Gemas de Hielo y Fuego (Saga entre hielo y fuego 4) 20 Patricia
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20 Patricia

PATRICIA

Pocos discípulos renuncian a sus dioses. Porque aceptar más magia es fácil. Abandonarla, sin embargo, significa enfrentarse a la propia debilidad y aceptar el vacío que deja atrás el poder perdido.

Diario de Remond Everlight

La raíz que Patricia estaba sosteniendo cayó al suelo en pedazos luminosos, y luego su forma ardiente se abalanzó contra el entramado de ramas.

Dondequiera que sus manos de fuego tocaban las plantas, las llamas devoraban la madera, dejando marcas carbonizadas.

El olor a corteza quemada llenó el aire mientras las chispas se dispersaban y encendían más fuegos ahí donde alcanzaban.

Una y otra vez, las ramas salían disparadas desde la abertura, atacándola como si intentaran sofocar su fuego; pero Patricia las reducía a cenizas: dejaba fluir su calor y luchaba en dirección hacia donde Saul había desaparecido entre las ramas.

Finalmente, algo verde brilló a través de la pared, que ardía en diferentes lugares. Era solo una luz tenue, pero fue suficiente para mostrarle el camino a la mujer de fuego.

Contuvo sus llamas, atrayéndolas con fuerza hacia sí, y se movió hacia el destello verde.

Con cuidado de no tocar a Saul, atacó las enredaderas que lo sujetaban.

Las plantas sisearon; e incluso algunas volvieron a cerrarse alrededor de la cintura del elfo, otras se envolvieron alrededor de la esmeralda del bosque, pero el fuego de Patricia las cortó, y los trozos amputados cayeron sin vida.

Temblando, Saul arrancó los últimos hilos de su pecho, liberó su rostro y la miró con una mezcla de incredulidad y fascinación.

—Salgamos de aquí —susurró ella, con la voz como un suave crepitar.

El chico obedeció y comenzó a trepar. Trampas ardientes se abalanzaron sobre él, pero Patricia las obligó a retroceder y las mantuvo a raya para que pudiera escalar a través de los restos incandescentes.

Antes de que alcanzara la cima, ella se lanzó hacia delante y quemó una abertura circular hacia Estraora. Saul saltó a través del hueco mientras la chica devolvía a su lugar las enredaderas que volvían a dispararse.

Una vez que ambos estuvieron al otro lado, ella miró hacia atrás. Sedar estaba más allá del fuego, su rostro era un borrón detrás del calor resplandeciente. Ligeramente encorvado, miró a través del agujero y levantó la mano en señal de despedida.

Estaba liberado de su juramento, libre para regresar y apoderarse de la regencia, seguro de que Saul, con la esmeralda del bosque, no se interpondría en su camino.

Este por su parte devolvió el gesto. Luego, con el ceño fruncido, estudió la pared que ahora se había transformado en una red de líneas brillantes. El crepitar de la madera era el único sonido mientras miles de chispas giraban entre los gruesos copos de nieve y caían despacio hacia el suelo.

—Salgamos de aquí —instó, aunque esperó a que ella se moviera antes de empezar a correr.

Patricia voló por la pendiente a su lado.

El aire a su alrededor crepitaba mientras el viento helado rozaba su piel.

Sus poderes iban en disminución y su manto de llamas comenzaba a parpadear inestable, pero permaneció en su forma ígnea, ya que su ropa se había convertido en cenizas.

La simple idea de caminar desnuda por la nieve la hizo estremecerse, así que se aferró a los últimos vestigios de su magia.

Con cada metro que recorrían, la tensión seguía disipándose.

En su lugar surgió una profunda satisfacción, un fuego que crepitaba con suavidad y la calentaba desde adentro.

Lo habían logrado. La esmeralda del bosque estaba en su poder y habían dejado atrás Vallesland.

Ahora su camino conducía a la Fuente, donde completarían su tarea.

Pero primero, tenían un último obstáculo que superar, uno que pesaba mucho en su alma.

—Puedes quitarte la esmeralda del bosque ahora. Estamos en Estraora.

—Vayamos primero a la cabaña.

—¿Por qué esperar?

—Estoy exhausto. La magia me está ayudando a soportar la marcha.

—Saul —dijo con severidad.

—¡Después! —respondió él, con no menos dureza.

La esmeralda del bosque se encendió y su magia se expandió hacia fuera, envolviéndolos en una familiaridad que nunca se había sentido más extraña como en ese momento.

El elfo se detuvo en seco y se frotó los ojos.

—Lo siento.

Como no hizo ningún movimiento para quitarse el collar, parecía estar disculpándose solo por su tono.

Patricia estaba a punto de hacer una réplica mordaz, pero él levantó una mano, se llevó un dedo a los labios y la silenció con un breve movimiento de cabeza.

—Eyra. Está fuera de sí porque no podía contactar conmigo y sintió mi miedo.

Patricia resopló, no porque él estuviera hablando con su compañera. El hecho de que hubieran encontrado una forma de comunicarse era lo único bueno de la esmeralda del bosque. Pero ella estaba ansiosa por terminar esta conversación.

Después de unos minutos, él volvió a dirigirse a ella.

—Tuve que contarle todo, golpe por golpe. Ahora está tranquila.

—¿Está bien?

—Sí. Lo está. Aunque está preocupada por Noah y echa de menos a Lazar.

Lo interesante es que el plan de Madame Moryena parece haber funcionado.

Sephos la ha incluido en su red. Eso es motivo de celebración; permite una comunicación más cercana con las fuerzas del bien.

Sin embargo, la profecía que recibió no fue del todo alentadora.

—¿Qué dice?

—No recuerdo las palabras exactas. El trabajo estará hecho cuando la Fuente una las piedras. Y el invierno pasará cuando el mundo llore por sus tres compañeros. Algo así.

Patricia tragó saliva, sintiendo un destello de pánico dentro de ella.

—¿Y qué se supone que debemos hacer con esa información?

—No vamos a cambiar nuestro rumbo por ahora. Eyra seguirá intentando contactar con Noah. Si lo consigue, puede enviarlo hacia nosotros. Entonces podremos resolverlo juntos.

No le gustaba esta profecía, pero se ocuparía de ella más tarde. Acababan de escalar una montaña tan alta y ahora solo quería disfrutar de la vista un momento antes de enfrentarse al siguiente pico.

—¿Tienes alguna idea de cómo saldremos de aquí?

—Gypara está esperando una señal nuestra. Theo se asegurará de que esté informado de nuestra ubicación.

Patricia suspiró aliviada. Al menos eso eran buenas noticias.

Mientras caminaban en silencio, buscó más argumentos para persuadirlo de que se quitara la esmeralda. Como probablemente seguiría obstinado, decidió dejar el asunto hasta que llegaran a la cabaña. Ya vería entonces qué excusa tendría.

—¿Así que puedes convertirte en fuego otra vez? —preguntó Saul rompiendo el silencio, con un cálido resplandor en su rostro—. Me alegro mucho por ti.

—Parece que todo lo que necesitaba era la motivación adecuada. —Y el consejo de un duende azul sabelotodo.

La expresión de Saul se volvió solemne.

—Te debo la vida.

Patricia sonrió con picardía.

—Y ya sé cómo puedes agradecérmelo. —No lo había salvado para perderlo ahora por culpa de la gema.

—Ah, ¿sí? ¿Qué tienes en mente? —El brillo travieso en sus ojos revelaba que tenía una idea muy diferente de cómo podría mostrar su gratitud de la que ella tenía.

Una sensación de hormigueo como innumerables chispas recorrió el estómago de Patricia. Con una sonrisa cómplice, decidió dejar que el malentendido flotara en el aire.

—Te lo diré más tarde.

Un leve rubor tocó las pálidas mejillas de Saul, y mientras subían juntos la colina, su mirada seguía desviándose hacia ella.

Su pregunta sobre qué podría estar pasando por la mente de él pasó a un segundo plano cuando un profundo crujido rompió el silencio.

Se giró y observó cómo el muro resplandeciente de madera carbonizada se derrumbaba bajo su propio peso.

Las brasas se esparcieron por el valle, siseando y humeando, con algunas chispas perdidas volando hacia ellos y extinguiéndose en el fresco aire nocturno.

Patricia observó cómo los últimos puntos rojos se desvanecían en la nieve, luego le dio por completo la espalda a Vallesland y se deslizó por la pendiente cubierta de nieve.

Ante ellos se alzaban las Montañas de la Tormenta, suaves colinas superpuestas unas sobre otras hasta transformarse en picos más empinados y escarpados que parecían tocar el cielo.

Saul señaló hacia la distancia.

—Allí, ¿ves eso?

Patricia miró en la dirección que él indicaba y divisó una pequeña cabaña perfilada al borde de un pequeño bosque, medio oculta entre los árboles. Ese debía ser el lugar donde Vallesland alojaba a sus visitantes de estado antes de ser escoltados a Reundaris.

Patricia se deslizó por la extensión nevada mientras Saul avanzaba con dificultad por la nieve, que ahora le llegaba hasta las rodillas.

Un viento helado cortaba a través de la noche que se cernía y arrancaba las últimas fuerzas de la chica.

Con cada metro, su fuego titilaba cada vez menos, sofocado por el frío opresivo, y el paso de Saul también se ralentizó.

Cuando llegaron a la cabaña, la cual se alzaba solitaria bajo la protección de los árboles cargados de nieve, su fuego se había reducido a un pequeño destello.

Los escalones que llevaban a un diminuto porche crujieron bajo las pisadas del elfo.

Patricia dudó, permaneciendo en la nieve.

No se atrevía a entrar en la cabaña de madera.

El riesgo de incendiarla era demasiado grande.

Pero no tenía ropa para cubrir su desnudez tras la transformación, y Saul solo llevaba pantalones y una simple camisa.

Él los necesitaba para sí mismo. Pero ella no podría mantener su forma de fuego por mucho más tiempo.

El chico se volvió confundido.

—¿Por qué no vie…? —La pregunta murió en sus labios, y se quedó paralizado a medio gesto cuando el fuego de Patricia se extinguió por completo y sus pies cálidos se hundieron en la nieve helada.