III
—No tenías por qué quedarte —dijo Luciana, acomodando los papeles entre sus manos sin mirarlo directamente—. Puedo hacerlo sola.
—Lo sé —respondió Elías con naturalidad—. Pero me pareció que dos pares de manos pueden ayudar más que uno —añadió, mientras la ayudaba a acomodar el evidente caos que por un momento se formó en su escritorio.
Ella levantó la vista apenas un segundo, lo suficiente para cruzar su mirada con la de él. Le sorprendió la impecable pulcritud de su aspecto, su aplomo natural y una imponencia que lograba ordenar el espacio a su alrededor sin necesidad de palabras. Había algo en su forma de hablar que no invadía, pero tampoco se retiraba; una templanza tranquila que a Luciana la ponía un poco a la defensiva.
—¿Sueles ser así de servicial con todo el mundo? —preguntó ella, intentando restarle importancia al momento con un toque de ironía.
—Solo con las personas que parecen tener un objetivo claro —contestó él, esbozando una sonrisa leve—. Y tú, te ves cómo alguien que no pierde el tiempo.
Luciana frunció el ceño. No sabía si aquello era un cumplido o una crítica a su evidente apuro.
—No suelo perderlo, no. Por eso mismo, no es necesario que te molestes.
—No es una molestia —admitió Elías—. A veces, observar lo que pasa alrededor es más interesante que salir corriendo en cuando termina la clase.
El silencio se instaló entre ellos, breve pero significativo. El ruido del pasillo alrededor parecía diluirse, dejando solo la presencia de ambos en medio del aula vacía.
—Gracias —dijo Luciana al fin, cediendo un poco—. No esperaba que nadie se fijara en el lío que tenía con el ensayo y con todo esto—señalando su escritorio.
—Pues… a veces lo que más se nota es precisamente lo que intentamos que pase desapercibido.
Elías bajó la mirada hacia los apuntes que la ayudaba a organizar. Luciana no respondió de inmediato; guardó el último papel y suspiró, sintiendo que él había leído más de lo que ella estaba dispuesta a mostrar.
—Entonces… Elías —dijo, probando su nombre por primera vez—, ¿siempre eres así de observador?
Él río suavemente, restándole peso al momento.
—Solo cuando vale la pena prestar atención — la miró intensamente.
—Mejor no saques conclusiones tan pronto. No me conoces.
Sus miradas volvieron a encontrarse. Esta vez no hubo sorpresa, sino una curiosidad nueva y silenciosa. Ella mantenía su distancia, pero, por primera vez en el día, no sentía la necesidad de huir de una conversación.
▲ △ ▲
Luciana dudó antes de aceptar la ayuda. No porque desconfiara de Elías, sino porque no estaba acostumbrada a pedir apoyo; siempre le había parecido una forma disimulada de rendirse. Aun así, el cansancio pesó más que el orgullo, y terminó enviándole el ensayo esa misma noche con un mensaje breve y formal, limitándose a adjuntar el archivo sin dar explicaciones.
Se encontraron al día siguiente en una sala de estudio casi vacía. La luz de la tarde entraba filtrada por los ventanales, dibujando sombras largas sobre las mesas. El silencio era espeso, interrumpido apenas por el pasar ocasional de las páginas o el tecleo en el ordenador de algún estudiante a lo lejos.
Elías llegó primero. Cuando Luciana entró, él levantó la vista y asintió a modo de saludo. Ella agradeció ese gesto simple: no había preguntas incómodas sobre por qué lo entregaba tarde o por qué se veía tan agotada.
—Tienes una estructura muy sólida —dijo él, rompiendo la quietud mientras señalaba la pantalla de su laptop—. Pero en la segunda parte pierdes el hilo. Se nota que lo escribiste con prisa.
Para Elías, esta era su segunda maestría. Contaba con una formación académica impecable que, gracias a la homologación de materias, le permitía compartir créditos y horarios con los de Luciana. Esta base la complementaba con su experiencia en la empresa familiar, donde su padre lo preparaba rígida y meticulosamente para ser el próximo CEO del imperio. Esa mezcla de academia y poder real era lo que le daba esa seguridad casi instintiva e intimidante al hablar de finanzas.
Luciana, sentada frente a él con su mochila a un lado, se sintió un poco expuesta por su franqueza y abrumada por la contundencia de sus palabras. A pesar de su propio esfuerzo y de su promedio sobresaliente, escucharlo a él era como enfrentarse a un nivel de maestría que no se enseñaba en los libros. Se sintió como una aprendiz frente a un erudito, atónita ante la facilidad con la que él desmenuzaba en segundos lo que a ella le había tomado noches enteras de estudio.
—Tenía poco tiempo —se limitó a responder ella, manteniendo el tono neutral.
Elías hojeó el documento con cuidado, deteniéndose en los párrafos que había marcado.
—La capacidad está ahí, Luciana. Solo son errores de precisión. A veces, cuando uno quiere terminar rápido, descuida los detalles que realmente importan.
Ella bajó la vista hacia sus apuntes. No quería admitir que el «poco tiempo» era en realidad falta de horas de sueño. Ni explicar una rutina que no dejaba espacio para el descanso.
—A veces no hay otra opción que terminar rápido —dijo ella tras una pausa, sin entrar en detalles de su vida personal.
Elías la miró un instante, percibiendo la barrera que ella levantaba, y decidió no presionarla.
—Entiendo. Aun así, el análisis es brillante. También te sugiero un par de cambios en la conclusión para que tenga más fuerza. Míralos.
Volvieron al silencio. Trabajaron durante varios minutos, intercambiando observaciones breves y precisas sobre finanzas. Elías señalaba tecnicismos y Luciana corregía con rapidez. No había condescendencia en él, y para su sorpresa, tampoco necesidad de defenderse en ella; se sentían como dos colegas trabajando en un proyecto. Esa, casi igualdad, la tranquilizó más de lo que esperaba.
—Eres muy exigente contigo misma, ¿verdad? —comentó Elías de repente, mientras cerraba la carpeta del archivo.
Luciana soltó una risa breve, casi defensiva.
—¿Se nota tanto?
—Se nota en que no te permites ni un margen de error. Y en este nivel, eso puede ser agotador.
—Es la única forma de asegurar resultados —respondió ella, guardando sus cosas—. No todos tenemos el lujo de equivocarnos.
Elías se recostó en la silla, sosteniendo su mirada con una calma que a Luciana le resultó extraña. No era condescendiente ni distante; simplemente estaba ahí.
—Tal vez. Aunque, aceptar un poco de ayuda externa no arruina el resultado, solo lo hace más llevadero.
Luciana lo observó en silencio. No hubo confesiones dramáticas, aunque, sintió que alguien, no solo veía su trabajo, sino también el esfuerzo detrás de él.
—Gracias, Elías —dijo finalmente—. Por las correcciones y toda tu ayuda.
—No hay de qué. Es un buen ensayo; solo necesitaba un par de ojos frescos.
Caminaron juntos hacia la salida, manteniendo una distancia prudencial. Al llegar al pasillo principal, se detuvieron.
—Nos vemos en clase —dijo ella.
—Nos vemos, Luciana.
Ella se alejó más tranquila, con el alivio de haber terminado el ensayo. Elías la observó caminar hacia la salida de la universidad, notando que, aunque caminaba erguida y con paso firme, sus hombros delataban un peso que ella se esforzaba demasiado en ocultar. Sentía una curiosidad profunda por entender qué era lo que la mantenía tan a la defensiva, y, por primera vez en mucho tiempo, se permitió querer averiguarlo.
▲ △ ▲
Pasaron los días y, casi sin notarlo, Luciana dejó de sentirse sola. Elías se había convertido en más que un compañero de algunas de sus clases: era un apoyo constante, alguien con quien podía hablar de números, ideas y silencios sin sentirse juzgada. Profesional, inteligente, perspicaz… y, para su desconcierto, también profundamente atractivo. Esa combinación la desarmaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Estudiaban juntos con frecuencia. Muchas veces se reunían en el lujoso apartamento de él y, al terminar, Elías solía llevarla de regreso. Aquella rutina no pasó desapercibida para Mateo. Verla bajar en repetidas ocasiones de un carro de alta gama le produjo una sensación incómoda, difícil de aceptar. Era como si la protección que él siempre creyó ofrecerle ya no fuera necesaria, como si alguien más estuviera ocupando un lugar que nunca supo cómo reclamar.
Y entonces, apareció ese malestar sin nombre. No sabía si eran celos, la sensación de estar perdiendo a su amiga… o la certeza tardía de un amor que nunca se había permitido reconocer. Un sentimiento que llegaba tarde.
Así transcurrieron varios días más. La cercanía entre Elías y Luciana fue creciendo de forma natural, bien recibida por ambos. Él se había convertido en su aliado, en su lugar seguro dentro de una rutina exigente. Para Elías, ella seguía siendo su compañera de clase: una joven interesante, perspicaz, hermosa; el tipo de mujer que inevitablemente atraía miradas. Desde el primer día en que la vio entrar al salón, un poco desorientada, sintió el impulso de acercarse. Sin embargo, algo en ella lo hacía retroceder a tiempo. No quería invadir su espacio ni poner en riesgo lo poco, pero valioso, que habían construido. Prefería avanzar despacio antes que romper el equilibrio.
Luciana, en cambio, empezaba a pensar que quizá aquello que crecía entre ellos le quedaba grande, demasiado distante. Otro estatus, otra vida.
¿Cómo iba él a verla como algo más que una compañera de clase?
Una noche, rodeados de hojas llenas de cifras y apuntes, ambos exhaustos por la rutina, el teléfono de Elías vibró sobre la mesa. Al ver el nombre en la pantalla, frunció el ceño antes de responder.
—¿Sí? —dijo, alejándose unos pasos.
Luciana no escuchó las palabras, pero sí el tono. La conversación subió de intensidad en pocos segundos: frases cortas, una respiración agitada, un silencio tenso antes de que él colgara. Cuando Elías volvió, su expresión había cambiado por completo.
—¿Todo bien? —preguntó Luciana con cautela.
—Cosas de familia —respondió él, dejándose caer en la silla—. Mi padre cree que, porque compartimos el apellido y estoy a cargo de casi todo lo de la empresa, tiene derecho a manejar mi agenda.