V
Surgió entre Luciana y Elías una relación de armonía efusiva, donde el coqueteo, combinado con la simplicidad, se había convertido en su mayor aliado. Nada parecía forzado; todo fluía con una naturalidad que resultaba evidente incluso para quienes los observaban desde lejos. Era una cercanía tranquila, segura, difícil de cuestionar.
Mateo fue uno de los primeros en notarlo.
Desde el antejardín de su casa, veía con creciente frecuencia cómo Luciana llegaba acompañada de ese hombre. Era pulcro, impecable. Se notaba a leguas que era uno de esos oligarcas que él tanto despreciaba. Su forma de vestir, de moverse, e incluso su manera de esperar dentro del auto, delataban que pertenecía a un mundo al que Mateo nunca había querido—ni podido— acceder. Caminaba con la seguridad de quien sabe que nada le será negado. No lo conocía, pero su sola presencia dejaba claro que había algo más que una simple cortesía entre ellos. La forma en que ella descendía del auto, la cercanía de sus cuerpos y los gestos mínimos —una mano tomada, o una simple sonrisa— hablaban por sí solos, hiriendo el orgullo de Mateo más que cualquier insulto.
Sentía una impotencia densa, difícil de manejar. Saber que no podía reclamar nada lo desgastaba. Observaba cómo Elías le tomaba la mano y la acompañaba hasta la puerta; a veces, incluso entraba y permanecía allí durante horas. Mateo seguía cada movimiento, incluso cuando estaba acompañado por alguna novia pasajera; ni siquiera entonces ese sentimiento punzante lo dejaba en paz. Se le sumaba una rabia sorda, que muchas veces no lograba disimular frente a los suyos.
A veces, Luciana lo miraba desde la distancia y le regalaba una sonrisa breve. Ese gesto, lejos de aliviarlo, le dejaba una sensación ambigua: una mezcla de cercanía y despedida. Más de una vez pensó en contactar a algunos de sus aliados en el bajo mundo para hacerle daño a Elías. La idea aparecía sin ser llamada, se instalaba con violencia y luego se iba, como una sombra recurrente. Lo detenía un único límite: la relación que aún conservaba con Luciana, aunque ya fuera lejana, aunque se sintiera cada vez más frágil. Mientras ella siguiera mirándolo con esa familiaridad, no podía cruzar esa línea.
En una de esas ocasiones, cuando Elías dejaba a Luciana en casa, Mateo no aguantó el impulso y cruzó la calle, decidido.
—Luciana —llamó.
Ambos giraron al escucharlo.
—Veo que estás muy bien acompañada —dijo Mateo, forzando una neutralidad que sus ojos desmentían.
—Hola, Mateo —respondió ella—. ¿Cómo estás?
Mateo desvió la mirada hacia el extraño. —¿Usted es…? —preguntó, directo.
Elías dio un paso al frente con una calma impecable y le extendió la mano. —Mucho gusto. Elías.
Mateo sostuvo la mano un segundo más de lo necesario, midiendo la fuerza antes de soltarla. En ese gesto breve y tenso se condensó todo lo que ninguno de los dos dijo. Fue Mateo quién retiró el mano primero.
—Así que… —dijo, acomodándose la postura— no lo había visto antes por aquí —mintió.
—Qué raro, vengo con frecuencia, aunque es la primera vez que coincidimos —respondió Elías sin inmutarse—. Luciana me ha hablado de usted.
Luciana sintió un leve sobresalto. No recordaba haberlo hecho, o al menos no con la carga que ahora parecía tomar la frase.
—¿Ah sí? —replicó Mateo, ladeando la cabeza—. ¿Y qué le ha dicho?
Elías no respondió de inmediato. Fue una pausa medida, de alguien acostumbrado a controlar las conversaciones.
— Que crecieron juntos. Que es parte de su historia.
Mateo esbozó una sonrisa breve, casi irónica.
—Las historias cambian.
Luciana intervino, intentando suavizar el aire que ya pesaba demasiado.
—Mateo es como de la familia —aclaró—. Vivimos casi frente a frente desde siempre.
—Sí, algo me has dicho —asintió Elías.
Mateo apretó la mandíbula, sintiéndose observado y evaluado por el otro
—En cambio, yo no sabía de usted… ¿Elías?
—Sí, Elías.
El silencio cayó entre los tres. Un silencio espeso, incómodo, roto solo por el ruido lejano de una televisión encendida dentro de la casa.
—¿Vas a pasar? —preguntó Luciana a Mateo, rompiendo la tensión—. ¿O ya te ibas?
Mateo la miró. Por un instante, quiso decir tantas cosas que ninguna encontró salida
—Solo saludaba. No quiero interrumpir.
—No estás interrumpiendo —dijo ella, con una sonrisa sincera que dolió más que un insulto.
Mateo asintió despacio
—Bueno… me alegra verte bien, Luci.
—Gracias.
—Que estén bien —añadió Mateo, ignorando a Elías esta vez.
—Igualmente —respondió el otro.
Mateo se dio la vuelta y regresó a su casa sin apresurarse. No necesitaba mirar atrás para saber que Luciana seguía allí, observándolo partir antes de tomar de nuevo la mano de Elías.
—Entremos —dijo ella, entrelazando sus dedos con los de él, en un gesto natural.
▲ △ ▲
Mateo cruzó la calle sin mirar atrás, pero cada paso le pesaba como si avanzara en contra de algo invisible. Entró a su casa y cerró la puerta con cuidado, evitando el golpe seco que delatara su estado ante su madre, que ya dormía.
El silencio lo recibió. Sin consuelo.
Se apoyó contra la pared, respiró hondo y pasó una mano por su rostro. La escena se repetía en su cabeza con una claridad incómoda: la forma en que ese hombre de altas esferas había hablado, tranquilo, sin necesidad de imponerse; la manera en que Luciana había permanecido a su lado, sin retroceder, sin buscar refugio en él como antes.
Destapó una cerveza y la dejó intacta sobre la mesa. No tenía sed. Tenía rabia.
Pensó en todo lo que no dijo. En lo que se guardó por orgullo, por miedo, por no romper del todo ese hilo frágil que aún lo unía a ella. Se sentó y apoyó los codos sobre las rodillas, mirando un punto fijo que no veía. No era solo Elías, era lo que representaba. El lugar que había ocupado en ella.
Mateo sabía esperar. Siempre lo había hecho. Pero también sabía que, cuando algo se le escapaba de las manos, la paciencia podía transformarse en otra cosa. En algo más oscuro, más impulsivo. Desde la ventana, miró hacia la casa de Luciana. Las luces seguían encendidas.
Apretó la mandíbula.
No eran solo celos. Era la certeza de haber llegado tarde a una verdad que siempre estuvo ahí. Luciana ya no pertenecía a ese espacio ambiguo donde él podía mirarla sin decidirse. Ahora alguien más ocupaba ese lugar con legitimidad, con presencia, con calma. Eso era lo que más lo desarmaba.
Pensó de nuevo en sus contactos, en las posibilidades que siempre estaban a un mensaje de distancia. El impulso apareció de nuevo, breve pero feroz. Esta vez no era rabia: era pérdida.
Y esa, supo, era mucho más peligrosa.
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—Hola, mamá. Hola, papá.
Luciana entró a casa acompañada de Elías. Sus padres ya se habían familiarizado con él y, al reconocerlo como un buen muchacho, le tenían un aprecio genuino. Su presencia no resultaba extraña; por el contrario, con el paso del tiempo se había integrado con naturalidad a la dinámica del hogar.
Luciana y Elías comenzaron a turnarse los lugares de estudio. Muchas veces lo hacían en el apartamento de él, otras, en la casa de ella. Sin embargo, en el recinto de Elías, el rendimiento académico rara vez era el esperado. La soledad del lugar, el silencio espeso y la cercanía inevitable iban desarmando cualquier intento de disciplina.
Cada pausa se transformaba en un beso, y cada beso en una distracción insostenible. Sus cuerpos se buscaban con esa urgencia que la costumbre solo había logrado intensificar, hecha de respiraciones quebradas, piel que quemaba y manos que, tras agotar las rutas conocidas, se hundían con una voracidad nueva en territorios que aún no habían terminado de explorar. Había una humedad densa en los gestos, en los labios, en el aire mismo; contactos inevitables que comenzaban con una caricia y terminaban reclamándolo todo: a veces con una violencia sorda que les devolvía la vida, y otras con la lentitud y la ternura de quienes se detienen a reconocer cada relieve de la anatomía del otro.
Ella se inclinaba sobre los apuntes y él se acercaba demasiado, atrapándola contra el borde de la mesa para señalar una cifra; el choque de sus cuerpos bastaba para que el latido se disparara. Los libros quedaban abiertos, testigos mudos de cómo el orden se hacía pedazos. No hubo rincón del apartamento que no terminaran por escudriñar bajo el pulso eléctrico del deseo; convirtieron cada superficie, desde la frialdad implacable del granito en la cocina hasta la penumbra asfixiante del pasillo, en un escenario para su propia rendición. No se conformaron con lo habitual; cada encuentro era un mapa que volvían a desgarrar, una forma de habitar aquellas paredes donde el sexo nunca era una rutina, sino un asalto nuevo que la piel no sabía rechazar.
Cuando intentaban retomar el estudio, el instinto se imponía de nuevo, recordándoles que allí, en ese refugio que se negaba a ser domesticado, el deseo siempre tenía la última palabra.
Por eso optaban con mayor frecuencia estudiar en casa de Luciana. Allí, la presencia de sus padres marcaba un límite claro. El respeto que ella les profesaba —y que Elías entendía sin necesidad de palabras— hacía imposible cualquier exceso. En ese espacio, el estudio recuperaba su orden y la disciplina encontraba su lugar, aun cuando el deseo insistía en hacerse notar.