XIII
Como era costumbre en el barrio, cada año se celebraba el aniversario de la comunidad. Los vecinos se reunían en el salón comunal para una gran fiesta organizada por las familias de toda la vida. El aire se llenaba con el olor a fritura, el eco de la música popular y el murmullo constante de los vecinos que sacaban sillas a la acera.
Los padres de Luciana y la mamá de Mateo eran especialmente activos en estas celebraciones. Tanto Mateo como Luciana, habían crecido participando —a veces sin opción— en cada detalle de la organización.
Luciana caminaba hacia el salón comunal junto a su madre, ayudándola con algunos asuntos logísticos, cuando escuchó una voz conocida.
—Luci…
Mateo se acercaba hacia ellas. Caminaba con esa seguridad tranquila que lo caracterizaba.
—Doña Helena, ¿cómo está?
—Bien, mijo —respondió ella con una sonrisa—. Qué gusto verlo.
—Hola, Mateo —dijo Luciana, mirándolo con una mezcla de sorpresa y reserva.
—Hace tiempo que no te veía. ¿Cómo estás?
Helena percibió de inmediato la tensión suave, casi imperceptible.
—Bueno, mija, yo me adelanto al salón. Ya nos están esperando —dijo, y continuó su camino, dejándolos solos.
—He estado bastante ocupada —respondió Luciana—. Ya sabes… el trabajo, la universidad.
—¿Cuándo regresaste? —preguntó Mateo de forma directa, recordaba que Helena le había mencionado, en alguna ocasión, que Luciana estaba de viaje.
—Hace unos días. Tenía muchas cosas pendientes aquí.
Mateo la observó con atención. Estaba más delgada, más callada. Sus ojos, siempre brillantes, tenían ahora un matiz de cansancio que intentaba ocultar.
—¿Estás bien? —preguntó, bajando un poco la voz.
—Sí… solo las ocupaciones —respondió ella, esquivando la profundidad de la pregunta.
—¿Te acompaño? Yo también voy al salón. Mi mamá, como siempre, empeñada en que esté presente en estas cosas.
—Como en los viejos tiempos —dijo Luciana, esbozando una sonrisa que le nació sin darse cuenta.
—Sí… parece que nunca podremos escapar de esta tradición.
Ambos rieron suavemente. Caminaron juntos entre risas breves y conversaciones medidas, sintiendo ese vínculo que, aunque distante, seguía siendo lo más familiar que ella tenía en el mundo.
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En esos días, mientras sacaban espacio para ayudar a organizar la celebración, Mateo y Luciana comenzaron a verse con más frecuencia. En el fondo, no era tanto por la fiesta en sí, sino por la calma que encontraban al estar juntos. Una tranquilidad conocida, casi intacta, que los devolvía —sin proponérselo— a lo que alguna vez fueron.
No hubo preguntas incómodas. No hicieron confesiones innecesarias. No se dijeron más de lo que estaban dispuestos a sostener. Aun así, ambos intuían que el otro guardaba silencios, de pronto heridas recientes, pensamientos que no pedían explicación. Y los respetaron.
—Bueeeno… —dijo Mateo una tarde, alargando la palabra—. Llegó el gran día. ¿Te parece si llegamos juntos? Como en aquellos tiempos en que nos llamaban los reyes del baile.
Luciana lo miró y sonrió.
—Encantada —respondió, riendo—. ¿Cómo olvidarlo?
—Entonces paso por ti a las ocho.
—Si hablamos de costumbres —dijo ella—, pasas con tu mamá por la mía… por papá… y por mí.
Ambos rieron, como si el tiempo no hubiera pasado del todo.
—Perfecto —dijo Mateo—. Allí estaré.
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—Bueno, señorita… —dijo Mateo, con una media sonrisa, como evocando viejos tiempos. Le extendió la mano—. ¿Bailamos?
Luciana estiró la suya sin pensarlo. Bailaron. Rieron. El tiempo pasó sin hacerse notar, como si durante esos minutos nada más existiera.
—Creo que necesito un descanso… —dijo ella al final—. La falta de costumbre.
—Vale —respondió Mateo—. Salgamos un rato. Tomemos un poco de aire.
La tomó de la mano y salieron. Se retiraron del salón social y caminaron unos metros hasta sentarse en el andén de la calle. El ruido quedaba lejos, la noche era fresca.
—Después de todo, la calma y el silencio siguen siendo lo mejor —dijo Luciana, mirando al frente.
Mateo se puso de pie y volvió a tomarla de la mano.
—¿Quieres calma y silencio? —dijo—. Ven, vamos.
Caminaron hasta la moto. Mateo le pasó un casco. Afortunadamente Luciana llevaba una chaqueta puesta.
—¿A dónde vamos? —preguntó ella.
—Confía en mí.
Luciana se puso el casco con una sonrisa y se subió. Mateo condujo durante unos quince minutos, alejándose de la ciudad, hasta llegar a un lugar de aire campestre. Había terrazas dispuestas para sentarse, abiertas hacia el espectáculo de luces de la ciudad y la inmensidad del cielo.
—Guau… qué bonito lugar —dijo ella—. Qué vista tan maravillosa.
El frío la hizo estremecerse. Mateo se quitó su chaqueta y la colocó sobre sus hombros, envolviéndola en su calor y en su aroma.
—¿Y tú? —preguntó ella.
—Ya estoy acostumbrado.
Luciana lo miró.
—¿Vienes mucho aquí?
—Este lugar me da paz —respondió—. Me tranquiliza la mente, sobre todo cuando necesito tomar decisiones importantes. Me gusta venir solo… es mi lugar. —Hizo una pausa—. Y ahora, si lo deseas, también puede ser el tuyo.
Luciana lo miró con ternura. Apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Gracias.
Permanecieron en silencio unos minutos, compartiendo la noche, la vista y una calma que no pedía explicaciones.
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—Buenas noches —se acercó un mesero—. ¿Desean tomar o comer algo?
Luciana tardó un segundo más de lo habitual en responder.
—¿Qué te parece si tomamos algo fuertecito? —dijo al fin, con una sonrisa apenas sostenida—. Por el frío, claro está.
Sonrió con esa picardía suave que no pedía nada… pero insinuaba todo. Mateo la miró un segundo más de lo habitual, tratando de descifrar el brillo nuevo en sus ojos.
—Tú mandas.
El hombre del lugar aguardaba en silencio.
—Una botella de whisky, por favor —pidió Mateo.
Luciana giró la cabeza hacia él, sorprendida. El nombre de la bebida resonó en su mente como un eco fuera de lugar.
—¿Whisky?
Mateo sonrió apenas, sin apartar la vista del horizonte.
—Lo mejor… para la mejor.
Ella negó despacio, entre divertida y desarmada. Sintió un vuelco extraño en el estómago al recordar que era el trago de Elías, el que él servía con elegancia en vasos de cristal pesado mientras discutía de negocios. Volvió la mirada hacia la ciudad, dejando que el viento le golpeara la cara para disipar el recuerdo.
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Llevaban ya varios tragos. Luciana, que no estaba acostumbrada a tomar, se embriagó más rápido que Mateo. En silencio empezó a pesarle el cuerpo. Cuando fue a servirse otro, él se lo quitó suavemente de la mano.
—Señorita Luciana… creo que vas muy rápido.
—Oye… —río— no te preocupes. No soy una niña. Déjame, ¿sí? Lo necesito.
Mateo dudó un segundo, pero se lo devolvió. Algo no estaba bien y él lo sabía. Tenía la sensación clara de que, esa noche, estaba ahí para cuidarla. Un rato después, ya bastante pasada de tragos, Luciana se le acercó.
—Oye… —río otra vez— ¿te acuerdas del beso que me diste en tu cuarto?
Mateo la miró, sin responder.
—Siempre quise preguntarte algo… ¿así de feo fue?
Él guardó silencio; sabía que hablaba el licor, no ella.
—Pero dime… ¿qué? ¿Tenía mal aliento? —se tapó la boca con la mano y soltó una risa torpe.
—Luci… —dijo él con calma—, ¿a qué viene todo esto?
—No sé… —se encogió de hombros—. Supongo que, a pesar del tiempo, siempre tuve curiosidad. —Se puso de pie con la botella en la mano, algo mareada—. El gran Mateo… el niño lindo del barrio, mi amigo de toda la vida, mi primer beso… y ¡puf! —hizo un gesto con la mano—, me sacaste como si hubiera sido lo peor que te pasó.
Mateo se levantó de inmediato y la sostuvo de frente para que no se cayera.
—No fue eso, Luci.
—¿Entonces qué fue? —preguntó ella, alterada—. Porque no lo entiendo. Al otro día como si nada… ja. Y después una novia, otra y otra… dime, ¿qué tenía yo? ¿Qué me faltaba?
—¿De verdad me estás diciendo esto ahora? —respondió él, conteniendo la emoción—. No pasó nada porque éramos amigos, casi hermanos. Nunca quise arruinar eso.
Luciana intentó apartarse. Él la sostuvo, pero el equilibrio se perdió y ambos cayeron al piso. Ella quedó casi encima de él. Se miraron. Demasiado cerca. En la penumbra de la terraza, el aliento a whisky se mezclaba con la urgencia de un reclamo guardado por años. Luciana se inclinó y lo besó. Mateo respondió. Lo había deseado durante años, pero nunca así. Nunca sabiendo que ella no estaba bien.
Ella siguió, bajando por su cuello, metiendo la mano debajo de su camisa. Él la detuvo. Luciana se apartó apenas y lo miró fija.
—¿Qué pasa? ¿De verdad no te gusto ni un poquito?
—Luci… tú me encantas —dijo él, con la voz baja—. Mucho más de lo que crees.
—Entonces… —se acercó de nuevo para besarlo.
Mateo tomó su mano y la apartó con cuidado, luchando contra su propio cuerpo y el deseo que le quemaba el pecho.
—No. Así no. Estás borracha —respiró hondo—. Ven, quiero que te acuestes un rato, ¿sí?
Ella se dejó caer boca arriba, decepcionada. Giró de lado y vomitó, mientras el mundo seguía dando vueltas en la oscuridad.
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Mateo la sostuvo por la cintura y la llevó hasta una cabaña que tuvo que alquilar por esa noche. La acostó con cuidado, le quitó los zapatos y la arropó, moviéndose con una delicadeza que ella no era capaz de notar en su estado.
Luego se acostó a su lado, boca arriba, mirando el techo. Se quedó allí, con los pies y brazos cruzados y la mente llena de pensamientos que no encontraba cómo ordenar. El silencio de la montaña rodeaba la cabaña, interrumpido solo por la respiración pesada de Luciana.
En algún momento, ella medio despertó. Lo miró con los ojos entreabiertos, se aferró a él en un abrazo desesperado y susurró a su oído:
—Quiero que me hagas el amor…
Volvió a dormirse de inmediato, ajena al peso de sus palabras. Mateo sonrió apenas, y, con una ternura que le dolía en el pecho, la acomodó de nuevo bajo las cobijas.