Gemas de Hielo y Fuego (Saga entre hielo y fuego 4) 4 Fayette #2
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4 Fayette #2

—Fay —insistió él, ahora con más firmeza.

Refunfuñó por lo bajo. No había forma de que fuera a estropear lo que podrían ser sus últimas horas juntos.

Pronto volarían sobre la frontera hacia Estraora, y cuando Reena se diera cuenta de que no se dirigían a la capital del sur, todo se pondría en marcha.

No, esta noche les pertenecía solo a los dos.

—Ese resplandor azul te sienta muy bien. Pero ¿podría ser que hayas recibido un poco más de magia de la que…? —comenzó Noah, pero se interrumpió cuando ella se inclinó sin previo avisto hacia delante y le acarició la mejilla con las yemas de los dedos.

Sus miradas se encontraron, y los ojos de él reflejaron sus propios sentimientos. Agotamiento, preocupación… un afecto que iba más allá de todo lo que había sentido antes.

—Hablaremos mañana —susurró. O nunca.

Con esas palabras, deslizó la mano hasta su nuca y lo atrajo hacia sí.

Él había dicho durante su última visita a Oritea que una simple pregunta sería suficiente para que la besara.

En ese momento, ella pensó que nunca suplicaría por un beso.

Pero esto era algo totalmente diferente.

No estaba suplicando, ni siquiera pidiendo…

estaba exigiendo. Y Noah respondió a esa exigencia con una ferocidad que le quitó el aliento.

Como si hubiera estado esperándolo, la agarró por las caderas y la colocó a horcajadas sobre su regazo.

Su lengua separó sus labios y jugueteó con la de ella, mientras una mano rodeaba su cintura de manera posesiva y la otra se enredaba en su cabello para inclinar su cabeza hacia un lado.

Profundizó el encuentro, la acercó aún más y recogió su falda, acariciando sus piernas desnudas con suavidad.

—Fay.

Su nombre susurrado contenía todo… el alivio después de una larga espera, la reverencia por el momento y una impaciencia apremiante que envió un tirón a través de su vientre.

El deseo de Fayette nubló su mente; ya no era capaz de un solo pensamiento, y mucho menos de recordar por qué no había dado este paso antes. Pero no queriendo estropear este momento con arrepentimientos, apartó la pregunta y tiró del borde de su túnica.

Respirando con pesadez, Noah alzó los brazos y dejó que ella lo desvistiera.

—Ni por un segundo pienses que no sé lo que estás haciendo —gruñó contra sus labios.

—No sé de qué me hablas.

Fayette podía sentir que no estaba dispuesto a dejar el tema. Antes de que pudiera preguntarle de nuevo qué había ocurrido en la torre, selló su boca con la suya.

Con un gruñido resignado, el elfo cedió, y sus lenguas reanudaron su danza.

Las manos del hada empezaron a explorar, trazando cada fibra muscular, los contornos de sus hombros definidos, delineando las puntas de sus orejas, hundiéndose en su cabello blanco plateado.

Sus sentidos estaban por completo abrumados; no sabía qué oler, saborear y sentir primero: su sutil aroma masculino, la dulzura de la miel en sus labios o su piel sorprendentemente suave que cedía bajo sus dedos.

Quería conservar cada detalle de este momento en su memoria y llevarlo consigo a la eternidad.

Quería… Todo pensamiento se detuvo cuando los dedos de Noah se deslizaron por el interior de su muslo y se detuvieron justo antes del punto donde más anhelaba su contacto.

Él captó su mirada y la sostuvo antes de deslizar sus dedos bajo la pieza de tela que quedaba entre ambos y acariciarla con la presión exacta.

Su pulgar dibujó círculos lentos, y Fayette movió las caderas hacia adelante y hacia atrás con impaciencia.

Era demasiado. Y no era suficiente. Cuando intentó alejarse de él, su agarre en su cintura se apretó, reteniéndola.

—Puede que solo tenga esta noche, así que pienso saborear hasta el último momento.

Un escalofrío recorrió su columna al escuchar su voz oscura y traviesa.

Luego, el significado de sus palabras la golpeó, y su corazón trastabilló.

¿Lo sabía? ¿Cómo? Fayette contuvo la respiración…

hasta que recordó por qué habían postergado esto durante tanto tiempo.

Ella era un hada. Como tal, no estaba inclinada a vincularse a un solo hombre, y Noah nunca compartiría.

Por eso él solo suponía una noche. Pero en sus brazos, ese problema se reducía a un completo sinsentido.

Por los altos poderes, hacía tiempo que cayó rendida ante él, en cuerpo y alma. Era suya, para siempre.

Quería decirle justo eso; las palabras ya estaban en su lengua, pero sabían amargas ante el hecho de que este para siempre, quizá no duraría en realidad. Él tenía razón; debían saborear esta noche, y así echó la cabeza hacia atrás y disfrutó de su contacto.

Noah se apartó de ella, le agarró las nalgas y se puso de pie con ella. Fayette envolvió las piernas alrededor de sus caderas, y mientras la llevaba a la cama, le arrancó un gemido al frotar su suave centro contra la tela que cubría su dureza.

—Me estás volviendo loco —susurró en su oído con esa provocadora voz ronca.

La depositó con suavidad frente a la gran cama para desnudarla y con los dientes clavados en su labio inferior, deslizó su vestido por sus hombros con una lentitud enloquecedora.

Cuando alcanzó su espalda, el corpiño levemente atado, lo siguió y él emitió un sonido que era mitad siseo, mitad suspiro.

—Eres perfecta. —Le devolvió el cumplido que ella le había hecho unos días atrás, justo antes de aquella desafortunada declaración de amor.

—Lo soy, ¿verdad? —respondió con una sonrisa, en parte porque se gustaba tal y como era, y en parte para reaccionar diferente a como lo hizo él, pero solo por principio.

Chilló sorprendida cuando él la empujó de espaldas sobre la cama sin previo aviso.

—Y esta noche, este cuerpo perfecto es mío.

Ahí estaba otra vez. Esta noche. Ese malentendido que tanto quería aclarar, pero no podía. Buscó las palabras adecuadas para decirle que merecía más que una noche. Que merecía todo. Pero una vez más, Noah dispersó ese pensamiento al quitarse los pantalones.

¡Por los altos poderes!

—Deberías estar expuesto en un museo —se le escapó.

Noah rio en voz baja.

—Sería un desperdicio de mi intelecto, ¿no crees?

Se tumbó junto a ella, con la prueba de su excitación presionando deliciosamente contra su cadera. Su mirada ardiente siguió a sus dedos mientras viajaban desde su clavícula, entre sus pechos, hasta su ombligo.

—Es cierto. Aun así, un cuerpo como el tuyo no debería ocultarse al mundo. —Suspiró cuando su mano desapareció entre sus piernas.

—¿Siempre hablas tanto en la cama? Ah, ¿qué estoy preguntando? Debería haberlo sabido.

—Puedo limitarme a hacer sonidos. —Un suave gemido puntualizó su afirmación cuando él introdujo dos dedos en su interior y los movió en lentos movimientos.

—Sí, eso está mejor. —Aumentó la presión, arrancándole otro sonido que, estaba segura, también aprobaría.

Fayette presionó sus caderas contra él y dejó que su propia mano se deslizara hacia su entrepierna, pero él se apartó, acariciando sus pechos y trazando un camino de besos por su torso mientras bajaba.

Aunque quería devolverle algo, le gustaba el rumbo que tomaba la situación.

Así que se entregó mientras él separaba sus muslos con suavidad, para que sus anchos hombros tuvieran espacio suficiente, y bajaba la cabeza.

Sentir su aliento en su punto más íntimo hizo que todo su cuerpo temblara de anticipación.

Cada fibra de su ser estaba tensa y todo en su interior se contraía de deseo mientras el calor se acumulaba en su núcleo.

Sus juegos previos se habían extendido durante todos estos meses, así que se perdonó esta impaciencia.

Casi alcanzó la cima incluso antes de que su boca tocara su vientre.

Y cuando sus labios finalmente envolvieron su punto más sensible, sintió como si fuera a fragmentarse en mil pedazos.

Sus manos se deslizaron bajo ella, amasando sus nalgas antes de levantarlas y darle placer con una precisión inigualable.

Con cada movimiento de su lengua, avivaba aún más su deseo, y esa dulce pesadez se hundía cada vez más profundo.

Su respiración se aceleró cuando él añadió sus dedos, embistiéndola al ritmo de sus caderas ondulantes.

El mundo se desvaneció ante las caricias de Noah.

En ese momento solo existían ellos dos: su lengua dibujando círculos rápidos, sus dedos curvándose y golpeando un punto que la mayoría de los hombres pasaban por alto.

Y, Dios mío, este hombre sabía demasiado bien lo que hacía.

Sus muslos se estremecieron; quería apretar las piernas para retrasar lo inevitable, pero justo antes de que las olas de placer la inundaran, él se apartó.

—¿Qué quieres, Fayette? Dímelo. ¿Debería continuar, o…? —La sonrisa segura que le dirigió hizo que su corazón diera un vuelco.

Lo deseaba. Solo a él. Para siempre.

—Te quiero a ti. Ahora.

—¿Tomarás…?

—Sí… sí, tomaré una poción. Por favor. Ahora.

—Tus deseos son órdenes para mí.