GEOMETRIA DE 3 IX
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IX

—Luci, te recojo un poco antes —dijo Vanessa por teléfono—. Debo llevarle unos documentos a Elías a la oficina. Papá salió de viaje y necesita que los tenga temprano.

Habían quedado de ir a clase de yoga por insistencia de Vanessa.

—Está bien, te espero —respondió Luciana.

Vestida con ropa deportiva, Luciana pensó que quizá no era buena idea entrar a la empresa. No iba acorde al ambiente formal del lugar y prefería evitar las miradas innecesarias. Además, un pensamiento vago, pero persistente, se le atravesó sin pedir permiso: Paula.

Solo la conocía por fotografías y por los comentarios —a veces demasiado frecuentes— de Vanessa, que no dejaba de mencionar lo elegante y sensual que era, aunque siempre recalcaba que nunca le había gustado para su hermano.

Aun así, por la insistencia de Vanessa, Luciana accedió. Los documentos debían entregárselos a Elías personalmente.

Cruzaron la recepción. Los empleados saludaban a Vanessa con una cordialidad espontánea, casi afectuosa, y ella respondía del mismo modo. El vínculo era evidente. Luciana caminaba a su lado, intentando mantener la compostura a pesar de sentir que su atuendo desentonaba con la sobriedad de los cristales y oficinas.

No sabía cómo, pero tenía la sensación incómoda de que todos parecían saber quién era ella, a pesar de ser la primera vez que pisaba ese lugar.

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—Bueno, en vista de que no podemos hacer nada hasta que lleguen los contratos, tomemos una pausa. Nos la merecemos —dijo Paula, observando a Elías con atención. El cansancio era evidente en él; la semana había sido intensa.

—Me parece bien —respondió él, aflojándose un poco la corbata mientras buscaba el teléfono con la intención de llamar a Luciana.

—No, no, no… —Paula se adelantó, interceptando el movimiento con una sonrisa cómplice—. Descanso es descanso.

Se acercó más de lo estrictamente necesario.

—Venga, doctor Elías —añadió—, déjeme consentirlo un poco.

Sus manos fueron directo a la seda de la corbata, terminando de liberarla del nudo. Se movía con esa cercanía calculada que siempre había dominado. Se inclinó hacia él y, con un susurro que conocía bien, disparó a quemarropa:

—No te imaginas cuánto te extraño.

Elías intentó marcar una distancia física.

—Paula, basta —dijo, con una firmeza que sonó más a advertencia que a rechazo—. Las cosas no son como antes.

Pero ella no se apartó. Lo acorraló contra el borde del escritorio, manteniendo la cercanía con una audacia que lo obligó a sostenerle la mirada.

—Dime que no me extrañas —insistió Paula, disfrutando de esa proximidad prohibida mientras clavaba sus ojos en los de él—. Dime que no extrañas mis besos… nuestros encuentros.

Elías volvió a intentar alejarse, pero sus pies se detuvieron en una resistencia ambigua. No podía negar que algo se despertaba en él; una reacción involuntaria e incómoda que lo atravesó apenas un instante. Ese juego de seducción, tan familiar y afilado, siempre le había divertido; era su lenguaje antiguo, el código de poder que ambos hablaban antes de que su mundo se volviera real. Una sonrisa casi imperceptible, más de reconocimiento que de entrega, asomó en la comisura de sus labios.

Aun así, en ese segundo de debilidad, donde el ego se permitía ser halagado, no se retiró. Disfrutó del pulso de poder un instante más, permitiendo que la tensión subiera solo para confirmar que ya no tenía poder sobre él. Porque al final de la jornada, detrás de los negocios y de las sombras del pasado, solo existía una certeza que lo mantenía en pie.

En su mundo solo cabía Luciana.

Solo Luciana.

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—Hermanito…

La puerta de la oficina se abrió de golpe. El silencio cayó de inmediato.

Elías reaccionó con brusquedad, apartando a Paula de su cuerpo, pero fue tarde. El cuadro era lo suficientemente nítido como para que Luciana lo viera todo: la cercanía excesiva, la corbata deshecha, la mano de Paula aún en el aire. Fue suficiente para que algo se quebrara dentro de ella.

Luciana se quedó inmóvil por un segundo. Fría. Demasiado consciente. Mil pensamientos le atravesaron la mente al mismo tiempo. Una semana. Una semana entera Elías trabajando a solas con Paula.

Paula. La dichosa Paula. La mujer de la que todos hablaban. Hermosa. Elegante. Segura.

¿Y ella?

¿Ella qué era en ese escenario?

¿La mujer sencilla?

¿La que confió?

¿No había sido clara cuando pidió honestidad?

—Buen día… —dijo al fin, con una voz que no reconoció—. Qué pena interrumpir.

No esperó respuesta. No hubo lágrimas, solo una retirada digna y veloz. Dio media vuelta y salió al pasillo, donde las miradas de los empleados que antes la incomodaban, ahora le quemaban.

—¡Luci, amor, espera! —Elías reaccionó tarde, corriendo hacia la puerta.

—¿En serio, Eli? —soltó Vanessa, con un tono cargado de decepción. Le clavó los documentos en el pecho con fuerza antes de salir tras Luciana.

Elías se quedó inmóvil unos segundos, con el peso del papel en las manos y el vacío en el pecho.

—En la noche hablas con ella y calmas esa rabieta. Ahora tenemos que resolver esto con urgencia; hay gente muy importante involucrada en esto y no podemos hacerlos esperar—Paula señaló los documentos y la puerta con una seguridad absoluta—. Te espero en el auditorio—Salió sin mirar atrás.

Elías apretó los papeles entre las manos. La empresa reclamaba su atención inmediata. Luciana reclamaba su presencia. Eligió atender lo primero, sin saber que esa decisión le pasaría una factura que ninguna de sus cuentas bancarias podría pagar.