Generación Cero. Tomo 1 Un cerebro distinto
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Un cerebro distinto

Joon reconoció la sala antes que el camino para llegar a ella.

Esta vez era otro pasillo, más adentro del ala clínica del edificio, con una alfombra más nueva y un olor a pintura reciente que la sala de las primeras sesiones nunca había tenido.

Desde el anuncio, Telvane había abierto dos salas más, oficialmente para absorber la demanda del programa de ensayos ampliados.

Extraoficialmente, había oído decir, sin que nadie se lo confirmara del todo, que a algunos sujetos de la primera cohorte, la suya, ya no los hacían pasar tan seguido por las mismas salas que a los recién llegados.

Nadie había dado ninguna explicación. En Telvane nadie daba nunca explicaciones de ese tipo de detalles, y Joon hacía meses que había dejado de intentar adivinarlas.

Priya no estaba. Hacía tres sesiones que no la veía; cada vez la reemplazaba alguien un poco más joven y un poco menos conversador, como si el equipo hubiera rotado sin que a nadie se le ocurriera avisarle.

No preguntó. Casi siempre esas rotaciones no significaban nada: equipos que cambiaban de servicio, vacaciones, un horario que no tenía por qué conocer.

Tomó nota de la ausencia, como quien registra un detalle sin darle sentido, y se sentó en el sillón que le indicaron, un modelo más nuevo que el de la sala de siempre, cuyo apoyabrazos izquierdo todavía no había aprendido la forma de su brazo .

—Hoy hacemos una sesión de referencia —dijo el técnico que lo preparaba, un hombre más joven que Priya, cuyo nombre Joon había olvidado la primera vez que se lo dijeron y que ya no se atrevía a volver a preguntar—.

Por su parte es totalmente pasiva. El canal de estimulación tiene que estar inactivo durante todo el protocolo.

Nosotros observamos, no le mandamos nada.

—Como siempre —dijo Joon.

—Como siempre —confirmó el técnico sin levantar la vista de la pantalla.

No era del todo como siempre. Joon lo notó antes de poder ponerle nombre, igual que uno nota que alguien ordenó un cuarto en su ausencia sin poder decir qué cambió de sitio.

El técnico comprobó los contactos una segunda vez, cuando normalmente bastaba con una.

En la sala de al lado, una voz le pedía a alguien que confirmara una marca de tiempo, una precisión que Joon nunca había oído pedir antes de una sesión de referencia, que en teoría no era más que una medición de fondo.

No hizo preguntas. Con los meses había aprendido que una pregunta en mal momento casi nunca obtenía más que una respuesta de procedimiento, y que era mejor limitarse a observar lo que no le decían.

—Estamos listos —dijo por fin el técnico, la misma fórmula que usaba siempre Priya, como si perteneciera menos a la persona que al oficio.

Joon cerró los ojos, más por costumbre que por necesidad.

La primera parte de la sesión fue como tantas otras.

Categorías simples, sin ninguna palabra que las acompañara: una dirección, un grado, una elección entre varias opciones que a fuerza de repetición había aprendido a resolver por instinto, sin tener que examinarlas una por una.

La primera serie pasó sin nada raro: reconocimiento, confirmación, el tipo de intercambio que hacía mucho que no le exigía el menor esfuerzo consciente.

La segunda siguió el mismo ritmo, quizá un poco más rápida, sin que le prestara especial atención.

Siempre se había sentido cómodo en esa zona en la que el razonamiento iba por delante de las palabras, un espacio que con el tiempo había terminado viendo más como una habilidad que como un motivo de inquietud.

Nada en el ritmo de la sesión se salía de lo conocido.

Ninguna dirección parecía provocada por algo distinto de su propia atención.

Le habían dicho que el canal estaba inactivo, y nada de lo que sentía lo contradecía abiertamente.

Solo después de la tercera serie, en el breve silencio entre dos bloques del protocolo, notó algo. No durante, sino después, al repasar lo que acababa de pasar, como quien vuelve sobre una frase recién oída para comprobar que la entendió bien.

Al repasar esos segundos, le pareció haber resuelto la tercera serie antes de terminar de entender qué le pedía exactamente.

No era una certeza. Era la impresión, al reconstruir el orden de las cosas a posteriori, de que la respuesta y la pregunta habían llegado casi a la vez, en un orden que no habría podido jurar haber visto bien en el momento.

Intentó reconstruir la secuencia mentalmente, como quien repite un movimiento demasiado rápido para haber captado el detalle: primero el gesto, le pareció, y después la comprensión de aquello a lo que respondía.

O quizá al revés, y solo era el cansancio, o la costumbre, lo que borraba el orden después.

No tenía forma de saberlo. Lo único que sabía era que un mes antes ni se le habría ocurrido hacerse esa pregunta, y que esa duda sobre el orden de las cosas era nueva.

No dijo nada. Dejó que empezara la cuarta serie, con la mente medio ocupada en lo que acababa de no entender.

—¿Todo bien? —preguntó el técnico en algún momento, sin levantar la vista.

—Sí —dijo Joon.

No era exactamente una mentira. Era la misma respuesta que llevaba meses dando a preguntas que nunca eran del todo las correctas.

Al final, la evaluación posterior duró más de lo normal, dos minutos, tal vez tres; un detalle que no habría notado si las comprobaciones del principio no lo hubieran puesto ya en alerta. El técnico le hizo una pregunta más amplia que de costumbre.

—¿Notó algo raro en el ritmo de sus respuestas?

—Nada claro —dijo Joon.

El técnico anotó algo sin levantar la cabeza. Joon no habría sabido decir qué tenía de distinto la pregunta; solo que estaba formulada con algo más de precisión que otras veces, y no lograba adivinar qué significaba esa precisión.

No preguntó por qué. Juntó sus cosas, se despidió con un gesto que apenas le devolvieron y volvió a casa por el camino de siempre, bajo una luz de final de tarde que no tenía nada de especial.

En el trayecto no intentó reconstruir otra vez el orden exacto de las cosas.

Sabía que no le iba a salir mejor la segunda vez que la primera y, por el momento, prefería dejar reposar la pregunta antes que seguir dándole vueltas en el vacío.

Solo cuando estuvo en casa, con la puerta cerrada y la ciudad reducida al ruido sordo y constante de la calle, dejó de intentar no pensar en eso.

El departamento estaba igual que por la mañana: los platos del desayuno en el escurridor, una chaqueta en el respaldo de una silla, la luz que se iba apagando a través de las persianas que ni se había molestado en bajar.

Se quedó un momento de pie en la entrada, con las llaves todavía en la mano, frente a una evidencia que hasta entonces no se había formulado con tanta claridad: aquello ya no era un incidente.

Algo que pasa una vez se puede archivar, se le puede echar la culpa al cansancio, a la atención, a una mala noche.

Algo que se repite en otra sala, semanas después, sin que nada de afuera lo explique, deja de pertenecer a esa categoría.

Joon ya no conseguía ver lo que sentía como un incidente aislado.

Todavía no sabía qué era. No sabía si algo del sistema le seguía llegando a pesar de lo que le habían asegurado.

Tampoco sabía si cinco meses aprendiendo a anticipar las formas de un protocolo habían terminado produciendo en su propia cabeza una velocidad que él confundía con otra cosa.

No sabía si era él quien, a fuerza de entrenamiento, había aprendido a adelantarse a sí mismo.

Ninguna explicación pesaba más que las otras.

No descartó ninguna, y tampoco se quedó con ninguna.

Al final soltó las llaves sin pensarlo en el borde del mueble más cercano.

Cruzó la sala a oscuras y abrió el cajón del mueble bajo la ventana, donde guardaba las cosas que nunca usaba: un cargador de repuesto, facturas sin ordenar y un cuaderno que había comprado sin ningún motivo durante las primeras semanas del programa y que seguía en blanco.

No se acordaba bien de por qué lo había comprado ni de qué había imaginado escribir en él en aquel momento.

Se sentó a la mesa de la cocina, lo abrió por la primera página y se quedó un rato con la pluma en el aire, como si no supiera con qué frase se empieza un cuaderno que nunca ha tenido ninguna.

Primero la fecha, en números, en la esquina de arriba. Debajo, sin ningún título:

Sesión de referencia. Canal de estimulación declarado inactivo. Tercera serie: impresión retrospectiva de haber respondido antes de haber reconstruido la consigna. Orden incierto. Ningún incidente señalado durante la sesión.

Releyó la frase una vez, no cambió nada y cerró el cuaderno con la pluma dentro, como un separador. Lo dejó sobre la mesa, en la cocina todavía sin luz, y se quedó sentado un rato más, sin añadir nada, mientras la penumbra se iba adueñando del cuarto.