GEOMETRIA DE 3 VI
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Aunque la mayoría de las noches Mateo cumplía con el ritual de sentarse frente a su casa, había otras en las que el barrio dejaba de ser su refugio. En esas ocasiones, el taller —esa ancla que tranquilizaba a los vecinos y mantenía a salvo la paz de su madre— se quedaba a oscuras antes de tiempo. Mateo no regresaba a dormir; en su lugar, se dirigía a donde empezaba su mundo real. Lejos de las calles conocidas, en bodegas de techos altos y herramientas que no se usaban para reparar, sino para diseccionar.

El dinero llegaba sin horarios y se movía igual que él: rápido, sin dejar rastro. En parte lo acumulaba, en parte lo guardaba o lo derrochaba sin culpa. Pero había otra parte que entregaba con mano abierta: financiaba actividades para los niños y garantizaba mercados para las madres solteras del barrio. No lo hacía en silencio; el barrio sabía que podía contar con él, y ese agradecimiento colectivo era el escudo que lo protegía. Su vida afectiva, en cambio, era igual de pasajera: nada de compromisos, fiestas, mujeres y, en alguna ocasión, empujado por el exceso de licor, orgías; todo lo que el medio prometía. A veces lo saciaban; otras, lo dejaban más vacío que antes.

Sosteniendo la cerveza, después de haber visto a Luciana con Elías, entendió algo que siempre había evitado nombrar. Ese deseo de vida desbordada era también lo que lo había alejado de ella. Sentía que la pulcritud de Luciana no podía ensuciarse con sus vicios, ni con el rastro de aceite y metal robado que parecía llevar siempre bajo las uñas. Nunca quiso arrastrarla a un territorio que él mismo no sabía habitar con mesura.

En ese ambiente, mateo:

no era «el vecino de Luciana».

No era «el hijo de Marta».

Era solo Mateo.

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Mientras vivía esta relación con Luciana, Elías seguía bajo el acoso frecuente de su padre. Le recordaba una y otra vez sus compromisos con la empresa —algo que a él no le molestaba— y, con mayor insistencia aún, su relación pasada con Paula. Esto último sí lo incomodaba.

Paula era una mujer completa: profesional, exitosa y con un estatus impecable. Desde afuera, siempre pareció la pareja ideal. Sin embargo, esa misma fortaleza se había convertido en su punto de quiebre. Entre ellos siempre existió una competencia silenciosa, una necesidad constante de ella por sobresalir, incluso frente a Elías. Él empezó a intuir que, a largo plazo, ese equilibrio sería imposible de sostener.

Fue esa percepción —más que una falta de amor— lo que lo llevó a terminar la relación antes de que ella se mudara a Estados Unidos. Decidieron mantenerse cerca, en un vínculo que mezclaba lo afectivo con lo laboral, ya que sus padres seguían siendo socios comerciales. Jamás expusieron las fisuras de su lazo ante los demás, para el mundo de los negocios, ellos seguían siendo el estándar de oro.

Nunca dejaron de tener contacto. En el pasado, durante los viajes de negocios que Elías realizaba a Estados Unidos o a cualquier otra ciudad del mundo que sirviera de escala para sus ambiciones, los encuentros por temas de la empresa, terminaban inevitablemente en una colisión física que rozaba lo frenético. Bajo las luces de hoteles impersonales, lejos de las juntas y las cifras, el profesionalismo que los separaba de día se convertía de noche en una fricción de erotismo puro; un hambre que no buscaba ternura, sino una descarga absoluta que los dejaba exhaustos. Sin embargo, desde que Luciana entró en su vida, Elías no había vuelto a viajar. Intentaba, con un esfuerzo consciente, que la relación con Paula se mantuviera estrictamente en lo laboral, levantando un muro de contención sobre un terreno que antes solía arder.

Esa parte de su vida la compartía con Luciana con mucha mesura. En el fondo, aun sintiendo con claridad lo que lo unía a ella y convencido de que lo de Paula debía ser un capítulo cerrado, no sentía la necesidad de profundizar en los detalles de una inercia que estaba intentando detener.