III #2
Ella dudó. No quería invadir, pero sentía que él necesitaba romper la tensión.
—¿Te parece si salimos un rato? —propuso—. Solo para despejar la cabeza.
Salieron sin un destino claro. La noche estaba fresca y el aire ayudaba a bajar las revoluciones de una jornada intensa.
—No sueles perder la calma así —dijo Luciana tras unos minutos de silencio.
—Es complejo, Luciana… Amo lo que hago, amo la empresa y todo lo que hemos levantado a pulso estos años—admitió él con una mezcla de orgullo y amargura—. No es que no quiera estar ahí; es que es agotador que intente convertir mi trabajo en una extensión de su voluntad. A veces no me ve como el socio que soy, sino como alguien que todavía tiene que pedir permiso para respirar. Perdóname, Luciana, por decirte estas cosas.
—No, no te preocupes, puedes confiar en mí —respondió ella, poniendo suavemente la mano sobre su brazo—. Es frustrante intentar disfrutar de lo que has construido cuando sientes que alguien más sostiene la correa.
Él la miró de reojo, sorprendido por la precisión de sus palabras y por el contacto de su mano, que se sentía como un ancla en medio de su frustración.
—Sabes que sí… le he dado mi vida a todo esto y no me molesta. Lo que me molesta es que no quiera soltar. Él y yo somos muy diferentes y eso hace que choquemos muchas veces. Por eso yo estoy acá y él continúa en Estados Unidos, pero aun así quiere seguir controlándolo todo.
—Tal vez estar lejos fue tu manera de empezar a soltar esa correa —comentó ella con suavidad.
Elías guardó silencio, mientras conducía. Con ella, no se sentía cuestionado, sino comprendido.
Luciana lo observó. Había algo en la forma en que ocupaba el espacio, —el gesto firme al tomar el volante, la calma con la que decidía cada movimiento— que imponía sin esfuerzo. No necesitaba hablar de dinero ni de poder. Se notaba en su manera de avanzar, como si el mundo, de algún modo, ya estuviera acostumbrado a abrirse a su paso. Esa presencia la intimidaba un poco… y, al mismo tiempo, la atraía.
—No suelo hablar de esto con nadie.
—No tienes que decir más de lo que quieras —respondió ella—. Solo… no tienes que cargarlo solo.
El coche se detuvo en un semáforo. Por un instante, sus miradas se encontraron. No había promesas ni confesiones grandes. Solo dos personas permitiéndose bajar un poco la guardia.
En apariencia, la vida de Elías avanzaba sin fisuras. En el mundo de los negocios era visto como un estratega implacable, alguien cuyo éxito parecía una extensión natural de su apellido. Sin embargo, en los breves espacios de silencio que se permitía, se preguntaba hasta qué punto sus decisiones habían sido verdaderamente propias o dictadas por el pulso de su padre —David— un hombre acostumbrado a controlarlo todo. No era una duda que lo paralizara ni que pusiera en riesgo el camino que había elegido, pero regresaba de vez en cuando, como un pensamiento persistente que no terminaba de disiparse; una pregunta silenciosa que, hasta entonces, había logrado mantener bajo control.
—Gracias —dijo él, en voz baja.
—Para eso están los aliados, ¿no? —respondió ella, intentando sonar ligera.
Elías sonrió, pero esta vez fue distinto. Más real. Más expuesto. Y aunque ninguno lo dijo en voz alta, para ellos se estaba marcando un punto distinto: ya no solo estudiaban juntos. Empezaban, lentamente, a verse.
Condujo alejándose de la ciudad hasta que el ruido quedó atrás. El camino se volvió más estrecho, más oscuro, rodeado de campo. Finalmente entraron a un lugar sencillo, abierto las veinticuatro horas, de esos que parecen existir fuera del tiempo.
Allí, entre café caliente y palabras que ya no tenían prisa, pasaron las horas conversando. Hablaron de ideas, de miedos pequeños y pensamientos que rara vez se dicen en voz alta. Poco a poco, sin darse cuenta, comenzaron a abrir espacios más profundos: recuerdos, dudas, silencios compartidos. Las miradas se hicieron más largas, los gestos más cercanos, los roces más naturales. El tiempo dejó de ser una preocupación, ninguno sintió la necesidad de mirar el reloj.
Cuando finalmente alzaron la vista, el cielo comenzaba a aclarar.
—No me había dado cuenta… —murmuró Luciana.
Elías sonrió, como si tampoco quisiera romper el momento. Tomó su mano con suavidad y la condujo hacia el exterior.
—Vamos— dijo.
El aire fresco los envolvió mientras los primeros destellos del amanecer teñían el horizonte.
—Hace mucho que no me tomo el tiempo de ver salir el sol —dijo él, con la voz baja—. Siempre voy de un lugar a otro… prácticamente sin detenerme.
Luciana lo miró en silencio. Se acercó un poco más y rodeó su brazo con la mano. Elías correspondió el gesto, pasando la suya por la cintura de ella con naturalidad, como si ese lugar siempre le hubiera pertenecido.
—Me siento afortunada—dijo ella—. de que este momento sea contigo.
Permanecieron así, observando el cielo durante unos segundos que parecieron suspendidos. Luego, Elías apartó la vista del amanecer y la posó en ella. La miró con una atención distinta, detenida. En ese instante la vio completa: su calma, su luz, su firmeza. Para él, no había nada más hermoso.
Luciana no se dio cuenta de inmediato. Fue la intensidad de la mirada lo que la hizo girar hacia él. Elías la acercó con delicadeza, rodeándole la cintura con la otra mano hasta dejarla de frente. Se miraron en silencio, sin dudas, sin palabras que hicieran falta.
Y entonces la besó.
Fue un beso profundo, lento, cargado de todo lo que habían contenido durante días. Un beso largo, sincero, de esos que no buscan apresurarse, sino quedarse. Para ambos, fue el encuentro más intenso que habían tenido en mucho tiempo. No por lo que prometía, sino por lo que confirmaba. Que ya no podían fingir que solo eran aliados.