Gemas de Hielo y Fuego (Saga entre hielo y fuego 4) 4 Fayette
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4 Fayette

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FAYETTE

Puedes someterte a los dioses, o puedes manejarlos como yo lo hago.

Puede que use su magia, pero escapo de su influencia antes de que puedan hechizarme por completo.

Solo para los portadores de las gemas no hay escapatoria.

Están indisolublemente vinculados a sus dioses.

Incluso si están a kilómetros de las piedras, este vínculo permanece.

Nota personal de Vivienne Moryena

Volaron durante toda la noche y el día siguiente, pero no fue el agotamiento lo que hizo que Fayette entrara en la posada de la provincia de Talisland con una sensación de profundo alivio.

Con la cantidad de magia que portaba, probablemente podría continuar durante noches enteras.

No, en realidad se alegraba por el retraso.

Había estado esperando con ansia el momento de volver a ver a su familia.

Ahora su miedo crecía a medida que se acercaba ese reencuentro.

Lo más probable era que ni siquiera viviría para verlo.

Toda conversación en la sala se apagó cuando caminaron entre las filas de mesas que llenaban la estancia común. Al principio, Fayette pensó que la reacción se debía a la llegada del rey, pero quizás se debiera a que todas las hadas presentes habían cambiado a sus formas más pequeñas.

Kian, quien caminaba por delante, miró la bolsa con la piedra que llevaba pegada al cuerpo y luego se giró hacia ellos.

—Un efecto asombroso. Si todos empiezan a brillar en azul, será todo un espectáculo.

Fayette se abstuvo de responder, pues sospechaba que su propio resplandor estuviera conectado con su estatus de Reina de las Hadas. El brillo azul de Aryana, en contraste con el suyo, casi se había desvanecido cuando se despidieron.

Siguió lentamente a Kian hasta la barra.

Miraba hacia sus pies, pero aun así sentía la atención de sus compañeras hadas con demasiada claridad, al igual que esa extraña conexión con cada una de ellas, una especie de vínculo invisible que se fortalecía cada vez que levantaba la mirada y se encontraba con la de una.

—Sienten que eres su reina —resonó en su cabeza.

Reena había permanecido bastante callada hasta ahora. Estaba segura que haría sus exigencias tan pronto como llegaran a Calor. Solo que eso nunca iba a suceder.

Se volvió hacia Noah.

—Tengo frío. Si no te importa, me gustaría ir a nuestra habitación. ¿Podrías traerme algo de comer más tarde?

Fayette tuvo que esforzarse por no retorcerse bajo su escrutinio. Sin duda él notaba que algo no iba bien con ella. Era buena actriz, pero el elfo la conocía más que bien.

—Por supuesto. ¿Alguna preferencia?

—Algo dulce para picar. —Forzó una sonrisa juguetona, esperando que disipara sus preocupaciones. Pero pareció ocurrir lo contrario. Las líneas en su frente se profundizaron.

—Veré qué puedo hacer.

—El rey Kian de Sommerfeld y su séquito desean alojamiento y una cena —anunció Delayar en voz alta por toda la sala. A juzgar por su pecho hinchado, estaba más que feliz de alardear sobre su amigo.

Ahora quedaba claro, si no lo estaba antes, que nadie había reconocido a Kian.

Un murmullo recorrió las filas de bancos, y todos los sirvientes se pusieron en movimiento.

El elfo del bosque que estaba detrás de la barra se apresuró hacia ellos, una camarera ahuyentó a unos pobres duendes de su mesa, y otra corrió a la cocina.

Kian aseguró las últimas cabañas disponibles para ellos, y Fayette aprovechó el ajetreo para escabullirse sin ser notada.

No era de extrañar que su comportamiento le pareciera extraño a Noah.

Casi siempre le encantaba comer en compañía.

Pero ya no podía mantener la fachada por más tiempo, así que siguió las indicaciones del posadero hasta una de las cabañas de madera en la parte trasera, donde, por fortuna, una criada ya estaba encendiendo el fuego.

La frontera con Estraora no estaba lejos, y las temperaturas cada vez más bajas se hacían notar.

Mientras el aroma de pino fresco se mezclaba con un ligero olor a humo, se hundió en el gastado sillón de cuero junto a la chimenea. El cojín emitió un acogedor y suave crujido bajo su peso, y el calor del fuego se extendió lentamente por la pequeña habitación.

La joven que preparaba la amplia cama doble, no dejaba de mirarla de reojo. Tal vez nunca había visto a un hada mostrar su magia de manera tan abierta. Aunque quisiera, Fayette no podía suprimir ese brillo azul. Además, tenía otros problemas.

—Gracias por devolver la magia a nuestra tierra —susurró después de un tiempo.

Fayette no pudo ubicar sus palabras de inmediato, pero luego cayó en la cuenta.

—Oh, no, no soy la reina Aryana. Ella se quedó en el palacio.

La criada la estudió con incredulidad.

—Pero su magia… —Pasó una mano a lo largo de su cuerpo para mostrar a qué se refería—. Es hermosa.

—Sí, ¿verdad? —Fayette miró su brazo. Era cierto, aquella aura azul era una visión bastante hermosa. Por difíciles que fueran los tiempos, al menos ofrecía una bonita imagen.

—¿Cómo es que…? —La criada sacudió la cabeza, como si hubiera recordado justo a tiempo que no debía hacer tales preguntas a los huéspedes—. Terminaré en un momento, luego podrá descansar.

—Gracias.

Fayette bajó los párpados y respiró profundo. Los suaves sonidos del fuego crepitante y el ocasional crujido del suelo de madera bajo los pies de la criada parecían ralentizar el tiempo, y cuando la sirvienta se retiró, por fin pudo dejarse llevar.

Miró a su alrededor con tranquilidad. La luz del fuego bailaba en las paredes, proyectando sombras suaves y parpadeantes, y la oscuridad tras las ventanas tenía una cualidad extrañamente reconfortante.

Era como si solo existiera esta pequeña cabaña, rodeada de una nada atemporal, un lugar donde no había piedras de hadas, ni planes, ni responsabilidades… ni muerte al acecho.

El calor se filtraba en su cansado cuerpo, y las paredes de madera y los muebles sencillos emanaban una calidez que le recordaba a sus primeros años de vida, cuando vivía con sus padres en una cabaña similar.

La relajación se asentó lentamente sobre ella y, con ello, llegó por fin un ligero agotamiento.

Solo permanecía una pesadez subyacente, un punto oscuro en su interior que no desaparecería por completo a pesar de la paz que se extendía.

—Fay. —La voz de Noah pareció llegarle desde una gran distancia, al igual que el olor a miel caliente. Ni siquiera se percató el momento en el que se durmió, pero no había nadie por quien prefiriera ser despertada.

—¿Dormí mucho tiempo? —murmuró por lo bajo.

—El suficiente para que el cocinero te haya horneado estos hojaldres. —Una sonrisa coloreó sus palabras, y esta se instaló en su vientre sin rodeos.

Fayette levantó sus pesados párpados lo justo para ver a Noah acercar un segundo sillón. Despejó la mesa auxiliar junto a ella para hacer espacio a una selección de delicias dispuestas en pequeños platos.

—Todos en la posada estaban convencidos de que eras la reina Aryana. No pudimos convencerlos de lo contrario.

Eso explicaba los aperitivos elaboradamente dispuestos.

—Si eso me consigue una cena más sabrosa, estoy encantada de dejar que lo crean. —En cuanto lo dijo, su estómago rugió.

Noah sonrió.

—Tienes que probar esto primero. —Se sentó en el sillón frente a ella, se estiró por encima para coger un pastelito y lo acercó a sus labios.

En cuestiones normales, habría considerado tal gesto de un hombre como parte de los pasos preliminares y se habría esforzado por morderlo despacio, con un seductor batir de pestañas.

Con Noah no tenía que molestarse con esas cosas.

Le dio un buen mordisco y gimió, nada femenina, cuando la dulzura explotó en su lengua.

—Me quedo aquí para siempre. Dile al posadero que la reina Aryana va a trasladar su sede de gobierno a esta posada.

Que envíe la factura al palacio y que hornee una reserva de estos pasteles.

—De hecho, sería una idea excelente. Todos sus problemas se desvanecerían. Que otro lanzase la piedra a la Fuente.

Suspiró para sus adentros. Por muy hermoso que fuera este sueño de una solución, la realidad pintaba un cuadro más sobrio.

Incluso ella llegó a darse cuenta de que su estrategia preferida: enterrar la cabeza en la arena y esperar cuando se enfrentaba a dificultades, no iba a funcionar en este caso.

Una diosa no se desvanecería sin más. Y así, durante el vuelo, había repasado todas las posibilidades en su mente.

Pero por muy creativa que fuera… esta vez simple y sencillamente no podía pensar en una salida.

Si le endosara la piedra a un hada desconocida, existía el riesgo de que el hada desertara y usara la piedra para sí misma.

Pero tampoco podían elegir a alguien de su grupo.

Ella era la única hada, y Reena no reconocería a nadie más que a ella.

Y si alguien robara la piedra, Reena exigiría que persiguiera y apresara a esa persona.

Negarse a esa orden le costaría la vida.

Después de todo, sabía por las notas de Madame Moryena que ninguna distancia en el mundo disminuiría la influencia de la diosa sobre ella.

Noah dio un mordisco y la observó durante un rato.

—¿Qué te pasa? —preguntó al fin con suavidad. Fayette negó con la cabeza—. Has estado diferente desde que estuviste en la torre. ¿Me contarás qué fue lo pasó?

Odiaba su tono empático. Podría haber esquivado una exigencia airada sin remordimientos, pero esta pregunta, en ese tono suave, hizo flaquear su determinación.

Fayette no quería hablar de ello. Quería disfrutar del tiempo que le quedaba, así que inspeccionó la selección de frutas y eligió una rodaja de manzana.

También sabía maravillosa. Además, la comida tenía el efecto secundario práctico de mantener su boca demasiado llena para hablar.

Esta táctica solo le daría tiempo hasta que los platos estuvieran vacíos y su estómago a punto de reventar, pero para entonces estaba segura de que podría inventar una historia que contarle.