GEOMETRIA DE 3 XV #2
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XV #2

¿Por qué seguía pensándolo cuando tenía a Mateo allí, cuando se sentía tan a gusto a su lado, más de lo que jamás habría imaginado?

Aun así, Elías volvía. Siempre él. Inundando su mente. Deseándolo.

—Por Dios… —susurró—. Sí. Lo deseo.

La cabeza le latía como un caos imposible de ordenar: el deseo sereno que le despertaba Mateo, la ansiedad casi dolorosa que le provocaba Elías. Mateo pertenecía a un mundo que, en el fondo, sabía que siempre le sería ajeno; Elías, en cambio, pertenecía a otro… uno donde también estaba Paula.

Entonces lo entendió, con una lucidez amarga: no pertenecía a ninguno. O quizá, no sabía cómo hacerlo.

Unos brazos la rodearon por la espalda. Mateo.

—Estoy tan feliz de tenerte conmigo —dijo contra su mejilla, besándola con suavidad.

Luciana sonrió, pero no dijo nada.

Mateo apoyó el mentón en su hombro, como si quisiera memorizarla así. Luego se apartó apenas, lo justo para mirarla de perfil.

—Estás lejos —dijo con suavidad—. Aunque estés aquí.

Luciana mantuvo la mirada fija en el paisaje. El aire frío del atardecer le ayudó a sostener el silencio.

—Solo estoy pensando —respondió.

Mateo sonrió, pero fue una sonrisa breve, incompleta.

—Eso ya lo sé —dijo—. Lo que no sé es en quién.

Ella giró el rostro hacia él, sorprendida. Mateo no la miraba con reproche, sino con una calma que dolía más.

—No te estoy pidiendo explicaciones —continuó—. Ni nombres. Solo… quería decirlo.

Luciana bajó la mirada. Sus manos se cerraron alrededor de la cobija.

—No es justo para ti —murmuró.

—¿El qué?

—Que estés aquí… y yo no del todo.

Mateo respiró hondo. Asintió despacio, como quien confirma algo que ya intuía.

—Nunca pensé que lo estuvieras por completo —admitió—. Pero hoy… hoy lo sentí distinto.

Se apoyó en la baranda del balcón, mirándola de frente.

—Dime algo, Luci —dijo en voz baja—. ¿Esto fue solo un, por hoy?

Ella tardó en responder.

—Somos muy distintos —dijo al fin—. Caminamos a ritmos diferentes. Yo no puedo… ni quiero… ir al tuyo. No ahora.

Él la miró, sin interrumpirla.

—Acabo de salir de una relación de la que no me siento bien —añadió—. Necesito tiempo. De verdad lo siento.

Se acercó y apoyó la cabeza en su pecho.

—Ese era «mi cada uno vuelve a su lugar».

Mateo la abrazó con fuerza. No quería que se le escapara, pero sabía que tenía razón. Sus mundos eran distintos; no iba a arrastrarla a uno que aún no podía ofrecerle con limpieza.

Lo único que podía hacer… era esperar.

—Luci —dijo al fin—. Yo siempre voy a estar para ti. Búscame. Háblame. Y ahí estaré.

Ella lo miró y lo besó con una mezcla de gratitud y deseo. Mateo la alzó, y Luciana cruzó las piernas alrededor de su cintura, aferrándose a él como si fuera su única ancla. La llevó de vuelta a la cama. Ya no hacían falta más palabras de despedida.

Solo tenían esas horas y, las quemaron hasta que se hizo de noche, él se sentó en la cama con ella a horcajadas sobre sus piernas. Ambos, sin decir una palabra, buscaban sellar ese momento en sus poros. Se besaron profundamente, con una urgencia que hacía que sus lenguas se enredaran en un pulso rítmico, voraz. Luciana, empujada por una marea de instinto, lo tumbó sobre el colchón y comenzó a devorar su cuello, bajando después hacia su pecho y abdomen. Detalló con la punta de la lengua cada pliegue de su anatomía, deteniéndose en su ombligo con una curiosidad vibrante. Con unas ganas que ya no sentía la necesidad de ocultar, descendió hasta su erección, donde hundió su boca y sus sentidos, queriendo inmortalizar el instante.

«Elías»... No. El nombre intentó filtrarse, pero ella lo expulsó con furia. Ahora no. Ya no más.

Mateo le sostuvo la cabeza, con los dedos enredados en su cabello, mientras una excitación que rayaba en la incredulidad lo recorría por completo. Él era un experto en estos lances, un hombre que conocía cada truco del placer, pero esto era diferente. Era ella. Sentía que enloquecía ante la entrega de Luciana; no sabía qué hacer para abarcarla toda. La giró con movimientos expertos, dejándola boca abajo sobre las sábanas revueltas, y comenzó a dibujar senderos de calor en su espalda con los labios.

Bajó hacia sus muslos, contemplando con las manos y la boca la curva de sus nalgas, perdiéndose en la intimidad de su cuerpo con una devoción carnal. La rodeó con la lengua, recorriendo el camino húmedo hasta su clítoris, en ese instante, Luciana elevó la cadera, dándole un permiso mudo para que él incursionara en lo que deseara, sin límites, Ese gesto terminó por quebrar su última resistencia, si aun la había, provocando que se perdiera definitivamente en la sensación. Ya no existía el pasado, solo el roce de Mateo.

Él volvió a subir por su espalda, sembrando besos en sus hombros, y la penetró esta vez con una euforia incontenible. Iniciaron un ritual de gemidos que se compenetraban en el silencio de la cabaña, un eco de dos cuerpos que intentaban hacerse uno solo para no tener que decir adiós. Se buscaron en besos lentos y caricias que quemaban, tratando de dejar una marca en la piel del otro que fuera más fuerte que cualquier recuerdo. Como si ambos supieran que, después de ese amanecer, todo sería incierto.

En el último tramo del placer, Mateo la estrechó contra sí, ocultando el rostro en su cuello mientras el clímax los alcanzaba como una marejada. La sostuvo con fuerza, como si pudiera detener el tiempo, mientras el silencio volvía a reinar, cargado ahora con el olor del sexo y la melancolía de lo que está por terminar.