GEOMETRIA DE 3 II
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Luciana corría por la universidad; el horario de su trabajo, al inicio de clases, apenas le daba tiempo para trasladarse de un lugar a otro. El campus le quedaba grande cuando el reloj iba en su contra. Con premura preguntó por el aula A7, donde daba inicio su primera clase. Al llegar, la sesión ya había comenzado hace algunos minutos y le resultó imposible pasar desapercibida ante sus compañeros.

—¿Señorita…? —interrumpió el profesor, mirándola con fijeza.

—Luciana… Luciana Ocampo —respondió ella, con la respiración entrecortada.

El profesor hizo un gesto algo incómodo y la invitó a entrar al salón. Un leve rubor le subió al rostro mientras se sentaba en el único espacio que quedaba libre. colocó el cuaderno sobre el escritorio e intentó concentrarse en la explicación, pero percibió cómo varias miradas recaían sobre ella. Ajustó su postura, tomó aire y bajó la vista, obligándose a escuchar.

Sabía que ese ritmo acelerado se convertiría en parte de su vida diaria y, aun así, no le importaba. Era el precio de avanzar.

Las mañanas comenzaban demasiado temprano; los desayunos eran apresurados y los almuerzos, cuando los había, apenas alcanzaban a ser probados. Dependía del transporte público para intentar llegar puntual a clases, algo que solo conseguía en contadas ocasiones. Al final del día regresaba a casa cerca de las once de la noche, abría los apuntes una vez más y, sin darse cuenta, el sueño la vencía sobre las hojas. Al amanecer, todo volvía a empezar. El cansancio no era una excusa: era una constante.

Mientras Luciana se desplazaba entre su trabajo, clases, buses y horarios imposibles, Mateo habitaba otro tiempo. Uno menos ordenado, más inmediato. Sus días no estaban regidos por calendarios ni compromisos estables, sino por oportunidades que aparecían sin previo aviso y exigían decisiones rápidas.

Mateo vivía con su mamá—diagonal a la casa de Luciana — a la cual amaba y cuidaba de una manera ferviente e innegociable, a su padre nunca lo conoció. No podía borrar de su memoria la imagen de las manos de su madre, agrietadas por el detergente ni la curvatura de su espalda, que parecía ceder cada día más bajo el peso de jornadas interminables y mal pagadas. Para él, verla llegar agotada no era una rutina, era una injusticia que le quemaba por dentro; se juró que ella no volvería a saber lo que era el sacrificio por un plato de comida. Bajo esa promesa, se había ido acercando a personas que hablaban de dinero con naturalidad, como si fuera algo que se tomaba, no algo que se construía. Primero fueron favores pequeños, encargos que no hacían ruido. Luego vinieron contactos, alianzas silenciosas y un movimiento constante que lo obligó a cambiar de hábitos, de apariencia e, incluso, de forma de hablar.

Aprendió a encajar sin hacer ruido. Montó un taller mecánico que, hacia afuera, parecía sostenerlo. Su madre y los vecinos creían que de allí provenía todo. Luciana, en cambio, nunca terminó de creer esa versión. Las cuentas no cuadraban, los rostros que lo rodeaban no eran los de simples clientes y algunas compras— una moto demasiado costosa, mercados frecuentes para otros y otras excentricidades — despertaban preguntas que ella prefería no formular, y, que poco a poco, iban marcando un abismo en su relación.

Aun así, había hábitos que no cambiaba, salvo cuando algo del «negocio» se lo impedía. Al caer la noche, Mateo con frecuencia, solía sentarse frente a su casa por un rato, apoyado en la pared, observando el ir y venir de la calle. Veía a los vecinos entrar, las luces encenderse, el barrio acomodarse lentamente al descanso. Y, casi sin notarlo, esperaba. No sabía bien qué, pero lo hacía.

Luciana y Mateo no solo crecieron en el mismo barrio; sino, casi que en la misma mesa. Sus padres y Marta—la mamá de Mateo—, mantenían una cercanía que hace mucho había dejado de ser simple amistad para convertirse en una familiaridad incondicional. Eran esa clase de vecinos que tienen copia de las llaves del otro y que no necesitan invitación para sentarse a comer. Esa herencia de afecto hizo que entre ellos fuera creciendo una conexión espejo, un hilo invisible que los unía con la misma fuerza que a sus padres. Para el mundo eran amigos; para ellos, eran el único refugio conocido en un entorno que, gradualmente, con el pasar de los años había ido cambiando.

Cuando Luciana llegaba tarde, con el cansancio marcado en el cuerpo, Mateo se levantaba instintivamente, estuviera solo o acompañado. A veces cruzaban un saludo breve; otras, intercambiaban palabras sueltas que no decían demasiado. Él se aseguraba de que ella entrara a casa y luego volvía a su sitio, como si ese gesto silencioso fuera una forma mínima, pero necesaria, de cuidado.

Luciana lo notaba, aunque no lo decía. Sabía que Mateo estaba ahí, siempre ahí, incluso cuando sus mundos parecían avanzar en direcciones opuestas. En más de una ocasión lo vio besar a alguna chica y sintió una punzada extraña, una desilusión difícil de nombrar. No insistía en ese pensamiento; sabía que entre ellos solo hubo un acercamiento pasada la adolescencia, uno que ambos frenaron y que jamás volvieron a mencionar.

Aun así, el recuerdo regresaba sin aviso:

«—Luci —la había llamado él con ese cariño de siempre—, ven, acompáñame.

Fueron juntos a la farmacia a comprar unas pastas para su mamá. En el camino conversaron y se rieron como ya no solían hacerlo, recuperando por un momento la complicidad de antes. Pero al cruzar la calle, Mateo le tomó la mano; un gesto que siempre había sido familiar, pero que esa vez se sintió distinto. A ella le provocó un nudo suave en el estómago, una sensación nueva que no supo interpretar. Algo que no se parecía a la amistad.

—Entra a la casa, quiero mostrarte algo —le dijo él, con un brillo de ansiedad en los ojos.

Al entrar a su habitación, Mateo le mostró cómo la había pintado y organizado, ella se burló, diciendo que hacía tiempo no hacía lo mismo con su propia alcoba. Él respondió con cosquillas, risas nerviosas, hasta que de pronto quedaron en silencio, mirándose. Mateo no resistió y la besó.

Para Luciana fue su primer beso. El mundo pareció detenerse un instante; sintió mariposas en el estómago y respondió sin pensarlo, dejándose llevar por una delicadeza que no había imaginado. Pero, de pronto, él se apartó. Desvió la mirada, dijo que debían irse. La tomó de la mano y la llevó a su casa. Nunca hablaron de lo ocurrido.»

Desde entonces, cada vez que lo veía con alguna chica, Luciana se hacía la misma pregunta: ¿qué tenían ellas que ella no? Se obligaba a guardarla para sí, porque intuía que ellas pertenecían a un mundo que Mateo buscaba en silencio, uno que ella no estaba segura de poder compartir.

Durante la universidad tuvo una relación que se extendió por casi tres años. Jaime era un buen chico, atento y presente, pero para Luciana terminó convirtiéndose en una distracción más que en un refugio. Mientras él se dejaba llevar por fiestas y planes improvisados, ella seguía aferrada a una idea clara de futuro. Con él perdió la virginidad, más por la intensidad del momento que por la certeza de haber encontrado al indicado. Aun así, Jaime la quería con una constancia que no pasaba desapercibida. Le recordaba lo inteligente que era y lo lejos que podía llegar. Esa confianza fue, durante un tiempo, el hilo que los mantuvo unidos.

Hasta que un día, sin discusiones ni reproches, Luciana entendió que caminaban en direcciones distintas. No hubo una ruptura dramática, solo la aceptación serena de que el amor, cuando no acompaña el propósito, también se agota. Desde entonces se volcó por completo al estudio y al trabajo que había logrado conseguir. El orden volvió a imponerse.

▲ △ ▲

—Señorita Ocampo —la llamó el profesor, mientras todos iban saliendo del aula—, aquí le devuelvo el ensayo. Hay algunos puntos que le dejé marcados para su corrección.

Luciana recibió las hojas y esbozó una sonrisa cansada. Sabía que no había sido su mejor trabajo. El cansancio le había pasado factura.

—Gracias, profesor. Haré las correcciones y se lo entrego el próximo martes.

—Debe enviármelo este fin de semana —respondió él mirándola por encima de las gafas—. El martes ya es tarde.

Luciana asintió y observó cómo se alejaba, percibiendo el aula casi vacía.

—No puede ser… —murmuró, apretando los papeles contra su pecho. Intentó acomodarlos junto a las carpetas que tenía en su escritorio y el bolso, pero el cansancio hacía que sus movimientos fueran torpes; cada objeto parecía pesar el doble a esa hora de la noche, escapándose de sus manos como si hubiera perdido la fuerza.

—Si deseas, puedo ayudarte.

Luciana alzó la mirada sorprendida.

—Hola, soy Elías. Y, como ya se sabe, tú eres Luciana Ocampo.

Ella se sonrojó levemente, sin saber si sentirse incómoda por la familiaridad o, en el fondo, aliviada por la ayuda inesperada que llegaba justo cuando la necesitaba.