GEOMETRIA DE 3 X
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—Luci, espérame —Vanessa corría detrás de ella.

Luciana se detuvo apenas lo suficiente para girar el rostro.

—Vanessa, la verdad… quiero estar sola. Te llamo después.

Le dio un beso suave en la mejilla. Vanessa entendió que insistir no era lo correcto en ese momento.

—Por favor, llámame —dijo, con preocupación.

Luciana asintió con la cabeza y se alejó.

Caminó durante largo rato sin rumbo fijo, con el teléfono en la mano, esperando que sonara. Un mensaje. Una llamada. Cualquier señal. Pero no ocurrió.

En su mente, la idea golpeaba con insistencia: «si no había llamado aún, entonces ya todo estaba dicho».

Decidió volver al hotel.

Empacó sus maletas en silencio, sin prisa, como si cada prenda confirmara una decisión que se había ido tomando sola. No dejó notas; no buscó explicaciones. Simplemente se fue.

▲ △ ▲

Mientras tanto, Elías permanecía en reunión tras reunión, con la mente anclada en Luciana. Escuchaba presupuestos, clientes, cifras que se superponían unas a otras sin llegar a fijarse del todo. Cada minuto se le hacía más largo que el anterior.

El teléfono, inmóvil sobre la mesa, parecía una tentación constante. No podía tomarlo. No debía. No era el momento.

En el fondo, se convencía de que quizá era mejor así. Llegar al hotel más tarde. Hablar con calma. Explicar. Ordenar lo que había quedado suspendido.

El día se le volvió eterno.

▲ △ ▲

Al caer la tarde, Elías salió de la empresa casi corriendo. En el trayecto, llamó a Vanessa.

—Vanessa, ¿Luciana sigue contigo?

—¿Qué? ¿Cómo así? —respondió ella, confundida—. Pensé que estaba contigo. Le he llamado varias veces y no me contesta.

—Vane… apenas pude terminar las reuniones —dijo, sintiendo cómo la ansiedad empezaba a apretarle el pecho—. Dime, ¿te dijo para dónde iba?

—Solo me dijo que quería estar sola, caminar un poco. He intentado hablar con ella, pero no responde.

Elías colgó y aceleró.

Condujo hacia el hotel como si el tiempo pudiera recuperarse a la fuerza. Mientras sorteaba el tráfico, la imagen de la oficina lo asaltó con una violencia nueva: se dio cuenta de lo imprudente que había sido. Tenía la certeza absoluta de sus sentimientos hacia Luciana y, aun así, se había permitido habitar el juego de Paula por un instante de vanidad profesional. Ese segundo de complacencia, que en la oficina le pareció un despliegue de control, ahora se le revelaba como una traición silenciosa a lo único que de verdad le importaba.

Al abrir la puerta de la habitación, lo golpeó el silencio. Un silencio distinto, definitivo.

Entró. Miró alrededor. Abrió el clóset. Buscó las maletas. No estaban. Se sentó en la cama, y el vacío le apretó el pecho de una forma desmedida, casi física. Tomó el teléfono y la llamó una y otra vez.

No hubo respuesta.