Gemas de Hielo y Fuego (Saga entre hielo y fuego 4) 19 Eyra
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19 Eyra

EYRA

En algún momento, las fuerzas malignas se darán cuenta de que pretendes terminar lo que Celest Vestan una vez comenzó. A partir de ese momento, debes ser muy cautelosa, porque los dioses harán todo lo posible para desviarte de tu objetivo.

Carta de Remond Everlight a su hija Eyra Everlight

—¿Qué hace Madame Moryena aquí? —preguntó Eyra a su hermano.

—Vivienne te lo explicará.

Claro, Vivienne.

—¿A qué se debe el honor? —La chica examinó a la bruja una vez más de pies a cabeza. Se veía diferente. Mucho más guapa.

Esta última se unió a Naran. Estaban de pie un poco demasiado cerca para el gusto de Eyra.

—He sido aceptada en la red de Sephos —explicó con un deleite no disimulado, lo que sorprendió a Eyra una vez más. Hasta ahora, siempre había parecido muy reservada, con una voz tan silenciosa como la de un elfo invernal.

Naran sonrió de oreja a oreja.

—Ahora es nuestra propia lierro personal, por decirlo de alguna manera.

Madame Moryena le dio una palmada juguetona en el brazo, el cual había crecido hasta alcanzar un tamaño impresionante en tan poco tiempo. Al parecer el trabajo en la forja estaba surtiendo efecto, porque puso a su hermano en forma en los últimos días.

—¿Por qué mejor no me llamas perro faldero?

—Eso sería cruel. Un perro faldero solo es bonito y nada más. Tú eres realmente útil.

Madame Moryena puso los ojos en blanco con una sonrisa.

—¿Están…? Quiero decir, tú y ella… ¿Esto es…? —Eyra titubeó, incapaz de decir las palabras. Su hermano pequeño era adulto, sí, pero no debería tener una… Cielos, ni siquiera quería pensarlo.

—No. Soy demasiado joven para ella.

Eyra suspiró aliviada.

Naran se encogió de hombros.

—Es solo cuestión de tiempo.

La chica reprimió un gruñido y volvió a dirigirse a la bruja.

—¿Cómo funciona esa aceptación en la red?

—Sephos se me reveló. Había leído mucho sobre él y sabía que su poder es dorado. Solo puede ser visto por aquellos a quienes ha aceptado, entre los que ahora me incluyo.

—¿No se suponía que las brujas no estaban permitidas en el círculo élite de videntes? —Eso era lo que ella misma le dijo tiempo atrás.

—En general, así es, ¡lo sé! ¿No es emocionante?

—¿Y también me dirás qué dijo?

—Por eso estoy aquí. Creo que me ha elegido para estar a tu lado. La profecía te concierne a ti.

Su expresión solemne explicaba por qué había emprendido este largo viaje en lugar de solo confiar la predicción a Naran. Se lo estaba tomando muy en serio.

—Espero que presagie nuestra victoria sobre las gemas. —Eyra rio, aunque un poco nerviosa.

Incluso Naran miraba a la bruja con interés.

—No ha querido contarnos nada hasta ahora.

—Pensé que querrías ser la primera en escuchar las palabras de Sephos.

Su tono ominoso hizo que el estómago de Eyra se revolviera. Madame Moryena se limpió las manos con un poco de torpeza en su demasiado ligero; completamente inadecuado para el invierno.

La inquietud de Eyra se intensificó.

—Suéltalo ya.

La bruja respiró hondo.

—Tres compañeros, tres príncipes, en un corazón entrelazados, el invierno acaba cuando por ellos el mundo ha llorado. La Fuente es amor, la Fuente es poder, cuando ella une las piedras, su obra encuentra su luz al renacer.

Toda la sangre desapareció del rostro de Eyra, su fuego se agitó y amenazó con sobrepasar sus límites.

Cuando por ellos el mundo ha llorado. Su pecho se contrajo como si una banda de hierro lo rodeara.

¿Cuál podría ser la razón de esas lágrimas?

¿Sus muertes? ¿Acaso los dioses matarían a sus compañeros?

Apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas de sus manos, provocándole dolor. Su fuego quería liberarse: una luz roja brillante nublando su visión.

—¿Sabes lo que se supone que significa eso?

La bruja retrocedió un paso, cautelosa.

—No —respondió con suavidad, levantando las manos en gesto conciliador—. Es solo una profecía, una pista. La entenderás cuando llegue el momento adecuado.

—¡Pero quiero entender ahora por qué se supone que el mundo debe llorar por mis compañeros! —Su voz se quebró. Lava corría por sus venas, el fuego azotando todo su cuerpo.

¿Sería posible que ya fuera demasiado tarde? No podía contactar con Noah y, en su última conversación, había descubierto que ahora él era el portador de la piedra de las hadas. Por los altos poderes, había sonado tan débil.

—Eyra, tranquilízate. —Las palabras de Naran apenas le llegaron. Sus pensamientos giraban en un incontrolable torbellino de miedo, ira y desesperación.

—¿Y se supone que de verdad esta profecía viene de las fuerzas del bien? —logró articular.

Madame Moryena asintió.

—Estoy bastante segura.

Entonces tenía que impedir que sus compañeros se adentraran en ese peligro.

—Eyra —susurró Naran con urgencia, agarrándola por los brazos. Su agarre fue firme—. Detente. —Su tono suplicante la hizo dudar.

Miró a su alrededor. Sus llamas se habían extendido a una silla de madera, el aire resplandecía por el calor. A estas alturas, tanto su padre como Sophie también se habían alejado de ella; e incluso Theo revoloteaba frenético hacia la puerta.

¡No podía perder el control en su presencia!

Conteniendo la respiración, cerró los ojos. Tal vez, aún no había ocurrido nada. Saul estaba vivo. Habló con él. Y Fayette estaba con Noah. Ella nunca lo dejaría morir. Además, Lazar estaba de camino hacia ellos.

Este pensamiento calmó las llamas que ardían en su interior. Sus hombros se hundieron y respiró profundo. Se obligó a ello. Lentamente, muy lentamente, el fuego disminuyó hasta convertirse en un débil resplandor en las puntas de sus dedos.

Saul, Patricia, Noah, Fayette, Lazar… ninguno de ellos podía ir a esa Fuente.

La profecía de Madame Moryena… Su línea de pensamiento se detuvo de golpe.

¿Y si era una discípula? Quizás los dioses enviaron a la bruja para desviarla.

¿Tal vez esta profecía era una advertencia de las fuerzas malignas?

¿Un último esfuerzo para detenerla antes que sus compañeros destruyeran las piedras?

Eyra se enderezó y asintió a la bruja.

—Muchas gracias. Consultaré con mis compañeros.

Naran, que mientras tanto había apagado la silla, entrecerró los ojos.

—¿Cómo? ¿Están cerca?

—Tengo mis métodos para comunicarme con ellos —respondió sin más, en caso de que en verdad no se pudiera confiar en la bruja. Casi esperaba que su sospecha fuera correcta, porque entonces no habría un futuro en el que el mundo tendría que llorar por sus compañeros.

Todas las miradas se dirigieron a Theo, y Eyra les dejó creer que él la ayudaba a comunicarse con ellos.

Por un instante, deseó poder hablar también con Lazar a través de esa gran distancia.

Aun así, tan rápido como vino, se reprendió por ese pensamiento, ya que él tendría que reclamar el cristal de hielo para obtener esa habilidad, o romper su promesa a Saul y entregarle la llave de los sueños.

Pero por los altos poderes, sino lo echaba tanto de menos.

Su abrazo. Sus consejos. Su calma estoica cuando una tormenta furiosa estallaba a su alrededor.

Miró al grupo.

—¿Podría tener un momento a solas, por favor?

—Maravilloso. Todos vamos a ignorar que esta es mi habitación —refunfuñó Naran mientras seguía a Sophie, Theo y Madame Moryena hacia fuera.

Su padre se quedó atrás, esperando hasta que su hermano desapareció por el pasillo.

—Las palabras que me llegaron procedían de una fuente confirmada. Esta profecía, sin embargo, podría ser obra de las fuerzas malignas —expresó lo que ella también estaba pensando.

Eyra repitió la antigua profecía en su mente, buscando alguna pista que pudiera ayudarla.

El blanco hará que los colores caigan. Para vencer a la más fuerte de las gemas, tres piedras de color tienen que hallar, sin que se retraigan, y unirlas en la Fuente de la Creación a blanco sin problemas.

Si el cristal de hielo ese poder llegara a tocar, todo el mundo su fuerza sentirá sin dudar.

Y entonces en el sur de Estraora reinará la calma, sin invierno perpetuo, ni gema que la reclama.

No decía que alguien tuviera que morir. Pero tampoco garantizaba que sobrevivieran.

—¿Conoces alguna forma de contactar yo misma con las fuerzas del bien?

—No, siempre necesitas un vidente de la red de Sephos.

Eyra se limpió el rostro.

—Hay algo más que tengo que decirte.

Su padre le prestó toda su atención, mirándola expectante.

La chica tragó saliva.

—Tanto Saul como Noah son ahora portadores de una gema.

—Oh, cielos santos. —Tras un suspiro, se pellizcó el puente de la nariz—. ¿Están logrando mantenerse firmes frente a los dioses?

—No sé nada de Noah. Saul parece estar bien.

—Entonces esperemos que tus dos compañeros sean tan fuertes como tú.

—Lo son. —Estaba convencida de ello—. Por cierto, gracias a nuestro vínculo de compañeros y la magia de las piedras, podemos hablar entre nosotros a largas distancias.

—Eso es asombroso. —La comprensión apareció en sus ojos—.

Así que por eso querías estar sola. Aconséjales que sean cautelosos, pero ten en cuenta que esto podría ser una trampa.

—Colocó su mano en la mejilla de ella y la acarició—.

Nos veremos más tarde. —Con eso, también abandonó la habitación de Naran.

En el momento en que la puerta se cerró con un clic, buscó su vínculo de compañeros, ese ligero tirón en su pecho, el hilo invisible que la guiaba hacia ellos.

Pero alcanzó la nada. Solo había vacío, frío e infinitamente quieto.

El pánico parpadeó dentro de ella. Buscó de nuevo, encontrando al fin el principio y sintiendo una vibración tentativa al final.

¡Noah! ¡Luego Saul! El alivio la inundó.

Eso significaba que estaban vivos. Agarró con fuerza el hilo y tiró de él, pero se le escurrió entre los dedos como humo perdido en el viento.

—¿Dónde están? —Las palabras se desvanecieron sin ser escuchadas en la cámara vacía—. Por favor…. —Cerró los ojos, concentrándose.

La presencia de Noah estaba distante; podía sentirlo, pero él no respondía.

Dirigió su atención hacia Saul y se estremeció cuando destellos de miedo la golpearon como relámpagos salvajes, impulsos poderosos que le dieron un vistazo devastador de su desesperación. Claramente estaba en serios problemas.

La sensación desapareció tan rápido como llegó, pero dejó tras de sí un incendio forestal que se extendió por su cuerpo.

Un temblor recorrió sus dedos, luego las llamas estallaron con toda su fuerza.

Chispas volaron por la habitación, el mundo se difuminó en un parpadeo de rojo y oro, y su calor dejó un rastro de devastación a su paso.

Cuando su visión se aclaró, las llamas lamían el armazón de madera de la cama, devoraban los libros, consumían el marco de la puerta y hacían brillar la oscura piedra de las paredes. Naran iba a matarla. Pero hoy no tendría la oportunidad, ¡porque ella tenía que llegar hasta sus compañeros!

Con este pensamiento, su juramento despertó: empujó contra su determinación, ganó ventaja y forzó su concentración en otra dirección, haciéndola cambiar sus prioridades.

Eyra jadeó. Su corazón le gritaba que partiera de inmediato hacia Saul, pero la magia de su promesa redirigía su impulso de vuelta a la misma razón que la había traído a los cuarteles del Tren Rojo en primer lugar.

El compromiso que juró pesaba más que su propia voluntad.

No había nada que pudiera hacer.