GEOMETRIA DE 3 XIV
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XIV

Elías llevaba más de dos horas en la sala de juntas cuando se dio cuenta de que nadie estaba hablando. Todos lo miraban. El silencio de la oficina, climatizada y perfecta, parecía pesar más que de costumbre.

—¿Decías algo? —preguntó uno de los socios.

Elías parpadeó, acomodó los papeles frente a él y retomó el hilo como si nada.

—Sí. Como iba diciendo, si cerramos este acuerdo antes de fin de mes, el impacto en el trimestre será positivo. Ya tenemos todos los contactos y los permisos a nuestro favor.

Las palabras salieron firmes, seguras, exactas. Por fuera, la maquinaria seguía funcionando. La reunión terminó con apretones de mano y sonrisas profesionales. Alguien le dio una palmada en el hombro.

—Buen trabajo —le dijeron.

Elías asintió, en automático.

Cuando regresó a su hotel en Londres, apenas había dejado el portafolio sobre la mesa cuando tocaron la puerta.

—Paula, ¿qué haces aquí? —preguntó al verla entrar sin esperar respuesta, con una botella de champaña en la mano.

—Quiero que celebremos —dijo ella, cerrando la puerta detrás de sí—. Todo ha sido un éxito. Y, además, quiero que dejes esa cara… esa evasiva constante conmigo.

—Lo siento, Paula. No estoy de humor —respondió él—. Solo quiero terminar esto rápido e irme.

—¿A buscarla?

—Sí. A buscarla —dijo de forma brusca, cortando cualquier intento de profundizar.

—E, baby… —Paula se acercó con una sonrisa—. Solo quiero darte un momento de tranquilidad. Tú sabes que yo siempre quiero lo mejor para ti.

—Paula, solo quiero estar solo.

Aun así, ella sirvió dos copas. El sonido de las burbujas chocando contra el cristal era lo único que llenaba la habitación.

—Vamos, un brindis por la empresa y me voy.

Elías tomó la copa más por la condición que por ganas.

—Salud.

—Relájate —dijo ella, dejando la copa y apoyando las manos en sus hombros—. ¿Recuerdas la primera vez que viajamos aquí? Estuvimos exactamente en este cuarto. Fue cuando conseguimos la aprobación del principal socio que hoy tenemos.

Elías cerró los ojos un instante.

—Sí… cómo olvidarlo. El orgullo que sentimos cuando le dijimos a papá que todo había sido un éxito.

Sonrieron, apenas. Fue un destello de una vida que antes le parecía suficiente.

—Yo no recuerdo solo eso —dijo Paula, acercándose más—. Recuerdo perfectamente este cuarto… y todo lo que ocurrió aquí.

Elías se apartó con una frialdad definitiva, anticipando sus intenciones. Esa cercanía, que días atrás le había parecido un juego inofensivo y divertido, ahora le resultaba insoportable. Se sentía estúpido por haber coqueteado con el pasado, provocando que el presente se le escapara de los dedos. No quería caer. No ahora, cuando Luciana habitaba un lugar que Paula no podía ni siquiera imaginar; un lugar sagrado que él mismo había puesto en peligro por un segundo de distracción.

—Es mejor que te vayas —dijo—. Quedamos en una copa, y la verdad estoy muy cansado.

Paula lo miró unos segundos más, molesta, con esa mirada de quien no está acostumbrada a que le cierren una puerta. Luego tomó su bolso.

—Como quieras.

Salió sin despedirse. Y así pasaron los días para Elías: reuniones interminables, decisiones apresuradas, llamadas que no hacía. Todo orientado a un solo propósito silencioso: acelerar lo suficiente para volver.

Volver a Luciana.