GEOMETRIA DE 3 XI
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XI

—Papá, mamá, ya llegué.

Luciana entró a la casa y sus padres salieron de inmediato a recibirla, sorprendidos pero felices de verla.

—mamita… ¿por qué tan pronto? —preguntó su madre—. Dijiste que regresabas en dos semanas, ¿pasó algo?

—Decidí volver antes, mamá. Me llamaron de la empresa y tengo algunos trabajos de la universidad que requieren mi tiempo. No quiero perder la beca.

Helena no creyó del todo esa versión. Conocía demasiado bien a su hija como para no notar que algo se había quebrado. Su padre, en cambio, más académico y calculador, asintió con tranquilidad.

—Hija, hiciste lo correcto. Primero lo primero.

Luciana subió a su cuarto, dejó las maletas junto a la puerta y se dejó caer sobre la cama. Lloró una vez más. Prácticamente no había parado desde que tomó la decisión de irse. Necesitaba distancia de Elías, y esa distancia implicaba decisiones reales.

Aplazar un semestre significaba detenerlo todo por seis meses. Pero si tenía que hacerlo, lo haría.

Notó entonces que su teléfono estaba apagado. Lo encendió. De inmediato comenzaron a llegar mensajes y llamadas: Elías, Vanessa, una tras otra. No los leyó. Lo apagó de nuevo.

No quería explicaciones, no quería excusas.

Lo que había visto, sumado a la larga ausencia de Elías —esa ausencia que le dio tiempo de caminar, empacar, llegar al aeropuerto sin recibir una sola llamada— era suficiente. «¿Ya para qué?»

No quería que nada le desordenara la vida que con tanto esfuerzo había logrado poco a poco. No quería vivir bajo la sombra constante de Paula. Ya la había visto. Ya la había conocido. Y sabía que seguiría trabajando con ella, que quizá viajarían juntos a Europa, que esa mujer seguiría ocupando un lugar inevitable en la vida profesional de Elías.

No quería vivir con esa sombra.

Porque ese era el mundo de Elías.

Su trabajo.

Su vida. Paula.

La mujer prácticamente perfecta que su padre deseaba para él… y que, después de lo ocurrido, sabía que no le era indiferente.

Encendió el teléfono una vez más. No para leer, no para discutir, no para escuchar explicaciones. Solo para evitar otra clase de preocupación.

Escribió un único mensaje.

Luciana: Elías, estoy bien. No me llames, no me busques. No habrá respuesta.

Solo quiero que sepas que estoy bien.

Apagó el teléfono.

Sintió una punzada en su pecho, pero decidida a que desde ahora Elías ya no formaría parte de su vida.

▲ △ ▲

El mensaje de Luciana llegó cuando Elías estaba absorto, con la mente desbordada y el cuerpo agotado.

Lo leyó.

Sintió un breve respiro… seguido de algo mucho peor.

Una estaca clavándose más hondo.

No habrá respuesta.

¿Qué se suponía que hiciera con eso?

Se sintió maniatado. La empresa lo necesitaba, el futuro de todo recaía sobre sus hombros en ese momento. No podía ausentarse, no podía desaparecer, no podía salir corriendo tras ella como su cuerpo se lo pedía, no era solo la familia, tenía gente poderosa dependiendo también de él.

Aun así, la llamó. Una y otra vez.

No hubo respuesta.

Le escribió mensajes largos, torpes, urgentes. Hasta que dejaron de llegar.

Luciana lo había bloqueado.

Victoria obligo a Vanessa a mantenerse al margen de la situación.

Los días pasaron lentos, pesados. El silencio se volvió insoportable., y, cuando ya no pudo más, tomó una decisión que había evitado desde el principio. Llamar a su casa. No lo había hecho antes por miedo a la reacción de sus padres; a no saber si ella estaba allí. Pero marcó.

—¿Doña Helena? Buenas tardes —dijo, intentando controlar la voz.

—Buenas tardes, Elías. Cuénteme.

—¿Luciana… ha hablado con usted?

Hubo un silencio. Breve, pero cargado.

—Doña Helena —continuó, sin poder contenerse—, estoy desesperado. Solo necesito saber si ella está bien.

—Ay, mijo… —suspiró ella—. Yo no sé qué pasó entre ustedes. Lucianita me pidió que, si usted llamaba, no le dijera nada. Pero sí… ella está bien.

Elías cerró los ojos y respiró hondo. Algo de esa sensación opresiva cedió apenas.

—Gracias… —dijo casi en un susurro—. Por favor, dígale que me hable. Necesito hablar con ella. Se lo ruego.

—No, mijo —respondió Helena con firmeza suave—. La verdad no sé qué le hizo usted a mi niña, pero si ella no quiere hablar, yo no voy a intervenir. Lo único que puedo hacer es decirle que está bien.

Hubo una pausa.

—Lo siento, Elías —añadió—, pero voy a colgar. No quiero problemas con mi hija.

La llamada se cortó.

Elías se quedó con el teléfono en la mano, mirando la pantalla apagada.

Comprendió que, probablemente no solo la había perdido de vista, la había perdido del todo.