GEOMETRIA DE 3 XX
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Luciana sentía el corazón dividido.

Vivía atrapada entre el impulso de hacer todo lo posible por recuperar a Elías —su confianza, ese amor que había sido natural, casi inevitable, donde en la mirada de él siempre había admiración, pertenencia y certeza— y una verdad nueva que ya no podía ignorar.

Lo amaba. Eso era indiscutible.

Pero también estaba Mateo.

¿Cómo sacárselo de la piel, del pensamiento?

¿Cómo volver a entregarse solo a Elías cuando Mateo aparecía en su cabeza despertándole emociones que ya habían sido tocadas, abiertas, reconocidas?

Ya no era la misma Luciana; ahora había una parte de ella que le pertenecía a ese otro mundo.

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Con el paso de los días, la vida retomó una aparente calma.

La relación con Elías, a veces por esfuerzo, a veces por inercia, intentaba continuar desde el punto en que se había detenido. Él la recogía en la universidad, se quedaban en su apartamento o la llevaba de regreso a casa. Compartían cenas, silencios y rutinas; pedazos de una vida que intentaban pegar de nuevo.

Aunque ya habían hablado de Mateo, ambos sabían que seguir mencionándolo era inútil. Decidieron sepultar su nombre en el silencio, pero la sombra de él continuaba instalada firmemente entre los dos, amenazando ese frágil equilibrio.

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Una mañana, al regresar Luciana de una consulta médica con su madre, Mateo cruzó la calle desde su casa y las alcanzó.

—Doña Helena, Luci… buenos días —dijo, un poco acelerado.

—Hola, Mateíto —respondió doña Helena con cariño.

—Hola —dijo Luciana en voz baja, sintiendo un vuelco en el pecho.

—¿Puedo hablar contigo un momento? —preguntó él, mirándola directo.

—Voy a prepararles un juguito —intervino doña Helena—. Pase, papito.

Mateo miró a Luciana, esperando una respuesta de ella antes de entrar a la casa de doña Helena.

—Ya voy, doña Helena. Gracias —respondió él, pero se quedó quieto frente a Luciana.

Caminaron unos pasos alejándose un poco de la entrada.

—¿Cómo estás? —preguntó él.

—Bien… ¿y tú? Parece que has estado muy ocupado, hace rato no te veo.

—Sí. He estado cuadrando cosas —respondió—. ¿Podemos hablar?

Luciana dudó. Pensó en Elías, en que podía llegar en cualquier momento, aunque habían quedado de verse más tarde.

—La verdad estoy un poco ocupada —dijo, intentando marcar distancia.

—Es solo un momento —insistió Mateo—. Ven, vamos a mi casa, por favor. Te prometo que no te quito mucho tiempo.

Ella respiró hondo, sintiendo cómo esa distancia que intentaba poner se desmoronaba con solo tenerlo cerca.

—Está bien —cedió—. Pero no puedo demorarme.

Mateo asintió, guiándola hacia su casa.

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—Luci… —dijo Mateo—. Sé que me has dejado muy claro que no quieres saber nada de mis cosas, pero estoy trabajando en dejar asuntos organizados.

Hizo una pausa.

—Porque…. quiero que estés conmigo.

Se acercó un poco más y acarició con suavidad su cabello. Luciana se quedó rígida.

—No he dejado de pensarte ni un segundo. Me cambiaste la vida, Luci… y no quiero perder más tiempo. Quiero que estemos juntos.

Ella dio un paso atrás.

El corazón le latía con fuerza. La sensación era extraña, confusa… incómoda.

—¿No es esto lo que querías? —continuó él—. ¿Eso que decías que nos separaba? Ya lo estoy arreglando —Era un juramento silencioso: dejaría atrás su vida oscura, sin importar el precio, con tal de no perderla.

Se acercó otra vez, con cuidado.

—Ese fin de semana nos dejó al descubierto. Salió a flote todo lo que llevábamos reprimido durante años. Yo lo sentí… y sé que tú también. Cada momento. Cada instante.

La miró fijo.

—¿Estoy equivocado?

Luciana guardó silencio.

Mateo dio un paso más.

—Dime que no sentiste nada —dijo, con la voz tensa—. Está bien, lo entenderé… o no… porque yo si sentí tu entrega, Luci.

—Mateo… —dijo ella, seca, casi sin voz—. Volví con Elías.

Los ojos se le aguaron.

Mateo la miró como si una estaca le atravesara el pecho.

—¿Qué? —se llevó las manos a la cabeza—. Otra vez tarde… —murmuró.

Volvió a mirarla.

—¿Y nosotros? ¿Y lo que pasó? —su voz empezó a quebrarse—. No entiendo cómo pudiste seguir como si nada.

Negó con la cabeza.

—Yo no pude, Luciana. Yo no he podido. Todo este tiempo he estado pensando en ti, haciendo cosas para estar contigo.

La miró con incredulidad.

—¿Cómo tú sí pudiste seguir?

Se acercó un paso más.

—Dime —exigió—. ¿Acaso no significó nada para ti? ¿No sentiste nada?

—Mateo, no es eso…

—¿Entonces qué es? —alzó la voz.

—¡Estoy tan confundida! —respondió ella, con el llanto rompiéndole la voz—. Esto no es fácil. Y no me juzgues.

—¿Juzgar qué? —replicó—. ¿Que no es fácil qué? Estuviste conmigo. Me abriste algo que yo llevaba años sintiendo por ti… y simplemente vuelves con tu ex. ¿Así? ¿Como si nada?

—No… no es como si nada, Mateo —dijo entre lágrimas—. Mi cabeza está hecha un caos.

Respiró hondo.

—No he dormido durante días. No he comido. No pienso con claridad. Todo en mí está roto.

Se pasó una mano por la frente, echándose el cabello hacia atrás.

—Yo no estuve contigo para herir a nadie. No te usé. Lo que pasó entre nosotros fue real… y eso es justamente lo que más me duele.

Lo miró por fin, con los ojos enrojecidos.

—Porque contigo sentí calma cuando ya no la tenía. Sentí cuidado. Sentí verdad. Y eso no se borra solo porque yo quiera que no exista.

Su voz tembló.

—Pero también está Elías. Y no es solo amor… es historia, es vínculo. Y, luego llegas tú… y también estás aquí— Hizo un gesto hacia su pecho— No es una elección, Mateo. Yo no decidí sentir esto. Solo lo estoy viviendo… y es horrible.

Negó con la cabeza, frustrada.

—Estoy intentando acomodarme de nuevo. Tener al menos una parte de lo que deseo, porque sé que no puedo tenerlo todo. Y llegas tú y me dices esto…

Lo miró, cansada.

—No sé si me entiendas. Y comprendo si no lo haces. Pero no asumas que yo la estoy pasando bien. Porque no es así. —Hizo una pausa—Y no pienses que para mí no significó nada. Porque sí lo hizo. Y mucho.

Bajó la mirada.

—Solo debo continuar con mi vida.

Mateo la miró en silencio, más calmado.

—Entonces… continúa conmigo.

En ese instante el sonido del teléfono cortó el aire. Ambos miraron la pantalla. Era Elías.

Luciana levantó la vista hacia Mateo.

—Debo irme.

Se dio la vuelta y salió de la casa sin mirar atrás.

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Mateo solo la miró irse, perplejo, confundido, viendo cómo simplemente se le escapaba de las manos.

No sintió rabia. Sintió impotencia. Sintió culpa por haber despertado demasiado tarde a algo que durante mucho tiempo había tenido frente a él y no supo admitir.

También podía percibir el dolor de ella, y eso le dolía aún más.

Sabía que debía apartarse de su camino.

Pero… ¿podría hacerlo?

Vivían cerca.

¿Podría contenerse al verla con Elías?

¿Podría contenerse sabiendo que ella también sentía algo por él?

Salió a la calle. Vio cómo Luciana entraba a su casa, hablando por teléfono. No necesitaba adivinar con quién.

Encendió la moto, queriendo huir, como si la distancia física pudiera hacer desaparecer todo lo que sentía.

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Luciana quedó devastada después de su encuentro con Mateo. Cuando Elías fue a recogerla, tal como habían acordado, percibió en ella un silencio más profundo de lo habitual. Sabía que algo había pasado, pero no tenía la fuerza para preguntar y encontrar una respuesta dolorosa.

—Amor... quiero que salgamos de viaje —le dijo Elías.

—Amor, ahora no puedo. Has visto lo atareada que estoy —respondió ella, aunque en el fondo sentía que sí necesitaba irse, aislarse... pero sola.

—Por eso mismo, amor. Te siento muy estresada. Después de todo, nos lo merecemos.

—Elías, ya me he ausentado del trabajo varias veces, no puedo hacerlo más. Y la universidad... ya sabes...

—Yo te puedo facilitar tanto la vida, Luci. No sé por qué no te permites vivir lo que te ofrezco.

—No quiero volver a hablar de eso, Elías —contestó ella en un tono molesto—. Así soy, así me conociste.

—Está bien —dijo él, levantando las manos en señal de paz—. Ven, te invito a cenar.

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De regreso a la casa de Luciana, como era habitual, Elías iba a entrar para saludar a sus padres. En ese momento llegó Mateo en su moto; era imposible no sentirlo.

Ambos lo miraron. Se cruzó la mirada entre los tres. Elías miró a Luciana y sintió que algo dentro de él se quebraba al percibir la mirada frustrada de ella hacia el otro; notó en ella tristeza. Se mantuvo callado mientras cruzaban el umbral de la casa.

—Buenas noches, don Jorge, doña Helena —saludó Elías. Ambos devolvieron el saludo de forma afectuosa, como siempre.

Luciana sentía que los nervios la traicionaban porque sabía la incomodidad que se había generado en ese momento, aun en la distancia.

—Me voy, Luciana. Descansa —la besó en la frente con frialdad y dio la vuelta.

—Elías… ¿qué pasó? ¿Por qué te vas?

—Luciana, vi cómo lo viste. No quiero ser parte de esto —dijo él con una irritación que apenas lograba contener.

—Amor, no…No te vayas.

—Me he esforzado, Luciana, y tú lo sabes. Estoy haciendo hasta lo imposible por traerte a mí, pero creo que no está funcionando.

—Ven, vamos a mi cuarto. Hablemos —ella lo cogió de la mano sin darle tiempo a titubear; sus padres podrían escuchar.

Entraron a la habitación y el silencio se volvió pesado. Elías se quedó de pie cerca de la ventana, como si necesitara aire, mientras Luciana cerraba la puerta con cuidado.

—¿De qué quieres hablar? —insistió él, girándose para verla—. Luciana, solo sé sincera conmigo. Me lo merezco.

Luciana respiró profundo. Sintió que el corazón le martilleaba en la garganta. Se acercó un poco a él, pero mantuvo una distancia prudente.

—Lo haré —susurró ella.

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Afuera, Mateo no entró a su casa. Sintió la necesidad urgente de no estar solo. Decidió unirse de nuevo a una noche a la que ya sentía que no pertenecía; quería olvidar, ahogarse de golpe en licor.

Por su mente solo desfilaban imágenes de Luciana con Elías, de lo felices que se veían, de Elías disfrutando de ella como él anhelaba hacerlo. Decidió hundirse en los placeres de la noche que, poco a poco, ya le resultaban ajenos, pero que eran el único refugio que conocía.

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—Quiero que quede claro una vez más, lo que siento por ti —dijo Luciana dentro del cuarto—. Yo te amo. Eres parte de mi vida, amo lo que soy contigo, amo lo que eres conmigo y la mujer en la que me he convertido a tu lado.

—Pero... —interrumpió Elías, con una nota de sarcasmo herido.

—Es muy fuerte todo esto, Elías... no es fácil.

—¿Qué no es fácil, Luciana? Sé clara —dijo él, con una ansiedad que empezaba a transformarse en rabia —. No des más vueltas.

—Que tú estás aquí —ella aferró sus manos contra su propio pecho—, tu esencia, tu olor, todo tú... pero… también está Mateo. Y me estoy volviendo loca.

Se miraron fijamente. Ella buscaba desesperadamente un rastro de entendimiento, pero él estaba confuso, desarmado.

—¿Qué quieres decir, Luciana? —preguntó frunciendo el ceño, con una mueca de incredulidad—. ¿Qué nos quieres a los dos?

Ella solo pudo asentir con la cabeza, sintiendo una vergüenza que le quemaba la piel, pero no podía negar lo que sentía. Ese era su sentimiento, crudo y real.

—No lo puedo creer —Elías pasó las manos por su cabeza y las descansó en su cintura, caminando en círculos—. Te desconozco, Luciana... y me desconozco a mí mismo. ¿Con quién estoy?

—Solo quiero ser sincera contigo. Es esto lo que estoy viviendo, lo que me está pasando.

—¿Y qué pretendes? ¿Tenernos a los dos? —gritó él, perdiendo el control.

—No, no es eso. Solo te soy sincera. Y entiendo si te quieres ir.

—¿Ah sí? ¿Me voy? ¿Acaso esto ya lo hablaste con él? ¿Ya tienen un acuerdo entre los dos?

—¡No, Elías! ¿Cómo puedes pensar eso?

—¿En serio? ¿Pensar esto? De ti ya puedo esperar cualquier cosa.

Salió del cuarto dando un portazo que retumbó en toda la casa dejándola sola. con el eco de sus propias palabras.