GEOMETRIA DE 3 XXII
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—Oye, colega, te invito a un trago. ¡Qué mañana tan pesada! —le dijo Paula a Elías. Ella estaría en la ciudad solo por ese día, debido a una reunión de trabajo.

—Sabes que sí, acepto —respondió él sin titubear—. Me caería muy, muy bien.

Se estiró y tomó su chaqueta, sintiendo el peso del cansancio en los hombros. Se dirigieron a un bar nuevo, un sitio de luces tenues que invitaba a la confidencia. Paula hacía mucho que había dejado de insistir en recuperar a Elías como pareja; con el tiempo, sus conversaciones se habían centrado en la empresa, manteniendo la complicidad profesional de siempre y, tejiendo a su vez, una amistad cimentada en banalidades. Sin embargo, entre copa y copa, el aire se volvió más denso e inevitablemente, el nombre de Luciana salió a flote.

—Pensé que estabas con ella —soltó Paula, observándolo de reojo.

—No. Las cosas definitivamente no salieron bien.

—Pero te veo afectado.

—¿Yo? —río él con amargura—. Si estoy maravillosamente.

—Elías, nadie te conoce mejor que yo. Sé que no estás bien. Si quieres, cuéntame qué pasó; después de todo, somos amigos… y por tu decisión… somos amigos— Sonrío, marcando el poco gusto de esa verdad.

Él la miró fijamente, sopesando sus palabras.

—A veces las cosas no salen como uno piensa. Es cuestión de aceptar y darse tiempo para adaptarse a la realidad, solo así se puede continuar.

—¿Y estás seguro de que es lo que quieres? ¿Renunciar? ¿Soltarla?

—Seguro o no... siento que no hay otra opción.

—Elías, tú y yo sabemos lo que es vivir para los demás —dijo Paula con una seriedad que lo obligó a sostenerle la mirada—. Siempre bajo el guion de lo que se espera de nosotros, de lo que las circunstancias exigen. No sé qué pasó entre ustedes, pero podría intuir un par de razones… como sea. Primero, si fue un error humano, entiende que el mundo no te regala lo que amas; tienes que ir a arrebatárselo al orgullo, a la vida. Y segundo, si el obstáculo es el apellido, deja de ser el hombre que todos quieren que seas y empieza a ser el que ella necesita. Ya es hora de dejar de perder contra los «factores externos» y luchar por lo que de verdad te mantiene vivo.

Él se quedó pensando en esas palabras mientras el alcohol empezaba a enturbiar su juicio.

—Salud —dijo Paula levantando su copa, y él la siguió—. Bueno, debo irme. En dos horas sale mi vuelo.

—Vale, Preciosa. Gracias. Me quedaré aquí un momento más.

—Chao, mi guapo. Te quiero —lo abrazó con afecto y se marchó.

Pasaron las horas y Elías seguía bebiendo. Una copa, después otra. En su mente solo estaba Luciana; veía sus fotos en el celular, esas que no se había atrevido a borrar. Sintió un deseo intenso, casi violento, de ir a buscarla. Y, con los tragos encima, simplemente lo hizo.

Condujo hasta el barrio de ella. Sonrió para sí mismo pensando que no la encontraría en casa a esa hora, que probablemente estaría regresando de la universidad, pero no importaba: la esperaría.

Estacionó el carro y, desde allí, divisó la casa de Mateo.

—¿Nos quiere a los dos? —susurró para sí mismo con una risa cínica—. ¡Jajajaja! ¿Y si los veo juntos? ¡Pum! —hizo una seña de disparo con los dedos—. Acabo con él y ya. Se acabó el problema de mi Luci.

Río solo en la oscuridad del auto. Estaba ebrio, mostrando facetas que en su mundo perfecto jamás se permitiría vivir. De pronto, vio a Marta saliendo de su casa. La mujer se llevaba las manos al pecho con un gesto de agonía. Elías sacudió la cabeza para espabilar, bajó del carro rápidamente y corrió hacia ella.

—¿Se encuentra bien? —la tomó del brazo justo antes de que cayera.

—Me... me duele mucho el pecho... estoy sola —alcanzó a decir antes de desvanecerse un poco.

Él la sentó con cuidado en el muro de la entrada. —Por favor, espéreme aquí.

Corrió hacia la casa de Luciana y llamó a la puerta con desesperación, pero no hubo respuesta. Regresó al carro, lo acercó a Marta y, con esfuerzo, la subió al asiento del copiloto. Mientras arrancaba a toda velocidad hacia la clínica, llamó al médico de su familia para asegurar que la recibieran de inmediato.

—Ya vamos a la clínica —le dijo, tomándole la mano con fuerza mientras sorteaba el tráfico—. Por favor, deme su mano. Ya vamos a llegar.

▲ △ ▲

En la entrada de la clínica ya los esperaba el Dr. Guevara.

—Hola, Elías. ¿Quién es ella? —preguntó el médico mientras los enfermeros se acercaban con una camilla.

—La mamá de un amigo. Dice que siente un dolor fuerte en el pecho. Por favor, Guevara, dale la mejor atención posible —pidió Elías con urgencia.

—Claro que sí, Elías. Descuida.

Marta, con las pocas fuerzas que le quedaban, tomó a Elías de la mano. —Mijo, por favor, llame a mi hijo... —le extendió su celular con manos temblorosas—. Ahí está su número, se llama Mateo...

Dicho esto, se desvaneció mientras las puertas automáticas de la clínica se cerraban tras ella. Elías se quedó solo en la sala, mirando el celular fijamente. Tenía que llamar a Mateo; no había otra opción, al fin y al cabo, era la vida de su madre la que estaba en juego.

Con el pulso acelerado y la borrachera disipada por el golpe de adrenalina, buscó el contacto. El nombre de Mateo aparecía de primero. El teléfono sonó una, dos, tres, cuatro veces... no hubo respuesta.

Elías se hundió en una de las incómodas sillas de la sala de espera, sumido en la incertidumbre. Los minutos pasaron con una lentitud desesperante, se encargó de las admisiones y de asegurar, con una sola firma, que los gastos médicos no fueran una preocupación más.

Una hora después, cuando la madre de Mateo ya había sido estabilizada, el celular de Marta vibró con insistencia en su mano: Mateo estaba devolviendo la llamada.

—Mamá, qué pena, no tenía el celular cerca. ¿Cómo está mi viejita? —se escuchó al otro lado con tono despreocupado.

—Mateo, soy Elías.

Un silencio gélido y cargado de confusión se apoderó de la línea.

—¿Elías? No entiendo... ¿Qué pasó? ¿Mi mamá?

—Estamos en la clínica. Ya le envío la ubicación por mensaje.

—¿Qué? ¿Cómo que en la clínica? ¿Qué pasó? —la voz de Mateo se transformó en puro pánico.

—La vi saliendo de su casa y no estaba bien. La traje de inmediato. Ya la están atendiendo los mejores especialistas, está en buenas manos, no se preocupe por eso.

—Ya salgo para allá —sentenció Mateo y colgó.

▲ △ ▲

Mateo conducía con rapidez, consumido por la preocupación. Las preguntas le martilleaban la mente:

¿Qué le pasaba a su mamá?

¿Por qué estaba Elías con ella?

¿Qué hacía él ahí?

Sintió una punzada de rabia, pero también un agobio que se mezclaba con el alivio de saber que no había estado sola.

Entró corriendo a la clínica y se dirigió a la sala de espera. Allí encontró a Elías, con un vaso de café entre las manos. Se miraron un momento en silencio, una tregua forzada por la circunstancia.

—¿Cómo está mi mamá? ¿La puedo ver? —soltó Mateo, recuperando el aliento.

—El doctor ya salió. Me dijo que está estable. La están acomodando en una habitación y pronto podrá pasar, ahí le explicarán exactamente lo que sucedió.

—Gracias... gracias —Mateo se dio la vuelta con las manos en la cintura, tratando de procesar todo—. ¿Cómo... cómo la encontró? —preguntó con una curiosidad que no pudo contener.

—Estaba cerca y la vi salir. Supe de inmediato que algo no andaba bien.

—Ok. De nuevo, muchas gracias. Además, al parecer ha recibido una atención preferencial— dijo mirando el lugar.

—Sí, la está atendiendo el médico de mi familia, así que no hay de qué preocuparse. Ya todo está coordinado: la habitación y los gastos médicos...

—Ey, ey, ey... —interrumpió Mateo, con un tono de irritación que volvió a tensar el ambiente—. Le agradezco mucho que haya traído a mi mamá. Le agradezco que su médico la esté atendiendo, sé que debe ser de los mejores... Pero de los gastos me encargo yo. Ya hizo suficiente.

Elías lo miró un segundo, descifrando el orgullo herido tras sus palabras. Se puso la chaqueta, preparándose para marchar.

—Como quiera. Igual, no está de más decir que, si necesita cualquier cosa para ella en la que yo pueda ayudar, no dude en decirme.

Sin esperar respuesta, Elías salió de la clínica, dejando a Mateo solo con sus pensamientos y el peso de una deuda que no sabía cómo pagar. Había salvado a su madre, y eso era algo que Mateo no podía odiar, por mucho que quisiera.

▲ △ ▲

—Mi viejita, mi viejita... ¿por qué me hace esto? ¿Por qué me pega estos sustos? —Mateo entró a la habitación y la llenó de besos y abrazos, dejando salir toda su angustia.

—Ay, mijo, como quisiera no ser un problema para usted.

—Jamás, mamá. No se le ocurra volver a decir ni a pensar algo así. Más bien perdóneme por no haber estado ahí cuando me necesitó.

—Yo sé que usted está muy ocupadito, mijo. No lo puedo tener de niñera todo el día.

—Pues de ahora en adelante no va a estar sola, ¿oyó? Vamos a contratar a una enfermera que esté todo el día pendiente de usted.

—Mijo, pero una enfermera vale mucha plata... —dijo Marta con preocupación.

—Jajaja, de eso me ocupo yo, mamá. Usted no se me estrese por nada, solo por ponerse bien.

Marta guardó silencio un momento, mirando hacia la puerta, y luego preguntó en voz baja: —Papito... ¿y el muchacho que me trajo? ¿Elías cierto? ¿Es el novio de Lucianita?

—Sí, mamá... creo que sí, no estoy seguro —respondió él con voz evasiva, sintiendo una punzada de incomodidad.

—Qué buen muchacho es él. Lo noté tan preocupado... Desde que me subió al carro no me soltó la mano y me hacía hablar todo el tiempo para mantenerme despierta. Mijo, hay que invitarlo a la casa; tenemos que estar muy agradecidos con él.

—Mamá, eso lo hablamos después. Por ahora usted recupérese, es lo único que importa.

Mateo se quedó mirando el suelo de la clínica. Pensó que, definitivamente, esa era una deuda que nunca terminaría de pagar. Irónicamente, le debía la vida de su madre a Elías, el hombre por el que sentía que había perdido a Luciana. Pero algo no encajaba en su cabeza:

¿Qué hacía Elías en el barrio?

¿Y Luciana dónde estaba?

¿Acaso no estaban juntos?