GEOMETRIA DE 3 VIII
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VIII

—Hola, guapo —dijo Paula, acercándose con esa naturalidad que Elías recordaba demasiado bien. Le dio un beso que rozó peligrosamente la comisura de los labios—. Qué perdido has estado… ya casi no contestas mis llamadas.

Elías no retrocedió. Se obligó a mantener la columna rígida, aunque el contacto fugaz de su piel disparó un eco de memoria que detestó reconocer.

—Ocupaciones que nunca faltan, Paula —respondió con voz neutra, mientras organizaba la información para su próxima junta.

Ella sonrió, notando la barrera, pero sin intención de respetarla.

—Afortunadamente, estos días nos veremos con frecuencia —añadió, invadiendo su espacio personal con una confianza absoluta—. Y me gustaría retomar un poco… lo que quedó pendiente la última vez.

Elías le sostuvo la mirada. Internamente, se recordó que cada palabra de Paula era un anzuelo diseñado a su medida; ella conocía el tono, el perfume y la distancia exacta que solía desarmarlo. Se obligó a no parpadear, manteniendo el control de su lenguaje corporal.

—Esta vez el enfoque es estrictamente profesional —sentenció levantando los documentos que tenía en su mano—. Además, he venido con Luciana.

Paula frunció apenas el ceño, fingiendo un esfuerzo de memoria que pretendía restarle importancia a la mujer que ahora ocupaba el lugar que ella creía suyo.

—¿Luciana? No recuerdo cuál de tus conquistas temporales sea... pero que la hayas traído hasta aquí… —Sonrió con una ironía cargada de veneno—. ¿Debo preocuparme?

—¿Preocuparte por qué? —preguntó él. Su tono era gélido, aunque por dentro sentía la punzada de la provocación.

—Por el espacio que ocupas en mi vida… y el que yo ocupo en la tuya.

Elías guardó un silencio de ejecutivo, calculando su siguiente movimiento para no caer en el juego emocional. Sabía que Paula estaba apelando a la nostalgia de lo que fueron, a esa química que alguna vez lo cegó. Pero esta vez, el rostro de Luciana apareció en su mente como un ancla de realidad.

—Esos espacios ya se cerraron, Paula —dijo con una firmeza que nació de su voluntad, no del instinto, pasando su mirada de los documentos al rostro de ella—. Mi prioridad es Luciana. No hay lugar para más.

Paula soltó una risa breve y se inclinó hacia él, dejando que su perfume —ese aroma que él solía asociar con el deseo— lo invadiera. Susurró al borde de su oído:

—Recuerda, Elías… lo que me gusta, lo tomo. Y tú siempre me has gustado demasiado.

Elías se quedó inmóvil, como una estatua de granito. Hizo un esfuerzo consciente por no inhalar ese aroma, por no dejar que sus sentidos traicionaran su decisión. Sentía el pulso acelerado en su cuello, pero su rostro permaneció impasible, una máscara perfecta de indiferencia.

—Doctor Elías, doctora Paula —anunció una voz desde el pasillo—. Los esperan en la sala de juntas.

Ambos recuperaron de inmediato su blindaje profesional. Elías ajustó los puños de su camisa con un gesto mecánico y pulcro, exhalando mentalmente la tensión acumulada, y caminaron hacia la reunión con la espalda recta, borrando cualquier rastro de lo ocurrido bajo un manto de rigor protocolario.

▲ △ ▲

Las jornadas en la oficina fueron arduas, largas, marcadas por reuniones constantes que en dos ocasiones se extendieron hasta el anochecer. David se mostraba satisfecho al ver a Elías y Paula trabajando en sintonía; no perdía oportunidad para forzar situaciones que los obligaran a permanecer a solas. Para él, esa cercanía no era solo eficiencia laboral, sino un regreso al orden que siempre había proyectado para su heredero.

Paula, por su parte, sabía leer cada silencio y cada espacio. Aprovechaba cualquier descuido para desplegar un coqueteo inteligente, con esa naturalidad elegante que la caracterizaba. Para Elías, como hombre y con la historia que los unía, no era sencillo ignorarlo. La veía tal como siempre había sido: admirable por su profesionalismo, deslumbrante por su belleza y dueña de una sensualidad que no necesitaba de exageraciones para hacerse sentir. Era un recordatorio constante de la sofisticación fría que solía definir su mundo, un contraste absoluto frente a la sencillez y calidez genuina de Luciana.

Mientras tanto, Victoria y Vanessa mantenían a Luciana ocupada. Compras, museos y recorridos por la ciudad llenaban sus horas. Entre risas, confidencias y largas caminatas, fue creciendo una familiaridad sincera. Luciana se sentía incluida, acogida, aprendiendo a habitar un mundo de privilegios que empezaba a resultarle extrañamente cómodo.

Sin embargo, en los silencios del trayecto, la sombra de la oficina se proyectaba sobre ella. Vanessa, con esa espontaneidad que a veces resultaba punzante, dejaba escapar comentarios sobre lo brillante que era Paula en las negociaciones o cómo su astucia había salvado proyectos en el pasado. Luciana escuchaba con una sonrisa educada, asintiendo ante la evidencia del talento de la otra mujer, mientras hacía un esfuerzo consciente por no dejar que la admiración de su cuñada se convirtiera en su propia duda. Se obligaba a evadir los pensamientos que la llevaban a imaginar a Elías compartiendo escritorio, estrategias y miradas con alguien que hablaba su mismo idioma de cifras y poder. Luciana quería mantener la postura, convenciéndose de que su lugar en la vida de Elías no se medía en activos de poder o influencia, sino en esa complicidad silenciosa que solo ellos compartían.

Al final del día, Elías trataba de reunirse con ellas. Compartían la cena e intercambiaban anécdotas breves, antes de regresar al hotel, agotados por jornadas tan distintas y, a la vez, tan intensas. Allí, lejos de las miradas ajenas y el ruido de las ambiciones, descansaban tras un rito de amor o, simplemente, caían rendidos en un sueño temprano, abrazados por el cansancio.

Luciana le preguntaba con frecuencia por su día. Elías respondía con discreción, mencionando a Paula solo de pasada y siempre desde un matiz estrictamente profesional. Ella, aunque escuchaba con atención, evitaba profundizar. No quería forzar respuestas que temía no saber procesar, prefería habitar esa burbuja de confianza que, a veces frágil, era lo único que la mantenía en pie en ese viaje.