XVIII
Acordaron ir al apartamento de Elías. Necesitaban llenar los vacíos que habían dejado esos días de silencio, de suposiciones y de heridas abiertas. Luciana estaba sumida en un mar de nervios; sentía que, si él le ofrecía honestidad, ella estaba obligada a devolverle lo mismo.
—Luci… —dijo él apenas cerraron la puerta—. Necesito que me escuches sin interrupciones, aunque ahora no me creas.
Ella no respondió. Se quedó de pie en medio de aquel lujo que siempre la había hecho sentir fuera de lugar.
—Durante todo este tiempo —continuó él—, aun estando con Paula, no pasó nada. Nada. No porque no pudiera… sino porque no quise.
Luciana lo observó con un escepticismo que le quemaba los ojos.
—Eso suena muy conveniente, Elías.
—Lo sé. Pero es la verdad. Paula ha estado ahí por obligaciones, por compromisos que existían mucho antes de ti. Reuniones, viajes, apariencias. Y sí… aunque nunca te lo dije, antes de ti hubo encuentros. Desde que terminamos, esos encuentros permanecieron. Nunca los evité y nunca quise hacerlo, pero Luci, te juro que desde que empecé contigo, no volví a estar con ella. Me nació entregarme a ti.
—Lo que vi en la oficina no pareció eso, Elías —interrumpió ella, con la voz quebrada por el recuerdo de Paula extremadamente cerca de él.
—Llevábamos meses sin vernos. Sí, hablábamos, pero nada comprometedor, te lo juro. —Hizo una pausa, buscando las palabras exactas—. Nos vimos de nuevo en Estados Unidos y, sí… hubo coqueteo. No te lo niego. Me gustó. Recordé ese juego de poder que ella siempre ha tenido conmigo.
Vio la expresión de frustración en el rostro de Luciana y dio un paso hacia ella.
—Como un idiota, le seguí el juego. Solo era eso, Luci, un estúpido juego de ego, porque siempre estabas tú en mi mente. Siempre tú. Fui torpe, lo reconozco. Cuando te vi aparecer en la oficina, no sabes cuánto me arrepentí de haber permitido ese espacio.
—¿Y si yo no hubiera llegado? —preguntó Luciana, con un hilo de voz—. ¿Qué habría pasado en esa oficina?
—Nada, amor. Nada. No hubiera pasado nada, te lo juro. Porque emocionalmente ella no está en mi vida. Nunca ha sido ella, Luci. Ella es parte del ruido, de la empresa, de mi pasado... pero tú eres mi centro.
Luciana bajó la mirada, sintiendo que el aire del apartamento le quemaba los pulmones.
—No lo sé, Elías... Es tan difícil creer eso después de lo que vi. El lenguaje que tienen ustedes... no se construye ni se borra en un día.
Elías se acercó, acortando el espacio entre sus mundos, tratando de derribar ese muro de cristal que los separaba. Le tomó las manos, y ella notó que él estaba temblando levemente; el gran estratega estaba desarmado.
—Ella ya no significa nada, mi amor. Dejó de hacerlo hace mucho y sé que te fallé al no poner un límite antes, pero es la verdad. No dejé de pensar en ti ni un solo día. Te llamé, te escribí, rogando que en algún momento me desbloquearas. ¿Por qué lo hiciste, Luci? ¿Por qué me cerraste todas las puertas de esa manera?
La miró fijamente, con una intensidad que buscaba una respuesta que ella no se atrevía a dar.
—Si me hubieras escuchado hace unas semanas… si no me hubieras dejado solo en ese silencio… hubiéramos evitado tantas cosas —concluyó él con la voz ronca, sin imaginar siquiera el peso que esa frase ponía sobre los hombros de Luciana.
Luciana apretó la mandíbula. En su mente apareció Mateo. La cabaña, la leña. La culpa la atravesó como un relámpago.
—Cuando te vi con ella —dijo con rabia e impotencia—, sentí que todo tenía sentido. Que por eso la ocultabas. Y cuando pasaron las horas y no supe nada de ti… ahí terminé de romperme.
—Lo siento —dijo él, desesperado—. Me confié. Tenía una reunión importante y pensé encontrarte en el hotel, pero ya no estabas. Y después… el vacío. Ninguna respuesta.
Elías la tomó de la cintura, suplicante.
—Amor, dime qué quieres que haga. Te estoy siendo sincero. Solo quiero que estés conmigo. Aquí no importa lo que quiera mi padre. Trabaja conmigo, quédate a mi lado y verás que lo de Paula es netamente profesional. No tengo nada que esconder.
La besó. Luciana respondió apenas unos segundos, pero el sabor de la mentira por omisión le amargó la boca. Se apartó bruscamente.
—Tengo que contarte algo —dijo con la voz temblorosa.
Elías se tensó. El aire en el lujoso apartamento pareció acabarse.
—Dime.
Hubo un silencio denso, insoportable. El segundero del reloj de pared parecía martillar contra las sienes de ambos.
—Mientras tú estabas allá… yo no estuve sola.
Él no pestañeó. La miró como si intentara adivinar el resto antes de que ella lo soltara.
—Estuve con Mateo.
El nombre cayó entre los dos como un bloque de plomo. aplastando la paz que Elías intentaba reconstruir.
—¿Mateo? —repitió él, con una sombra de incredulidad—. ¿El del barrio?
Luciana asintió, sosteniéndole la mirada con una valentía suicida.
—No fue un juego. No fue por despecho, Elías. Fue… distinto. Yo estaba rota, me sentía humillada e invisible. Y él estuvo ahí.
Elías tragó saliva, el color desapareció de su rostro, mientras su mente procesaba la imagen de otro hombre tocando lo que él consideraba sagrado.
—¿Pasó algo entre ustedes?
—Sí.
El silencio fue absoluto, roto solo por el zumbido del aire acondicionado. Elías se pasó una mano por la cara y empezó a caminar en círculos, como un animal herido atrapado en su propio palacio de cristal.
—¿Qué me estás diciendo? —preguntó, su voz subiendo de tono—. ¿Mientras yo me volvía loco porque no me contestabas… tú… estabas con él? ¿Mientras yo me daba latigazos de arrepentimiento por ese juego que permití con Paula, tu estabas en la cama de ese tipo?
Se detuvo y la miró como si fuera una desconocida, como si la Luciana que él amaba se hubiera esfumado.
—No puedo creerlo… Con ese tipo...
—No fue así —intentó ella—. Solo pasó. Y eso no cambia lo que siento por ti, pero estaba herida, te imaginaba con ella todo el tiempo y...
—Vete —la cortó él. Su voz era ahora un susurro gélido, más aterrador que cualquier grito.
—Elías, déjame hablarte. Yo también quiero ser honesta...
—Ya lo fuiste —la interrumpió, fulminándola con la mirada—. Vete, Luciana.
—Elías…
—¡QUE TE VAYAS! —gritó, perdiendo por completo los estribos.
Luciana dio un brinco, asustada por la violencia en su voz. Tomó sus cosas con las manos temblorosas y salió de allí, dejando tras de sí el eco de un amor que, en su intento de ser honesto, acababa de estallar en mil pedazos.
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Luciana caminó por inercia, obligando a sus piernas a moverse.
No podía creer lo que había pasado.
¿Debió ocultarlo?
¿Habría podido seguir con él guardando la verdad?
Sentía que se moría por dentro.
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Elías se quedó solo, con el pecho apretado.
La mujer que amaba, la que creyó diferente… ¿cómo pudo hacerle eso?
Sintió un vacío inmenso.
Y lo peor era saber que lo único que podía llenarlo… era ella.
Pero ¿cómo volver a ella después de esa confesión?