GEOMETRIA DE 3
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I
Luciana abrió los ojos con la expectativa de un nuevo día y la ilusión latente de recibir, finalmente, la respuesta sobre la beca para la maestría en Finanzas por la que llevaba casi un año esperando. Esa mañana tenía un peso distinto, como si algo estuviera a punto de definirse. Se levantó sin demorarse, como si temiera que el tiempo pudiera jugarle una mala pasada, y encendió el ordenador. Ingresó a la página de la universidad —una de las mejores a nivel nacional — navegó directo a la sección de resultados y, de pronto, vio su nombre junto a una sola palabra: «APROBADA».
El grito le salió sin permiso, rompiendo el silencio de la casa. Aquella beca había sido un desafío monumental; acceder a ella requería un puntaje que pocos alcanzaban. Corrió hacia la cocina, donde sus padres apenas comenzaban el día, y los abrazó con una fuerza que parecía contener meses de angustia acumulada.
—¡Mijita, la felicito! Eres nuestro orgullo —dijo su madre entre lágrimas, mientras le devolvía el abrazo.
—Gracias mamita — La llenó de besos, dejando que la emoción la desbordara.
Su madre la observaba con una mezcla de alivio y orgullo; conocía de cerca sus proyectos, sus frustraciones y esa forma silenciosa de insistir, incluso cuando el cansancio amenazaba con vencerla. Sabía que su hija era una guerrera, y verla triunfar se sentía como una victoria propia.
Su padre se levantó de la mesa, le dio un beso en la frente y sonrió con ese orgullo sereno que siempre lo caracterizaba.
—Qué felicidad nos das siempre, mija —añadió, invitándola a sentarse a su lado para desayunar.
—Gracias papá — Lo abrazó con fuerza antes de tomar su lugar.
Luciana apenas podía sostener la taza de café. Las manos aún le temblaban y el corazón le latía con una fuerza nueva, más firme que nerviosa. Mientras desayunaban, sus padres la observaban en silencio. Había una satisfacción profunda en sus miradas, pero también algo parecido a una despedida anticipada; una intuición que ninguno de los tres se atrevía a nombrar.
—Ayyy mija, usted siempre logra lo que se propone —insistió su madre, secándose las mejillas con el dorso de la mano. —Todos sus esfuerzos tenían que dar frutos y va a seguir siendo así, ya vera mamita.
Luciana sonrió, aunque una parte de ella ya estaba proyectando el siguiente paso. Sabía que esta maestría, su dedicación y experiencia eran la llave para cambiar el destino de su familia, para que su padre finalmente colgara las herramientas y su madre pudiera descansar. No lo vivía como una ambición personal, sino como una responsabilidad asumida con calma.
Después del desayuno, regresó a su habitación. Se sentó frente al escritorio y volvió a leer el correo una y otra vez, como si temiera que el mensaje pudiera desvanecerse. Abrió una libreta vieja, de tapas gastadas, donde desde hacía años anotaba sus metas. Algunas ya estaban tachadas con trazos gruesos; otras seguían intactas, esperando su turno. Con pulso firme, escribió una nueva línea: «Maestría en Finanzas».
Cerró la libreta y respiró hondo. Sintió como el camino continuaba ordenándose frente a ella.
Sin saberlo, aquel éxito académico era solo el preludio de una transformación mayor. El orden que tanto le había costado construir estaba a punto de enfrentarse a algo que ninguna hoja de cálculo podría prever.