GEOMETRIA DE 3 XXI
51%

XXI

Luciana pasó toda la noche en vela. Entre lágrimas y pensamientos circulares, sentía que su vida estaba destrozada y que, en el proceso, había arrastrado a dos personas más. La culpa y la impotencia la consumían; nada de esto era lo que ella había planeado. Necesitaba irse, huir de todo.

Recordó que, días atrás, su jefe le había propuesto un traslado de ciudad que ella rechazó por sus estudios y por no dejar solos a sus padres. Pero ahora, ese traslado parecía la única salida. Trató de dormir con una sola convicción: hablar con su jefe al día siguiente y acudir a la universidad para postergar el semestre. Esa noche, el silencio de su cuarto le supo a derrota.

Al día siguiente, en la empresa aceptaron su petición. Habló con sus padres, quienes no estuvieron de acuerdo con que se marchara tan repentinamente. Sin embargo, aunque Luciana nunca les contaba nada para no preocuparlos, ellos percibieron que su hija atravesaba un momento crucial y que la distancia podría ayudarla.

—Mamá, por favor, no quiero que nadie sepa dónde voy a estar. Ni Elías, ni Mateo, ni Marta... nadie, mamá. Por favor.

—Ay, hija, me preocupa mucho... ¿qué es lo que pasa? —preguntó Helena angustiada.

—Nada que no pueda solucionar, mamá. Pero necesito tiempo —la abrazó, intentando transmitirle una tranquilidad que ella misma no sentía.

—Prométeme que me vas a llamar todos los días.

—Claro que sí, mami, estaré bien.

▲ △ ▲

Instalada ya en su nueva vivienda, Luciana dio un pequeño recorrido por la ciudad. Era una ciudad costera pequeña, de calles tranquilas y un calor húmedo que se sentía en la piel desde temprano. El sonido del mar estaba siempre de fondo, pero los vecinos eran distantes, de esos que apenas saludan con la cabeza al pasar, muy diferentes a los del barrio familiar al que estaba acostumbrada. Sentía una soledad abrumadora, pero era consciente de que esa era su nueva realidad y su elección.

Trató de ajustarse a la rutina: conocer a sus nuevos compañeros, a quienes vería dos veces por semana en capacitaciones presenciales; el resto del tiempo, el silencio de su pequeña casa y un pequeño jardín eran sus únicos colegas.

Extrañaba tanto a Elías. Extrañaba tanto a Mateo.

No dejaba de pensar en el dolor que les causó. La expresión desencajada de Elías en su cuarto y el rostro de Mateo cuando supo que ella había vuelto con Elías, le provocaban una quemadura constante en el pecho. No sabía nada de ninguno de los dos, como si se hubiesen puesto de acuerdo para no buscarla. En el fondo, entendía que era lo mejor.

Mientras tanto, en la ciudad que ella dejó atrás, Elías se sumió de nuevo en su trabajo, intentando evitar un recuerdo que lo asaltaba en cada minuto de silencio.

Mateo, por su parte, se enfrascó en su propio mundo, volviéndose cada vez más crudo y tratando de llenar el vacío de Luciana con noches de derroche y lujuria, regresando a la oscuridad que ella alguna vez logró iluminar.