Generación Cero. Tomo 1 Los que no tienen diez años
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Los que no tienen diez años

A principios de junio, casi tres meses después del anuncio, Nassim estaba sentado a una mesa de hierro en la terraza de un café cualquiera, esperando a un hombre al que no conocía.

El barrio no tenía nada de especial: una farmacia, un minisúper, un estacionamiento de varios pisos cuya sombra cubría media terraza.

Pero todo en el ir y venir de la gente delataba la cercanía de un centro médico sin que ningún cartel tuviera que confirmarlo: personas que caminaban un poco demasiado despacio, o un poco demasiado deprisa, un muchacho que empujaba una silla de ruedas vacía hacia un auto, una mujer que llevaba una carpeta de radiografías con las dos manos, como quien lleva algo vivo.

Nassim había elegido una mesa que no daba a nada en particular.

Había aceptado la cita sin preguntarse demasiado por qué, más allá de la cortesía profesional que se le debe a cualquiera que cite tus trabajos.

El correo de David, dos semanas antes, ocupaba seis líneas sobrias, sin una pizca de chantaje emocional: pedía veinte minutos con la precisión de alguien acostumbrado a escribir cartas que no puede permitirse que ignoren.

Nassim le había contestado con un horario, sin preguntar el motivo.

Sin reconocérselo del todo, esperaba una variación de algo que ya conocía: un investigador frustrado, un padre preocupado, alguien que quería que repitiera en privado el papel que había jugado en otro tiempo ante los comités.

David Okoye-Stein llegó siete minutos tarde, sin disculparse, con una carpeta de cartón bajo el brazo que dejó sobre la mesa antes incluso de sentarse, como si necesitara quitársela de encima para poder empezar a hablar.

Sesenta y siete años, todavía derecho, aunque parecía que lo mantenía en pie más la disciplina que la energía; un apretón de manos firme y un poco largo.

—Gracias por aceptar —dijo David al sentarse—. Me imagino que le llegan muchas peticiones así.

—No tantas —dijo Nassim—. Menos, desde hace unos años.

—Justamente por esos años me puse en contacto con usted.

No había nada agresivo en el tono; más bien la precisión de quien ha ensayado la frase antes de venir, sin que eso le quitara sinceridad.

David explicó sin rodeos cómo había llegado hasta esa mesa.

Un artículo que Nassim había firmado con otros años atrás sobre la necesidad de salvaguardas humanas en la validación de sistemas de IA médicos.

Una comparecencia ante una comisión, cuya transcripción todavía andaba dando vueltas por internet.

Y el nombre de Nassim, que había vuelto a salir dos o tres veces en círculos de pacientes donde, según él, no se buscaban tanto adversarios como gente que hubiera pensado el tema lo bastante de cerca como para conocerlo, en vez de descubrirlo mientras lo comentaba.

Al final, un antiguo colega de David, jubilado de la misma facultad de medicina, le había conseguido sus datos profesionales.

—No soy alguien a quien reconozcan por la calle —dijo Nassim.

—No. Pero es alguien cuyos argumentos pesaron, en su momento, ante gente que decide. Eso es distinto, y es más raro.

Pasó una mesera y tomó el pedido sin entretenerse. David esperó a que se alejara para seguir, y cuando siguió lo hizo con la sobriedad de alguien que ha tenido que contar los mismos hechos a tanta gente que la emoción se le ha gastado, pero no el peso.

—Tengo una enfermedad progresiva —dijo—. Me la diagnosticaron hace tres años. Los tratamientos que hay la frenan un poco. No la detienen.

—Lo siento.

—No lo sienta todavía —dijo David, casi sonriendo—. Guárdeselo para el final de la conversación. Puede que entonces le haga más falta que ahora.

Abrió la carpeta, no para enseñarle nada a Nassim, sino como punto de apoyo, algo que tocar mientras hablaba.

En unas pocas frases precisas y sin efectismos, le explicó que varios laboratorios trabajaban con enfoques asistidos por IA para encontrar moléculas contra su enfermedad.

Era un campo que avanzaba más rápido que cualquiera de los tratamientos clásicos que había visto pasar en su carrera de médico, aunque por el momento no existiera ningún tratamiento.

Una hipótesis de calendario, dijo, no una promesa: si la investigación seguía a ese ritmo, sin obstáculos nuevos, en cinco años podría haber algo creíble.

—¿Y cuánto tiempo le dan sus médicos? —preguntó Nassim.

—Cuatro años. Quizá algo más, si tengo suerte. Quizá menos.

—Cinco años para el tratamiento y cuatro para usted. ¿Es consciente del desfase?

—Lo pienso todas las mañanas —dijo David, sin dramatismo—. No es una cuenta complicada. La sabe hacer cualquiera. Justamente por eso no entiendo que haya tan poca gente que la haga en voz alta.

El silencio que vino después no fue largo, pero Nassim lo sintió instalarse entre ellos con un peso que no guardaba proporción con lo que duró.

—No he venido a pedirle que se compadezca de mi caso —siguió David—. Sé muy bien lo que vale un caso particular en un debate de política pública. Hace bien en desconfiar de los argumentos construidos sobre una sola historia. En su lugar, yo también desconfiaría.

—Se adelanta a mi objeción.

—La he oído tantas veces que la conozco mejor de lo que usted la formularía —dijo David, sin acritud—.

Y, para serle franco, una parte me parece justa.

Entiendo que no se quiera exponer cerebros sanos, y menos los de niños, a un riesgo que no eligieron.

Si tuviera un nieto y me propusieran conectarlo a un sistema que todavía nadie entiende bien para que gane dos puntos de memoria, diría que no, probablemente antes que usted.

—¿Entonces dónde está el desacuerdo?

—En que ese riesgo no es el mío. El mío es el de un hombre de sesenta y siete años, con el tiempo médico contado, que aceptaría un riesgo bastante mayor del que normalmente se tolera con un tratamiento que le afecta a él y solo a él.

No es la misma petición. Pero me contestan con la misma lógica abstracta de prudencia, calibrada para proteger a niños que todavía no existen, sin distinguir nunca entre los que todavía pueden esperar y los que ya no pueden.

—¿Pide que se distingan los casos?

—Pido que por lo menos se intente. No pido que me den la razón frente a todos. Pido que se admita que un protocolo escrito para toda la población puede, en algunos casos, producir una injusticia que nadie buscó y de la que nadie se hace cargo.

Nassim no respondió enseguida. Pensaba, a su pesar, en cómo Maya había trazado esa misma línea en primavera, casi con las mismas palabras —un riesgo personal consentido no es un riesgo impuesto a otros—, y en que él mismo, esa noche, había tenido que darle la razón en ese punto.

No se lo dijo a David. No había ningún motivo para mezclar esta conversación con aquella, y una parte de él, que prefirió no mirar de cerca, no quería saber qué saldría de ponerlas una al lado de la otra .

—La prudencia no existe solo para proteger a los demás de usted —dijo Nassim—. Existe también porque, cuando uno la dobla para un caso, nunca sabe cuántos casos vendrán detrás, ni si cada uno merece la misma excepción.

—Lo sé. Es un buen argumento. Casi siempre es el argumento correcto.

No he venido a decirle que la prudencia sea un error —dijo David—.

He venido a decirle que tiene un precio, y que ese precio casi nunca lo paga nadie delante de usted.

Se habla de porcentajes, de años de perspectiva necesarios, de márgenes de seguridad.

Es más fácil sostener un margen de seguridad que una cara.

Volvió a apoyar las dos manos sobre la carpeta cerrada, en un gesto que no tenía nada de teatral.

—Cuando usted pide cinco años más de pruebas —dijo—, no se los pide a todo el mundo por igual.

No añadió nada más. No hacía falta: la frase se sostenía sola, puesta sobre la mesa con la misma sencillez que la carpeta de cartón.

Nassim buscó por reflejo profesional el ángulo por el que normalmente se puede matizar una fórmula así: generalizarla de más, devolverla como objeción estadística, mostrar que vale en un sentido y en el otro.

No encontró nada que se sostuviera el tiempo suficiente para decirlo en voz alta.

La frase se quedó donde David la había dejado, y Nassim entendió, al dejar que se asentara, que ninguna respuesta bien construida la iba a desactivar, ni en ese momento ni más adelante en la conversación.

—En una cosa tiene razón — dijo por fin Nassim—. Nunca se le piden cinco años a una abstracción. Siempre se le piden a alguien.

—Ya es algo —dijo David, sin aire de triunfo, casi con cansancio—. Casi todos a los que les digo eso me contestan con estadísticas.

Hablaron un rato más: del trabajo de David antes de la enfermedad, de un hijo que vivía en Denver y al que veía menos de lo que le habría gustado, del calor raro para la época.

La conversación volvía a ser casi normal, como si los dos necesitaran cerrar con cuidado lo que acababan de abrir en lugar de dejarlo abierto entre ellos.

David pagó lo suyo antes de que Nassim tuviera tiempo de ofrecerse, volvió a ponerse la carpeta bajo el brazo con el mismo gesto con el que había llegado y le tendió la mano.

—No le pido que cambie de opinión —dijo—. Solo le pido que ya no pueda pensarlo exactamente igual que antes.

Después de que David se fuera, Nassim se quedó mucho rato sentado frente a una taza que no había terminado, mirando el estacionamiento y la sombra que ya había cubierto el resto de la terraza.

Por costumbre, intentó aplicar la plantilla que siempre usaba en ese tipo de conversaciones: evaluar la solidez del argumento, buscar dónde podía fallar por exceso de caso particular.

Descubrió que esta vez el ejercicio no lo llevaba a ningún lado.

No es que David tuviera razón en todo. Él mismo no lo había pretendido, y Nassim podía enumerar sin mucho esfuerzo tres o cuatro puntos donde el argumento seguía siendo frágil: un caso no hace una política, una excepción concedida trae otras menos defendibles.

Era algo más incómodo. Las casillas donde solía guardar ese tipo de argumentos —admisible, discutible, a sopesar frente a otros factores— esta vez no le servían para mantener a David a la distancia de siempre.

Una mesera se llevó la taza de David sin que él la viera acercarse.

La miró limpiar la mesa, acomodar la silla y pasar a la siguiente con la indiferencia tranquila de alguien para quien esa terraza era una más, sin saber lo que se acababa de decir ahí.

Nassim se preguntó por un momento cuántas conversaciones como esa habrían tenido lugar en esa misma mesa sin dejar más rastro que el recuerdo de quienes las tuvieron.

Todavía no sabía qué iba a hacer con esa conversación.

No había tomado ninguna decisión, y al levantarse por fin para ir hasta el auto supo que ese día no iba a tomar ninguna.

Solo supo que tardaría en recuperar la soltura con la que, hasta entonces, había mantenido a distancia el costo de la espera, como una variable más en una ecuación que dominaba de principio a fin.