XVII
—Doña Helena, buenos días —dijo Elías.
Helena se quedó inmóvil un segundo al abrir la puerta. Cuando lo vio, el gesto se le tensó de inmediato.
—Ay, mijo… ¿usted qué hace aquí? —preguntó, nerviosa.
—Por favor, doña Helena. Necesito hablar con Luciana.
—Mijo, es mejor que se vaya —dijo ella, bajando la voz—. La niña está tranquila ahora. Por favor.
Intentó cerrar la puerta, pero Elías detuvo el movimiento con la palma de la mano. No fue brusco, pero sí implacable.
—Solo dígale que estoy aquí. Por favor. Necesito hablar con ella.
—¿Quién es, mamá? — se escuchó la voz de Luciana, quien bajaba por las escaleras, apresurada.
Apareció en el umbral y, al verlo, el corazón le dio un vuelco. Sintió cómo las manos le empezaban a temblar.
—Luciana —dijo Elías—. Necesito hablar contigo.
—No —respondió ella de inmediato—. Elías, no. Por favor, vete. No quiero hablar. No quiero escuchar nada. Vete.
Él no esperó invitación. Empujó la puerta y entró.
—No me voy hasta que me escuches.
Luciana tomó su bolso con un movimiento brusco.
—Entonces me voy yo.
Intentó pasar por su lado, pero Elías la sujetó del brazo. No la apretó, pero el contacto quemó.
—No —dijo, conteniendo la voz. —. Si quieres hacer un escándalo delante de tu mamá, o en el barrio, no me importa. Pero vamos a hablar.
Luciana se quedó quieta, sintiendo la mirada de su madre. Respiró hondo, tratando de recuperar una dignidad que se le escapaba por los poros.
—Mamá… ¿nos dejas solos, por favor?
Helena dudó un instante, miró a Elías con desconfianza y luego a su hija.
—Sí, mija —respondió al fin.
Subió lentamente las escaleras, dejando atrás un silencio cargado, espeso, inevitable.
—Sobre lo que viste en la oficina… no fue lo que pareció —empezó él, dando un paso hacia ella.
—¿Ah, ¿no? —lo interrumpió Luciana de inmediato—. La frase cliché. Mira, Elías, en serio, ya no quiero saber nada. ¿Cómo te apareces aquí después de tantos días? Me imagino que la pasaron genial en Europa.
—¿Qué? —Elías la miró, incrédulo —. Tú saliste corriendo, te fuiste sin decir nada. Te llamé mil veces, te escribí… No te imaginas lo desesperado que he estado con tu silencio.
—¿Y qué pretendías? —respondió ella, con la voz firme—. ¿Que me quedara a qué? ¿A verte salir todos los días a reuniones interminables con la bella e inteligentísima Paula? Tantas evasivas para que yo no la conociera… porque qué casualidad: conocí a tu familia, a algunos de tus amigos… pero a ella la tenías bien guardadita.
—Luciana, no es así —dijo él, bajando el tono —. No es como lo piensas. Y lo único que haces es ahondar más un problema que no existe.
—Aquí no hay ningún problema, Elías —respondió ella con una calma que le costaba sostener—. Porque aquí ya no hay nada.
Contuvo las lágrimas, pero la voz se le quebró apenas.
—Yo no quiero vivir bajo la zozobra de que esta sea la vida que tu padre desea para ti… con Paula incluida. Ya la conocí. Ya sé lo que significa ella para tu familia. Y para ti. Eso no me da tranquilidad; y no voy a vivir así.
Respiró hondo.
—Te pido, por favor, que no me busques más. Solo quiero paz en mi vida… y tú no me la das. Vete.
Elías asintió lentamente. No porque se rindiera, sino porque entendía que, en ese momento, no había nada más que decir.
—Perdóname, Luci —dijo al fin—. Pero no voy a hacerlo. Yo te amo. Y te voy a demostrar que las cosas no son como crees. Te voy a demostrar que tú eres mi prioridad… y que te quiero en mi vida.
Antes de que Luciana pudiera responder, una voz firme se escuchó desde el fondo de la casa.
—¿Qué pasa aquí?
Don Jorge, el padre de Luciana, estaba de pie en la entrada de la sala.
—Elías ya se iba, papá —dijo ella, secándose una lágrima que no logró contener.
Elías dio un paso atrás.
—Don Jorge, disculpe. No era mi intención incomodar —dijo con respeto—. Ya me voy. Que tenga buen día.
Salió con la convicción intacta de que volvería.
Luciana subió a su habitación. Cerró la puerta. Y entonces, dejó salir el llanto que había contenido desde que lo vio en la puerta.
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Luciana ya sabía que Elías había vuelto. Sentía ansiedad, ganas de verlo, de sentirlo; pero también tenía claro a qué debía atenerse. No quería volver a vivir bajo esos celos constantes, esa inseguridad silenciosa que la había desgastado tanto. Por otro lado, estaba Mateo. Y con él tampoco podía estar.
Se había enamorado de dos hombres profundamente distintos… y de ninguno de los caminos que le ofrecían.
¿Se había enamorado?
La pregunta la atravesó con una fuerza inesperada.
¿Se podía amar a dos personas al mismo tiempo?
Lloró cuando entendió que no era confusión ni deseo pasajero. Era amor. Y eran amores imposibles.
Dios… lo estaba viviendo. Amaba y deseaba a dos personas con la misma pasión, con el mismo anhelo.
Y lo peor era saber que ninguno le convenía.
La frustración la dejó sin aire.
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Al salir de clases, lo vio. Elías estaba dentro del carro, estacionado cerca del lugar donde ella tomaba el bus. Bajó la ventana apenas, como si no quisiera llamar la atención.
—Déjame llevarte —dijo al verla—. Ya es muy tarde.
—No, Elías —respondió ella sin detenerse—. Es la hora habitual.
Él salió del carro y, antes de que pudiera reaccionar, la tomó de la cintura, aprisionándola suavemente contra la puerta. Luciana cruzó los brazos sobre el pecho, sujetando los libros con más fuerza, como si así pudiera contener lo que sentía.
—Amor… por favor, Luci —susurró—. Déjame hablarte.
Ella apretó los labios, pero no se apartó.
—Perdóname por lo que viste. Por lo que pensaste. Perdóname por no buscarte inmediatamente —continuó—. Luci, yo no podía… perdóname por no salir detrás de ti, aunque Dios sabe que era lo que más deseaba.
Las lágrimas comenzaron a salirle. Se aferró más a ella, hundiendo el rostro en su cabello.
—Perdóname, amor. Yo te amo.
Luciana no pudo contenerse. También lloró.
—No sabes por todo lo que he pasado —dijo entre sollozos—. Sentí que mi vida se vino al piso, Elías… te odié tanto.
—Perdóname, amor —respondió él—. No puedo dejar muchas cosas… la empresa, ya lo sabes. Pero ven conmigo. Quédate conmigo. Camina a mi lado. Te abro las puertas de mi vida, de mi mundo. No habrá secretos. No habrá nada oculto. Dime qué quieres saber y te juro que solo habrá sinceridad.
Luciana quiso flaquear.
No sabía si mantenerse firme.
Él hablaba de sinceridad…
¿Qué era eso ahora?
¿Hablar de Mateo?
Mil pensamientos se le agolparon en la cabeza. Sintió que estaba peor que el día en que decidió irse de aquel hotel. Más culpa. Más confusión. Intentó apartarse, mirando alrededor, consciente de que podían estar observándolos. Pero no… solo estaban ellos dos. Necesitaba un escape. Y no lo encontró.
—Amor, quédate conmigo … por favor —susurró Elías.
Buscó sus labios. La besó despacio, casi pidiendo permiso, rezando por encontrar aprobación.
Y fue imposible no dársela. Porque, aunque Luciana lo negara, el deseo también la consumía.