mucho.