GEOMETRIA DE 3 XIX
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XIX

Luciana sintió la necesidad de ausentarse del trabajo. Pidió permiso por enfermedad, que en realidad no era una excusa: así se sentía. Enferma. Como si algo dentro de ella se hubiera roto sin posibilidad inmediata de reparación. Sentía que se moría por dentro.

De la universidad no podía ausentarse. La beca no se lo permitiría. Así que asistía como un cuerpo en automático, caminando entre clases como un zombi, presente solo en apariencia.

Llamó a Elías en dos ocasiones. No hubo respuesta. Parte de ella deseó —con una culpa que la sorprendió— que él hubiera estado con Paula. Quizá así el dolor sería más simple. Quizá así su propia culpa sería menor. Le envió un mensaje.

Llevaba días sin ver a Mateo. En su mente lo imaginaba en su mundo, haciendo plata fácil como tanto le gustaba, rodeado de mujeres, ajeno a todo. Pero la realidad estaba muy lejos de eso. Mateo solo pensaba en cómo salir, poco a poco, de ese mundo, en cómo transformarse para poder ofrecerle a Luciana la vida que merecía.

El celular de Elías vibró.

Esta vez era un mensaje de Luciana.

No quiso leerlo.

Pero la ansiedad fue más fuerte que su voluntad.

Luciana: Te pido perdón. No fue mi intención herirte. No me quiero justificar, solo quiero que sepas que igual te amo. Y que es muy cierto lo que dijiste: si tan solo hubiera contestado, nos habríamos evitado tantas cosas. Ahora solo me queda pedirte perdón.

Cerró los ojos.

Por Dios, cómo amaba a esa mujer.

Desde la separación con Luciana, vivía en una agonía constante por no tenerla. Y esa herida no hacía más que profundizarse con el paso de los días. Buscaba respuestas sin encontrarlas:

¿Por qué lo había hecho?

¿Su error al no manejar las cosas con mayor claridad con Paula había sido suficiente para empujarla a los brazos de otro hombre?

¿Había sido su culpa?

¿Podría perdonarla?

¿Sería capaz de estar con ella sabiendo que había estado con otro hombre?

El solo pensarlo le oprimió el pecho.

O peor aún…

¿Podría estar sin ella?

Esa última pregunta fue la que más lo desgarró.

▲ △ ▲

Sonó el teléfono.

Luciana se sentó de un brinco en la cama. Era Elías.

—¿Hola? —dijo con la voz temblorosa.

—¿Lo amas?

Cerró los ojos.

—No —respondió, aun sabiendo que era mentira. Mateo estaba tan fijado en ella tanto como Elías, pero no podía permitirse que él colgara.

—No sé qué hacer con esto, Luciana… con este sentimiento, con esta verdad —su tono se quebraba en cada palabra—.

—¿Estás en tu apartamento? —preguntó ella desesperada—. Voy para allá. Ábreme la puerta, por favor… voy para allá.

—No. No quiero que vengas.

—Amor… sigo siendo yo. Tu Luci. Te amo. Te amo tanto…

Elías colgó.

Aun así, Luciana llamó un taxi y decidió ir a su apartamento.

«No quiero que vengas», se repitió, sabiendo que él estaría ahí.

▲ △ ▲

Sonó el timbre. Elías abrió la puerta.

—Te dije que no quería que vinieras.

—¿Puedo pasar?

Se hizo a un lado.

—Solo voy a decirte algo —empezó ella—. Tal vez no tenga excusas suficientes. No puedo borrar lo que pasó. Cometí una gran falta. Imaginarte con ella durante días, las veinticuatro horas, en ciudades exóticas… no fue fácil. Para mí fue un calvario. Prácticamente ya no estábamos, Elías, así que técnicamente no te fallé. Y, aun así, aquí estoy. Asumiendo mi culpa. Pidiéndote perdón. Mil veces perdón. Y diciéndote que te amo… demasiado.

Intentó acercarse despacio.

—¿Cómo evito imaginarte con él? —preguntó él, con la voz tensa—. ¿Cómo logro eso, Luciana?

—Déjate llevar por lo que construimos, por lo que somos, por lo que sentimos —dijo ella, tomando su rostro con ambas manos—. Déjame quedarme contigo y mostrarte cuánto te amo.

Se inclinó para besarlo.

Elías se apartó.

Hablaron durante largo rato. Hubo silencios densos, recuerdos que dolían, culpas que no encontraban salida y un deseo reprimido por las circunstancias. Nada se resolvió.

—Creo que será mejor que me vaya —dijo ella—Elías… tómate tu tiempo. Yo estaré esperando… si lo deseas…

Su voz salió entrecortada, cargada de impotencia y del miedo silencioso a que esa espera fuera demasiado larga o el final…

Tomó su bolso y abrió la puerta.

Elías la cerró de un golpe frente a ella. La giró y la empujó contra la puerta con brusquedad. Le sostuvo el rostro con una mano, apretándole las mejillas, tan cerca que Luciana pudo sentir su respiración agitada. La rabia le brillaba en los ojos.

—No sabes lo que me dan ganas de hacerte ahora mismo, Luciana.

Con la otra mano golpeó la puerta. El ruido seco la hizo estremecerse. Sintió miedo; él lo notó… pero no se detuvo. La besó con fuerza, una mezcla de rabia y deseo desbordado que sabía a castigo.

La giró, dejándola de espaldas, y comenzó a desvestirla casi sin piedad, tocando su cuerpo de forma acelerada. Luciana lo permitió. No solo por complacerlo: también sentía la necesidad urgente, casi desesperada, de sentirlo a él. En medio de la rabia, percibía su deseo y no quería apaciguarlo.

—Eres mía. ¿Entiendes eso? —dijo—. Dilo.

—Lo soy… soy tuya— logró decir mientras las lágrimas surcaban su rostro.

Elías la giró de nuevo, obligándola a mirarlo de frente. Sus dedos se hundieron en su piel con una posesión que no admitía réplica.

—Voy a borrar todas las huellas de él… y te vas a dejar.

La llevó hasta el sofá. De forma desesperada la besaba, mordía sus labios, sus senos y cada parte de su cuerpo. Ella se retorcía y gemía, aunque a veces fuera por dolor; solo no quería frenarlo. Él recorrió todo su cuerpo con la boca y los dientes, dejando rastros húmedos como si así pudiera aniquilar cualquier huella de Mateo. Bajó sus dedos y los introdujo en ella con algo de fuerza. Luciana se arqueaba; lo sentía. Sentía su furia y su pasión a la vez, aunque para su sorpresa, en medio de todo, también lo disfrutaba.

Quería tocarlo, pero él no se lo permitió. Ese rechazo la hirió más que el empujón inicial; era la forma de Elías de decirle que ella ya no tenía derecho sobre él. Se sintió frustrada. Lo intentó de nuevo —él sabía el placer que le producía a ella tocarlo y explorarlo—, pero él la bloqueo con sus manos.

La giró con fuerza y la tomó del cabello, mordiendo suave y por momentos un poco más duro su cuello y su espalda. No quería dejar un solo milímetro de su cuerpo sin su saliva y su aroma. La tomó de las caderas y la penetró con fuerza. El cuerpo de Luciana se erizó. Su única frustración era que él había tomado el mando, evitando que ella quisiera también tenerlo. Le aferró las manos contra el sofá, dejándola indefensa, a merced de él.

Era una lucha que ella sabía perdida desde antes. Terminó por dejarse llevar.

▲ △ ▲

Elías se sentó en el sofá, agotado.

Luciana se cubrió con su ropa y se puso de pie, pero antes de que pudiera alejarse, él la tomó de la mano.

—Quiero irme —dijo ella por fin, con la voz quebrada.

Elías la atrajo hacia sí, con suavidad esta vez, y la sentó sobre sus piernas. Las lágrimas de Luciana empezaron a brotar; suaves, incontenibles.

—Estoy muy dolido… perdóname —murmuró él, hundiendo el rostro en su cabello, arrepentido de su propia furia.

Luciana lo abrazó, dejando que su peso cayera sobre él. Permanecieron así, envueltos en un silencio que no juzgaba, que solo contenía los restos de la pelea.

—Te pido que lo intentemos —dijo él al fin, mirándola a los ojos—. Te pido que me des la oportunidad de intentarlo. Haré todo lo posible para que esto funcione. No quiero perderte, Luci.

Ella apretó el abrazo, sintiendo que por fin podía respirar.

—Yo tampoco, mi amor. Tampoco te quiero perder, te amo tanto.

Se quedaron así, sumidos en un abrazo profundo, frágil y necesario.