GEOMETRIA DE 3 XV
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XV

Cuando Luciana despertó, se dio cuenta de que no llevaba blusa; solo el brasier cubría su torso. Se llevó las manos a la cabeza, sintiendo el peso de cada trago de la noche anterior.

—Oh, por Dios…

Miró alrededor buscando a Mateo. Lo vio sentado en el balcón de la cabaña, tomando café, recostado contra la luz brillante de la mañana y con la calma de quien ha pasado la noche en vela.

Se cubrió con la cobija y salió, todavía adormilada y profundamente avergonzada.

—Lo siento… lo siento mucho —dijo mirándolo de frente—. Qué vergüenza, de verdad.

Mateo se puso de pie enseguida y le señaló la silla a su lado.

—Tranquila —dijo con una sonrisa suave—. Ven, siéntate. Pedí desayuno. Hay jugo de naranja… me imagino la resaca que debes tener.

—Ay, Mateo… en serio no puedo ni mirarte a la cara.

Él sonrío bajo, sin rastro de burla.

—Dime… ¿qué tanto recuerdas?

—No sé si todo —respondió ella—, pero con lo que recuerdo ya tengo suficiente para sentir pena contigo.

Mateo la miró con complicidad.

—No te preocupes, Luci. Y aclaro algo —añadió, señalando su pecho—: no fui yo quien te quitó la blusa.

—¡Ay, por Dios! —exclamó ella, cubriéndose de nuevo el rostro con las manos—. No me avergüences más.

Mateo río un poco más fuerte. Era una risa limpia, de esas que quitan el peso de los errores.

—Toma —le dijo, acercándole el jugo—. Bebe algo. Te hará sentir mejor.

—No te burles, por favor.

—No lo estoy haciendo —respondió con firmeza dulce—. Jamás lo haría. Conmigo no tienes que sentir pena, Luci. Conmigo puedes ser tú… solo tú.

Ella lo miró. Y en esa mirada hubo gratitud, alivio… y algo más que empezaba a echar raíces.

—Pero… —dijo ella, haciendo un gesto tímido, insinuando la pregunta que no se atrevía a formular.

—No —se apresuró él—. No pasó nada más. Yo tampoco me di cuenta en qué momento te quitaste la blusa. Mi intención era cuidarte… pero el cansancio también me venció un poco.

—Gracias, Mateo —dijo ella, estirando la mano para rozar la suya—. Por traerme aquí. Por todo. Este lugar es maravilloso.

—Luci… ¿por qué no te quedas hoy? —propuso él con cuidado—. También esta noche, si quieres. Creo que te haría bien… como me hace bien a mí. Yo me voy —añadió enseguida, para tranquilizarla—. Y cuando quieras, vengo por ti.

Ella lo pensó unos segundos. La idea de no tener que enfrentar el mundo de nuevo, de quedarse en ese refugio de madera y aire puro, era demasiado tentadora. Asintió.

—De verdad… me encantaría. Gracias.

Luciana comió un poco mientras Mateo le hablaba de las plantas del lugar, con una pasión que a ella le resultaba inesperada y graciosa. No conocía esa faceta suya, y le gustó.

—Voy a darme una ducha —dijo ella sonriendo—. La necesito.

▲ △ ▲

Cuando salió de la ducha, envuelta en la salida de baño de la cabaña, Mateo se levantó y tomó su chaqueta.

—Bueno, Luci… entonces me voy. Para que puedas disfrutar de ti… acomodar tus pensamientos, si lo necesitas —dijo despacio, con un leve titubeo, como si buscara un quédate que no se atrevía a pedir.

—Vale, Mateo. Muchas gracias de nuevo.

Él se acercó y besó su frente. Luego se giró hacia la puerta.

—Mateo…

Se detuvo en seco y giró lentamente.

—¿Sí?

—Quédate —dijo ella, casi en un susurro—. Solo si quieres… Solo… no quiero estar sola.

Mateo regresó hacia ella con pasos lentos, midiendo cada centímetro de la habitación. Le apartó un mechón de cabello del rostro, acomodándolo detrás de la oreja. Con la otra mano recorrió su mejilla, su dedo, rozó apenas sus labios. Luciana, aunque no quería, se apartó un poco.

—Perdón… —dijo él de inmediato, retirando las manos—. Lo siento.

—Mateo… — ella respiró hondo, cerrando los ojos contra el caos—. Tengo la cabeza hecha un nudo… lo siento.

Él bajó la mirada un segundo, asimilando la barrera.

—Pensé que… en fin. Perdóname tú. Mejor me voy.

—No, Mateo, por favor —dijo ella, apresurada—. No te vayas.

Él se acercó de nuevo, pero sin tocarla.

—¿Qué quieres, Luciana? —preguntó con la voz contenida—. ¿Entonces lo de anoche fueron solo tragos? ¿Cuándo me pedías que te besara? ¿Que te hiciera el amor?

Acercó su frente a la de ella, sin invadirla.

—Tú me encantas — confesó con una honestidad cruda que no pedía disculpas—. ¿No lo notas? No te imaginas cuánto te deseo.

Luciana se quedó sin aliento, impactada por la fuerza de sus palabras. Aunque tenía claro lo que Mateo representaba en su vida, aquella confesión la desarmó por completo; jamás habría sospechado que detrás del lazo que los unía, se escondía un sentimiento de esa magnitud.

Mateo tomó su rostro con ambas manos, obligándola a anclarse en el presente.

—No sé qué pasó con Elías. No quieres hablar de eso y lo respeto. Pero ahora estoy yo. Aquí. Permíteme tenerte —la besó suavemente—. Permíteme sentirte —otro beso, más lento—. Regálame este día. Déjame quedarme contigo. Yo sé que tú también lo quieres—lo supo porque Luciana no se apartó. Su cuerpo no rechazó el contacto.

—Déjame quedarme —insistió él contra sus labios.

—Mateo… —dijo ella, con unas ganas evidentes de seguir besándolo—. Es que…

—Nada —respondió él—. No hay es que. Solo tú y yo. Aquí. Nosotros. Nada más. Solo hoy.

Ella guardo silencio un momento

—Solo hoy —repitió ella rozando sus labios con los de él—. Pero… mañana no prometemos nada, ¿ok? Mañana cada uno vuelve a su lugar —de verdad que lo necesitaba.

Mateo asintió, aunque por dentro detuvo el impulso de cuestionar qué significaba exactamente ese «volver a su lugar». Sabía que para ella el lugar seguía siendo Elías, pero en ese instante, ese pedazo de tiempo robado era suficiente para calmar su propia sed.

—Te lo prometo —dijo él—. No te forzaré a nada que no quieras ni ahora ni después.

Ella asintió, soltando el último lastre de resistencia.

Sus labios se entregaron por completo.

Fue un beso cargado de deseo, pero también de cuidado. La conexión creció. Los besos se hicieron más intensos, la respiración más densa. Las manos de Mateo descendieron hasta el nudo de la bata, desatándola con lentitud, dejando que su piel respondiera primero al aire… y luego a su tacto.

Elías apareció fugazmente en su mente.

La duda.

La culpa.

El pasado.

Pero estaba allí… Con Mateo.

Lo deseaba.

Lo necesitaba.

Mateo la guio hacia la cama como si temiera que cualquier movimiento brusco pudiera romper ese instante. La recostó con cuidado, descubriéndola poco a poco. Sus ojos recorrieron su cuerpo con una mezcla de incredulidad y deseo: estaba allí, por fin, para él… aunque supiera que podía ser momentáneo.

Quiso que todo fuera perfecto.

La besó despacio, con una devoción que apenas contenía un ansia de años, una sed que por fin encontraba su cauce. Se detuvo en los puntos donde la piel de Luciana vibraba con más urgencia; sus labios atraparon sus senos con una presión posesiva y su lengua rodeó sus pezones en un juego rítmico, insistente, hasta que ella arqueó la espalda soltando un gemido que rompió el silencio de la cabaña. La boca de Mateo no dio tregua; descendió trazando un camino ardiente por su vientre, saboreando cada centímetro de su piel mientras ella seguía su rastro con la respiración rota.

Cuando él llegó a su centro y rozó su sexo con los labios, Luciana se estremeció violentamente, sintiendo un latido salvaje entre sus piernas. Mateo no se detuvo; bajó por sus muslos, besando la cara interna de sus piernas con una lentitud tortuosa hasta llegar a sus pies, queriendo marcar su territorio en cada milímetro de ella. Luciana respondía a cada empuje de su boca, consciente de que su cuerpo lo reclamaba sin reservas, con una urgencia única.

El nombre de Elías volvió a cruzar su mente como una sombra fría, pero ella sacudió la cabeza, negándose a dejarlo entrar en ese santuario de piel. Aferró a Mateo por los hombros con sus manos, mientras él regresaba a su sexo para saborearla con una intensidad carnal, succionando con una destreza que la hizo perder el control. Luciana se retorcía ciegamente sobre las sábanas, las piernas temblándole mientras cada contacto de la lengua de Mateo era una sacudida que la obligaba a anclarse a él, perdiendo el sentido de todo lo que no fuera ese placer asfixiante.

Él subió de nuevo, buscando su rostro, y la besó con una pasión cruda, compartiendo en ese beso el sabor de su propia esencia que aún ardía en sus labios. Luciana, encendida y ávida, lo ayudó a desvestirse, ansiosa por sentir la piel desnuda de él quemando la suya. Sus manos recorrieron el torso firme de Mateo, bajando hasta su vientre, mientras él, en un movimiento experto, se posicionó en ella entre sus piernas. Luciana acomodó su cadera, sintiendo la dureza de él contra su humedad, buscando el contacto total, deseando ser invadida en ese instante de absoluto descontrol.

Quería que Mateo borrara, con la fuerza de sus estocadas y la firmeza de sus caricias, cualquier rastro ajeno que intentara aferrarse a su memoria. Mateo no se apresuró; la penetró con una lentitud que la hizo sollozar de alivio, disfrutando de verla entregada y vibrando bajo su peso. La sostuvo con fuerza, explorándola hasta el último rincón en una intimidad densa, húmeda y profunda, hasta que Luciana dejó de pensar, dejó de recordar... y se dejó consumir por el calor de un presente que lo devoraba todo.

Él la apretó contra su pecho, sintiendo cómo el corazón de ella recuperaba el ritmo poco a poco. Asumía o más bien sabía, que ella ya había puesto una fecha de vencimiento a lo que acababa de pasar; que mañana ella intentaría recuperar su lugar y su distancia. Pero mientras la besaba con una ternura desesperada, solo pudo pensar en una cosa: si ese sería su único momento, se encargaría de que ella no pudiera olvidarlo jamás.

▲ △ ▲

Pasaron la tarde envueltos en caricias, desnudez y deseo. Mateo se quedó dormido un momento, exhausto y en calma. Luciana, aún envuelta en las cobijas, salió al balcón, empujada por el ruido incesante de sus pensamientos.

Elías.

¿Por qué sentía culpa, si sabía que él estaba con Paula?