GEOMETRIA DE 3 XVI
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XVI

En la semana siguiente, la vida de Luciana volvió a su aparente normalidad: trabajo, universidad, rutinas cumplidas casi en automático. Nada había cambiado por fuera, pero todo estaba revuelto por dentro.

En Mateo, en cambio, comenzaron a surgir pensamientos insistentes. Por momentos se preguntaba si no debía frenar, era su estilo de vida lo que lo alejaba de ella. Pero no era sencillo. Cada vez había más compromisos, más gente involucrada, operaciones cada vez más grandes, más responsabilidades asumidas que postergaban cualquier decisión real. El barrio, que antes era su refugio, ahora se sentía como una jaula de oro y compromisos que no le daban tregua.

Apenas podía verla en algunos momentos, como siempre, llegando a casa. Cruces breves. Miradas que decían más de lo que se atrevían a sostener.

Mateo sentía la tentación constante de buscarla, de decir algo, de robarle un beso, pero se contenía. No quería presionarla. Respetaba ese «mañana cada uno a su lugar», aunque le quemara por dentro.

Para Luciana tampoco fue fácil. Verlo, imaginar su día, su mundo, sus actividades, seguía provocándole una mezcla incómoda de nostalgia e indignación. Aun así, se repetía que había tomado la mejor decisión: «solo el fin de semana» Y, sin embargo, estaba más confundida que nunca.

Porque ahora no era solo Elías quien rondaba su mente. También Mateo se había instalado allí, con la misma fuerza inesperada. Dos presencias distintas, dos deseos distintos… y una misma sensación: querer tenerlos cerca.

Pensó mil veces que nada se había borrado. Que ahora no solo se sentía marcada por Elías, sino también por Mateo…Y eso la descolocaba aún más.

—Qué locura — susurró para sí, cerrando los ojos con fuerza—. ¿Cómo se puede sentir tanto por dos personas y, al mismo tiempo, sentir que no pertenezco a ninguna?