GEOMETRIA DE 3 VII
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VII

—Amor —dijo Elías, usando ese distintivo que entre ellos ya significaba algo más que una palabra—. Tengo que viajar a Estados Unidos. Son unas reuniones por la expansión que vamos a hacer hacia Europa. Quiero que vengas conmigo.

Luciana se quedó en blanco. No solo por la propuesta, sino por la premura. No sabía que debía viajar, y mucho menos tan pronto.

—¿Y mi trabajo? —preguntó al fin—. No puedo irme así.

Elías la miró con una mezcla de calma y seguridad, como si la respuesta fuera obvia para él.

—Luci, te lo he dicho mil veces. Por tu trabajo no te preocupes. Tú no necesitas trabajar. Estás conmigo —hizo una pausa breve—. Y, además, ya te lo he repetido: podrías trabajar en mi empresa. Serías un elemento excelente.

Luciana negó despacio con la cabeza.

—Amor, ya lo hemos hablado muchas veces —respondió con suavidad, pero con firmeza—. Y sabes lo que pienso: «cada uno en su territorio».

Elías no insistió. La conocía lo suficiente para entender que esa no era una resistencia momentánea, sino una convicción.

Esa misma noche, Luciana habló con sus padres. Organizó las vacaciones que tenía pendientes en el trabajo y dejó todo dispuesto para el viaje. Aceptar no había sido una decisión ligera. Para ella, ese viaje significaba mucho más que acompañarlo: implicaba entrar de lleno en el mundo de Elías.

Mientras preparaba la maleta, la incertidumbre comenzó a instalarse. Iba a conocer a su familia. Y, según lo que había escuchado en las conversaciones entre Elías y su padre, no podía evitar el temor de no saber cómo sería recibida. Dudaba de si ella misma podría manejar esa situación, de si estaría a la altura de lo que ese mundo esperaba.

Aun así, decidió ir.

▲ △ ▲

Llegaron a la casa familiar de Elías. Era una propiedad imponente, una arquitectura de líneas impecables que desbordaba un lujo silencioso y absoluto. Luciana se detuvo un momento antes de entrar. El lugar no solo era precioso, sino que respiraba el poder acumulado de generaciones. Cada detalle, desde los jardines perfectamente diseñados hasta la altura de los techos, le recordaba que estaba pisando un territorio donde las reglas eran distintas.

Allí fueron recibidos por su hermana menor, Vanessa, una joven de diecisiete años desbordante de energía. Apenas vio a Elías, se le lanzó encima sin pudor.

—¡Eli! —exclamó—. ¡Qué alegría tenerte acá!

Luego se detuvo de golpe, lo miró con picardía y clavó los ojos en Luciana.

—Ahhh… ¿así que ella es la que te robó mi atención? —sonrió—. Mucho gusto, Vanessa. Eres más hermosa de lo que pensé.

Luciana sonrió, algo sorprendida por la efusividad.

—No le hagas caso, querida —intervino la madre con una sonrisa cómplice. Se acercó a Elías y lo envolvió en un abrazo cálido—. Mi vida, como siempre, me hace feliz que vengas a casa.

Luego miró a Luciana con ternura.

—Y tú debes ser Luciana. Bienvenida a nuestra casa.

—Mucho gusto, señora Victoria. Muchas gracias, es un placer conocerlas —respondió ella con respeto.

—Por favor, Luciana —corrigió la mujer con suavidad—. Solo Victoria.

Elías observaba la escena en silencio, con una sonrisa tranquila.

—Perdona a Vanessa, Luci —dijo Elías—. Siempre ha sido así, acaparando la atención.

—Y no pienso cambiar —respondió la joven, guiñándole un ojo a Luciana—. Además, creo que tú y yo vamos a llevarnos muy bien.

Entraron a la casa y, con el paso de los minutos, Luciana comenzó a relajarse. Se sintió genuinamente acogida. Tanto Victoria como Vanessa la hicieron sentir cómoda, incluida, como si siempre hubiera formado parte de ese espacio.

Vanessa no dejaba de buscarla, de hablarle, de bromear, de hacerle creer —con una naturalidad contagiosa— que podían convertirse en grandes amigas. Victoria, por su parte, había congeniado con Luciana desde el primer momento. Y, más allá de cualquier formalidad, había notado algo que la tranquilizaba profundamente: ese brillo particular en los ojos de Elías, una felicidad serena que no necesitaba explicación.

—¿Y papá? —preguntó Elías.

—Ya sabes… adicto al trabajo —respondió Victoria—. Seguramente te espere más tarde en la oficina. Pero prefiero que ahora te quedes con nosotros el resto de la tarde. Hace cuánto que no te veo, hijo… además, quiero que se instalen en tu cuarto y descansen un poco.

Elías intercambió una mirada breve con Luciana antes de responder.

—Mamá… Luciana y yo nos quedaremos en un hotel —dijo, con suavidad.

Victoria frunció levemente el ceño, sorprendida.

—¿Qué? ¿Pero por qué, hijo? Esta es tu casa. Casi no te veo, y cuando vienes me dices que te quedarás en un hotel…

—Conociendo a papá, creo que es lo mejor —explicó él—. No quiero que Luciana se sienta incómoda. Además, te prometo que nos veremos todos los días mientras estemos aquí. Es más —añadió, sonriendo—, podrías llevarla a conocer la ciudad mientras yo esté ocupado en las reuniones — Miró a Luciana—. ¿No te molesta, amor?

—Para nada —respondió ella enseguida—. Yo encantada, siempre que no interfiera con sus ocupaciones, Victoria.

—¿Y yo qué? —interrumpió Vanessa, fingiendo indignación—. ¿Acaso no existo?

Luciana sonrió.

—Claro que sí. Es obvio que tú no puedes faltar.

—Bueno —dijo Victoria, visiblemente complacida—, la idea me parece fantástica. Nos divertiremos mucho.

—Mmm… —murmuró Elías, con tono juguetón—. Espero no arrepentirme de haber propuesto esto. No quiero que me acaparen a mi novia y luego no tenga tiempo para mí.

Todos rieron.

Por un instante, la casa se llenó de una ligereza que hacía olvidar cualquier tensión pendiente. Al menos por ahora.

▲ △ ▲

Al final de la tarde, Elías y Luciana ya se disponían a irse cuando Victoria los detuvo.

—Quédense a cenar —pidió—. David vendrá directo desde la oficina. Quiere verlos.

A Elías no le gustó la idea. Su gesto lo delató de inmediato. Luciana, en cambio, intervino con calma.

—Está bien —le dijo a Elías—. Mejor salir de eso de una vez.

Elías la miró un segundo y asintió. Pensó lo mismo, aunque no lo hubiera dicho. David llegó poco después.

—Hola, papá —saludó Elías, extendiéndole la mano.

David la tomó solo un instante y lo atrajo hacia él para darle un abrazo firme, de esos que, más que afecto, parecen una orden.

—Me alegra mucho que estés aquí, hijo —dijo—. Aunque te esperaba en la oficina.

—Ay, David —intervino Victoria—, yo lo convencí para que se quedara un rato con su mamá, que tanto lo extraña.

—Siempre consintiéndolo —respondió él, sin perder el tono serio—. Recuerda que no vienes de paseo. Hay mucho por organizar para la apertura de la sucursal.

—Lo sé, papá. Eso lo tengo claro —respondió Elías—. Mira… ella es Luciana. Ya te he hablado de ella.

Luciana dio un paso al frente y extendió la mano.

—Mucho gusto, señor David.

Él la miró apenas un segundo, antes de estrecharle la mano con una formalidad gélida.

—Qué tal, señorita… —dijo, dejando el nombre en el aire como si no valiera la pena recordarlo—. Bueno, vamos a cenar. Muero de hambre.

Elías tomó la mano de Luciana con fuerza, como pidiéndole disculpas en silencio. Ella le devolvió una mirada cálida, tranquilizadora. «No te preocupes» parecía decirle.

Durante la cena, la conversación giró casi por completo en torno a la empresa. David llevaba el hilo con naturalidad, como si nada más existiera. Entre risas y comentarios, Vanessa hacía esfuerzos visibles por incluir a Luciana, lanzándole preguntas y miradas cómplices, pero David las ignoraba por completo y retomaba el tema una y otra vez.

—Ya hablé con Paula —dijo de pronto—. A partir de mañana se unirá a las reuniones. —Hizo una pausa breve para observar la reacción de su hijo, el cual levanto la mirada bruscamente—. Ustedes hacen un excelente equipo. Con sus ideas, sus contactos y esas alianzas estratégicas que ella maneja tan bien... alianzas que en este nivel son necesarias para mantener el orden y proteger lo nuestro. Este proyecto será mucho más grande de lo previsto.

Elías resopló y puso los brazos sobre la mesa.

—No me habías dicho nada de Paula, papá.

David lo observó con gesto incrédulo.

—No entiendo. Hablas frecuentemente con ella. ¿Cómo no lo sabías?

Luciana miró a Elías con una expresión contenida, incrédula. No era reproche aún, pero sí una pregunta suspendida en el aire que pesaba más que el silencio de la sala. Él la sintió de inmediato.

—No, papá —respondió—. Hace mucho que no hablo con ella con frecuencia. Y creo que era tu deber habérmelo dicho.

El silencio se instaló en el comedor, denso y asfixiante.

—Aquí estamos hablando de empresa, no de sentimentalismos —sentenció David—. Las decisiones se toman según lo que es mejor para la compañía. Y como ya dije, ustedes dos hacen un gran equipo.

Se levantó de la mesa.

—Ahora me retiro. Mañana tenemos reunión a las siete en punto. Que pasen buena noche.

David salió sin mirar atrás. El silencio quedó suspendido unos segundos más. Luciana bajó la mirada lentamente hacia su plato. Elías la observó, sabiendo que algo acababa de cambiar, aunque todavía no se hubiera dicho en voz alta.

La noche, que había comenzado liviana, se estaba volviendo de plomo.

▲ △ ▲

Instalados en el hotel, el silencio se volvió casi incómodo. No era hostil, pero pesaba.

—Siento mucho lo de mi padre —dijo Elías al fin—. Y te pido perdón… sé que te hizo sentir incómoda.

Luciana respiró hondo antes de responder.

—No quiero ser una novia tóxica, ni celosa, ni controladora —dijo con calma—. Sé que hubo algo entre Paula y tú, y sé que fue mucho más de lo que has estado dispuesto a decirme. ¿Por qué no lo haces? No lo sé… solo quiero asumir que es parte de tu pasado. —Lo miró a los ojos con fijeza—. Solo te pido honestidad, porque ahora resulta que vas a compartir jornadas enteras con ella en un escenario que, supuestamente, no estaba en tus planes. Si en medio de esa convivencia forzada vuelve a despertarse algo… quiero saberlo.

—¿Qué? No, no, amor… eso no va a pasar —respondió él de inmediato, acortando la distancia entre ambos—. Mis sentimientos hacia ti están claros, y mis prioridades también. Sé que este escenario con Paula parece una emboscada de mi padre, y créeme, para mí también lo es. Pero que ella esté en la oficina o en la misma mesa de juntas no cambia el hecho de que mi mundo empieza y termina contigo.

Ella lo interrumpió, sin elevar la voz, pero con una firmeza que cortaba el aire.

—Solo prométemelo.

Elías dudó un segundo, buscando las palabras exactas para que ella entendiera su seguridad.

—No siento que deba prometer nada sobre un riesgo que para mí no existe, Luciana —insistió, pero al ver la sombra de duda en los ojos de ella, cedió con una ternura que desarmaba—. Pero si eso te da paz, te lo prometo.

Se pasó la mano por el cabello, exhalando con lentitud como si ordenara sus pensamientos frente a la presión de su padre. Luego, apartó con delicadeza un mechón del rostro de Luciana y lo acomodó detrás de su oreja. La atrajo hacia sí hasta que la distancia desapareció y la respiración se volvió una sola.

—Yo te amo, Luci —susurró—. Te amo más de lo que creí posible. Quédate con eso… siente esto. —Tomó la mano de ella y la llevó a su pecho, presionándola contra el latido rítmico de su corazón—. Mi corazón late solo por ti. Mi cuerpo desea solo el tuyo. Tu rostro, tus labios… eres lo único que quiero.

—Y yo te amo tanto a ti, perdóname, solo siento miedo—confesó Luciana.

—No hay por qué sentirlo amor.

La besó con una ternura profunda, una sed que parecía querer borrar el mal sabor de la cena. Sus manos recorrieron su cuerpo, reconociéndola a través de la tela, antes de desnudar con caricias lentas cada espacio de su piel. Las respiraciones se aceleraron, buscándose en el aire compartido.

La recostó sobre la cama y la giró con lentitud. Su boca descendió por su nuca y su espalda, dejando un rastro de besos insistentes, mientras sus manos se anclaban en sus caderas con una presión que buscaba aniquilar cualquier duda. Le susurró cuánto la deseaba, no con la voz del ejecutivo que Luciana había visto en la cena, sino con la del hombre que se sentía morir si no la tenía cerca.

Luciana gemía con cada contacto, sintiendo esa electricidad que la invadía desde la primera vez, pero cargada ahora de una urgencia nueva. Se arqueó bajo él, entregándole su espalda y su aliento. Elías deslizó una mano hacia su pelvis, empapándose de la esencia exquisita de su sexo; la acarició con una insistencia febril, llevando luego sus dedos a su propia boca y a la de ella, compartiendo el sabor de su entrega en un ciclo de deseo puro. Con la otra mano abarcaba su seno, mientras ella se perdía en el placer, reclamando más de aquel hombre que la enloquecía.

Se giró, quedando frente a él, con los ojos nublados por la pasión.

—Te deseo, te necesito… te quiero en mi boca, te quiero todo —le susurró, mientras lo obligaba a incorporarse para buscar esa erección que la obsesionaba. Lo besó, lo devoró con un frenesí que arrancó gemidos roncos de Elías.

—Oh, Luci… voy a…

Ella se enderezó, impaciente.

—Te quiero dentro. Quiero llegar contigo… te necesito ahora.

Él la reclamó sobre la cama y se fundieron en esa sintonía que solo ellos conocían. Elías la penetró con una fuerza que era, al mismo tiempo, una súplica y una posesión, dejando que el deseo se convirtiera en el único refugio seguro frente a la tormenta que su padre había desatado. Susurraron sus nombres una y otra vez, como un mantra que los mantenía unidos en aquel hotel, lejos de las alianzas, de los socios y de las sombras de Paula.

Y así, una vez más, la noche se llenó de una verdad muda. Un amor dicho sin palabras, como si el roce de sus cuerpos fuera el único idioma capaz de desmentir cualquier intriga. Como si, por unas horas, el resto del mundo hubiera dejado de existir.