Generación Cero. Tomo 1 Esperar
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Esperar

Maya terminó renunciando a hacerse algo de cena y estaba comiendo galletas saladas de pie junto a la encimera, con el teléfono apoyado contra un frasco de harina, cuando le apareció el primer video en el feed sin haberlo buscado.

Afuera, la ciudad hacía el ruido de fondo de cualquier noche entre semana: una sirena lejana, un autobús frenando dos calles más abajo, nada que mereciera levantar la vista.

A esa hora, el departamento no tenía nada de especial: los platos de la mañana todavía en el fregadero, una pila de revistas científicas que llevaba una semana sin abrir, y la luz del techo apagada, porque prefería la más suave de la campana, encima de la cocina.

Una pareja de treintañeros, sentada en uno de esos sofás que se ven en la mitad de los departamentos de la ciudad. Habló primero ella, con voz tranquila, casi profesional.

El hombre asintió sin añadir gran cosa, como si ya hubiera dicho su parte antes y le dejara el resto a ella.

El video duraba cuarenta segundos. Maya había visto cientos así, de otros temas, y este no la habría retenido más de tres segundos si el algoritmo no le hubiera ofrecido enseguida otro, casi igual en la forma y distinto en el fondo.

Esta vez, un hombre solo, grabado en algo que parecía el cuarto de un estudiante que ya no está en edad de serlo.

—Lo mío es más simple —decía—. No quiero ser el padre que le explica a su hijo que no salió con las mismas cartas que los chicos que nacieron dos años después. Así que espero a que sea igual para todos, o no juego.

Después, una tercera: una mujer de cuarenta y tantos, todavía más contenida, casi con aire de profesora, grabada en lo que parecía un despacho, con una biblioteca desenfocada al fondo.

—No es una cuestión de miedo. Es una cuestión de velocidad.

No pedimos prohibir nada. Solo pedimos tiempo para entender lo que estamos haciendo antes de hacérselo a niños que no tienen voz ni voto.

A nosotros tampoco nos preguntaron nada en la época de las redes y las pantallas.

Esta vez preferimos opinar antes, no después.

Maya soltó las galletas.

Conocía ese argumento. Ella misma lo había defendido, casi palabra por palabra, un viernes por la tarde en su laboratorio, delante de Tomás, Marcus e Iris, que tampoco tenían hijos y que, como ella, hablaban del tema desde afuera de una decisión que nadie en esa mesa estaba tomando.

No era exactamente lo mismo, se dijo. Ella hablaba de plasticidad sináptica y de ventanas de sensibilidad, un vocabulario que la protegía, aunque nunca lo hubiera pensado así, de tener que decir nada sobre sí misma.

Esta gente hablaba de su propia vida, en futuro, en voz alta, delante de desconocidos, sin ninguna disciplina que se interpusiera entre ellos y la cámara.

Vino un cuarto video: una pareja que citaba cifras de selección embrionaria claramente mal entendidas, mezclando probabilidades que ningún estudio serio había publicado nunca juntas.

Era el tipo de error que Maya habría corregido en treinta segundos delante de una clase, y lo dejó pasar sin pensarlo más, como se deja pasar una inexactitud que no cambia nada de lo que alguien intenta decir.

Después, una chica de trece o catorce años que había grabado a sus padres discutiendo durante la cena sin sospechar, por lo visto, que al publicar la escena se convertía ella misma en un argumento más del feed: los padres incómodos, medio divertidos, que estaba claro que no esperaban salir citados.

Después, un hombre de más de cincuenta que hablaba menos de sus propios hijos, ya grandes e independizados, que de los de su hermana, que aún no habían nacido, con una ternura un poco torpe por unos niños que no eran suyos.

Ninguno decía exactamente lo mismo, ni en el mismo tono, ni desde la misma vida.

Eso, pensó Maya, era lo que hacía que la cosa pareciera real y no fabricada: nadie, en ninguno de esos videos, daba la impresión de recitar un texto escrito por otro.

Debajo del tercer o cuarto video, un contador de reproducciones cambiaba mientras ella miraba, subiendo a saltos de varios miles, como la franja de cifras del laboratorio tres semanas antes .

#NotYet

La etiqueta ya aparecía debajo de casi todos los videos.

Maya siguió deslizando, menos por curiosidad real que por esa inercia del pulgar que sigue moviéndose mucho después de que la cabeza haya dejado de aprender nada.

Un video reaccionando a otro video. Una respuesta grabada, comentada a su vez por una tercera persona que se quedaba con el hashtag pero no con el argumento original y se limitaba a ponerlo debajo de una foto de pareja, sin comentario, como quien estampa un sello.

En otro lado, alguien ya había hecho un montaje: una recopilación de los ocho o diez videos más vistos del día, uno detrás de otro, subtitulados, armada en menos tiempo del que le había llevado a Maya verlos uno por uno.

La palabra ya viajaba más rápido que las razones que la habían producido.

Se iba despegando de cada voz individual para convertirse, delante de sus ojos, en algo parecido a una pancarta, hasta el punto de que uno de los últimos comentarios que leyó ya ni siquiera mencionaba a los niños, ni la selección embrionaria, ni la neuroaumentación: solo la palabra, usada como se usaría cualquier estandarte, para cualquier causa que necesitara esa noche un nombre corto y fácil de repetir.

Cerró la aplicación, volvió a abrirla casi enseguida por reflejo y la cerró otra vez, ahora sí definitivamente.

No era el contenido lo que la inquietaba.

Las razones que acababa de escuchar eran casi todas razones que ella misma podría haber defendido en un seminario, frase por frase; de hecho, en cierto modo, ya lo había hecho un viernes por la tarde delante de tres colegas que no habían necesitado un hashtag para escucharla.

Lo que la inquietaba era otra cosa, más difícil de aislar: la velocidad con la que una decisión que cada una de esas personas parecía haber tomado sola, por motivos distintos y en momentos distintos, empezaba a comportarse como una única decisión.

Colectiva, con nombre, lista para que la defendiera cualquiera que todavía no hubiera decidido nada.

Una intuición individual, repetida suficientes veces bajo la misma etiqueta, dejaba de ser una intuición.

Se convertía en una postura que te podían prestar antes de que tú mismo la hubieras formado y que, seguramente muy pronto, se esperaría de ti: algo tan obvio que lo que habría que justificar sería no compartirla.

Dejó el teléfono sobre la encimera, con la pantalla contra la madera, y se quedó un momento mirando el frasco de harina sin verlo.

En ese momento no estaba segura de qué habría contestado si alguien le hubiera preguntado a ella qué pensaba.

No en un laboratorio, delante de colegas que la conocían desde hacía años, sino ahí mismo, de golpe, delante de una cámara, sin tiempo para prepararse.

«Interesante», habría dicho primero, probablemente.

Y después, tras un silencio más largo de lo que le habría gustado: «Excesivo, también, en cierto modo», sin ser del todo capaz de decir en cuál.

No era ni rechazo ni adhesión. Era algo más incómodo que las dos cosas: reconocer una parte de sí misma en algo a lo que no habría elegido sumarse .

Cuando volvió a tomar el teléfono unos minutos después, por una costumbre que no habría sabido justificar, el número debajo del último video ya había cambiado dos veces, y otro video, y otro más, ya habían ocupado el primer puesto del feed.

Debajo de cada uno, siempre la misma palabra, como si ya no necesitara a nadie en particular para seguir existiendo.